Las recientes inundaciones en Alemania y Bélgica con cientos de muertos y desaparecidos; las olas de calor, que superaron los 49°C en los Estados Unidos y Canadá, y, en nuestro país, casos como la bajante del río Paraná, que se encuentra en sus más bajos niveles de agua del último medio siglo, son el tipo de hechos a los que nos enfrenta el cambio climático. El último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), publicado este lunes, califica estas situaciones como catastróficas. El texto contiene un pronóstico sombrío: la vida en nuestro planeta continuará alterándose de forma irreversible si no se toman medidas drásticas de manera inmediata.Su primera conclusión esencial confirma lo que está a la vista: con el actual calentamiento de 1,1°C, el clima ya ha cambiado. Hasta hace muy poco tiempo los científicos creían que limitar el calentamiento global a 2°C por encima de los niveles de mediados del siglo XIX sería suficiente para salvaguardar nuestro futuro. Ese ha sido el fundamento para establecer, en el Acuerdo de París, de 2015, el compromiso de mantener la temperatura global en un calentamiento por debajo de 2°C –el límite de seguridad científicamente aconsejado– con la aspiración de no superar los 1,5° C por encima de los niveles preindustriales. Sin embargo, dada la tendencia actual, y según las denominadas contribuciones determinadas a nivel nacional, presentadas en 2015 en París, en el mejor de los casos nos dirigimos a un aumento de 3°C. Basta mencionar que desde que Al Gore estrenó su famoso documental Una verdad incómoda, en 2006, hemos emitido más CO2 a la atmósfera que en todo el tiempo anterior desde la aparición del Homo sapiens, hace unos trescientos mil años.El mes pasado, la Organización Meteorológica Mundial anunció que existe un 40% de probabilidades de que el planeta perfore el umbral de aumento de 1,5°C durante los próximos cinco años, una temperatura con “consecuencias progresivamente graves”, extensivas a de siglos y, en algunos casos, irreversibles para organismos como los arrecifes de coral, ecosistemas de los que dependen 500 millones de personas.Automóviles sumergidos por las inundaciones en la ciudad china de Zhengzhou, el 21 de julio de este año

(STR/)La segunda conclusión del informe es que el mundo debe hacer frente a esta realidad y prepararse para recibirla. Tal como demuestra lo acontecido en Alemania y Bélgica, los niveles actuales de adaptación son insuficientes para responder a los riesgos climáticos presentes, menos aún a los futuros, previene el IPCC. Con una temperatura superior a 2°C, hasta 80 millones de personas más que ahora sufrirán hambre en 2050 y 130 millones de personas podrían caer en la pobreza extrema en la próxima década. En 2050, centenares de millones de habitantes de ciudades costeras se verán amenazados por inundaciones más frecuentes, debido a la subida del nivel del mar, que provocará, además, grandes migraciones con cientos de millones de afectados en todo el planeta.Como tercera conclusión, el informe sobre el cambio climático describe el peligro de los impactos compuestos y en cascada, conocidos como puntos de inflexión, que los científicos apenas han comenzado a medir y comprender. El IPCC presentó los puntos críticos hace 20 años. La pérdida del manto de hielo de la Antártida Occidental, la afectación de la selva amazónica o el derretimiento generalizado del permafrost, así como otros componentes del sistema climático, se consideran “puntos críticos”, porque pueden atravesar umbrales cruciales y cambiar de forma abrupta e irreversible. Al igual que un árbol centenario puede permanecer en pie tras 10 hachazos, el undécimo golpe podría derribarlo. Antes se creía que los puntos críticos solo se alcanzarían cuando el calentamiento global superara los 5°C. Sin embargo, los informes del IPCC del último año advierten su posible ocurrencia con un calentamiento de entre 1 y 2 grados Celsius.Los riesgos asociados a un incremento de la temperatura de 4 grados no son simplemente el doble que los de 2 grados, sino muy superiores, porque se pueden producir reacciones en cadena difíciles de revertir. Investigaciones recientes han demostrado que un calentamiento de 2°C podría impulsar el derretimiento de las capas de hielo sobre Groenlandia y la Antártida occidental, que acumulan agua congelada capaz de elevar los océanos, en caso de derretirse, hasta 13 metros. Además, el derretimiento del permafrost representa una amenaza, ya que contiene volúmenes inmensos de metano, un gas de efecto invernadero más potente que el CO2, lo cual contribuiría a una aceleración del calentamiento global con consecuencias como la transformación del Amazonas del actual bosque tropical a una simple sabana, la exposición de millones de personas a sequías graves, la pérdida de especies y hábitats, catástrofes meteorológicas como ciclones, incendios, inundaciones, enfermedades más generalizadas, calor insoportable, colapso de ecosistemas, ciudades amenazadas por el aumento del nivel del mar y otros impactos climáticos devastadores que se harán perceptibles antes de los próximos treinta años.Los incendios forestales en la isla griega de Evia carbonizaron vastas áreas de bosques de pinos, destruido hogares y obligado a turistas y lugareños a huir (AFP/)El único camino hasta el momento es transformar urgentemente nuestros modelos productivos y reducir las emisiones de CO2. A grandes rasgos, necesitamos alcanzar la neutralidad climática (reducir las emisiones netas a cero) hacia mediados de siglo, un objetivo al que ya se han comprometido la Unión Europa (UE) y Estados Unidos. Sin duda un esfuerzo enorme. Pero de nada servirá si China no hace nada: sus emisiones representan alrededor del 30% del total mundial, mientras que, por ejemplo, las de la UE alcanzan el 8%. Hoy el gigante asiático también sufre lluvias torrenciales con fallecidos, evacuados y peligro de colapso de represas.La pandemia de Covid-19 debería recordarnos la importancia de tres cosas que también son necesarias para abordar el calentamiento global: la ciencia, las políticas públicas y la cooperación internacional. Así como la ciencia anunciaba hace años la posible llegada de un virus como el que azota en la actualidad a gran parte del planeta, con un costo altísimo para la humanidad, deberíamos escuchar a los científicos que han estado advirtiendo durante décadas que las emisiones de gases de efecto invernadero no controladas tendrían graves consecuencias sociales, económicas y ambientales.Ya sabemos que algunos líderes políticos pueden restar importancia a la pandemia y anular las recomendaciones de los científicos. Incluso la ideología puede cobrarse la vida de muchos seres humanos. Lo experimentamos a diario. Puede ocurrir algo similar con el cambio climático. La pandemia debería recordarnos que la naturaleza responde a las agresiones humanas y que las teorías conspirativas no ayudarán a solucionar los conflictos.Si bien resulta difícil establecer un vínculo directo entre un episodio concreto como las inundaciones en el norte europeo y la alteración general del clima, hay evidencias contundentes de que el calentamiento global favorece un agravamiento de los efectos del cambio climático en relación con las previsiones hasta ahora contempladas, incluso, en países que cuentan con infraestructuras muy desarrolladas y buenos servicios de protección civil. Es por eso que, tal como afirma el propio Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático: las decisiones que tomen las sociedades ahora determinarán si nuestra especie prospera o simplemente sobrevive a medida que avanza el siglo XXI.

Fuente: La Nación

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El padre (The Father, Reino Unido, 2020). Dirección: Florian Zeller. Guion: Florian Zeller y Christopher Hampton sobe una obra teatral de Zeller. Fotografía: Ben Smithard. Edición: Yorgos Lamprinos. Elenco: Anthony Hopkins, Olivia Colman, Imogen Poots, Rufus Sewell, Olivia Williams. Distribución: BF Distribution. Duración: 97 minutos. Calificación: solo apta para mayores de 13 años. Nuestra opinión: buena.Antes del estreno de esta ópera prima, Florian Zeller se curaba en salud: “No quise hacer teatro filmado”, declaró, consciente de que su trabajo previo como dramaturgo iba a despertar esas suspicacias de inmediato. A los 42 años y afirmado como una de las voces más importantes del teatro francés actual, Zeller debutó en la dirección cinematográfica con esta película estrenada en Europa y Estados Unidos el año pasado y no le fue nada mal: adaptando una exitosa obra propia, logró seis nominaciones para los Oscar y dio dos zarpazos: el premio al mejor guion adaptado (un trabajo que hizo en sociedad con un colega que también ha tendido puentes con el cine, Christopher Hampton) y el destinado a la mejor actuación protagónica, que quedó en manos del veterano Anthony Hopkins.Y Hopkins es, claramente, el centro de gravedad de El padre, que se acomoda al punto de vista de su personaje -distorsionado por el avance de una patología relacionada con su avanzada edad-, para narrar su decadencia con dramatismo y, en más de un pasaje, excesiva solemnidad. Pero aun en esos momentos donde las situaciones y el entorno en el que se desarrollan -incluyendo los subrayados de una banda sonora que no esquiva el lugar común- ponen a prueba su capacidad para eludir clichés, el venerado actor galés resuelve con sensatez y sentimiento: más que el famoso “oficio” -que lo tiene, qué duda cabe-, lo que pone en juego en cada escena es su inteligencia y su sensibilidad para entender y sentir al personaje, condiciones necesarias para interpretarlo. Lo apoya un elenco que está a su altura, particularmente Olivia Colman, que encarna a una hija torturada por la exigencia de lidiar con alguien que, sin que medien razones lógicas, puede reaccionar como un niño caprichoso o inocente, o bien convertirse en un tirano agresivo y demandante. Capaz de resolver momentos distintos (los que le piden ternura, agotamiento, dolor y resignación) manteniendo un registro coherente, Colman brilla en la composición de esa mujer que a veces debe enfrentarse con un desconocido: el Anthony (el hecho significativo de que el personaje lleve el mismo nombre que el actor podría leerse como un refuerzo de su notorio compromiso con el papel) de los últimos días desnuda los claroscuros de su personalidad hasta volverse otro que incluso libera de la represión un puñado de secretos lacerantes y ocultos durante demasiados años.

Fuente: La Nación

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El padre (The Father, Reino Unido, 2020). Dirección: Florian Zeller. Guion: Florian Zeller y Christopher Hampton sobe una obra teatral de Zeller. Fotografía: Ben Smithard. Edición: Yorgos Lamprinos. Elenco: Anthony Hopkins, Olivia Colman, Imogen Poots, Rufus Sewell, Olivia Williams. Distribución: BF Distribution. Duración: 97 minutos. Calificación: solo apta para mayores de 13 años. Nuestra opinión: buena.Antes del estreno de esta ópera prima, Florian Zeller se curaba en salud: “No quise hacer teatro filmado”, declaró, consciente de que su trabajo previo como dramaturgo iba a despertar esas suspicacias de inmediato. A los 42 años y afirmado como una de las voces más importantes del teatro francés actual, Zeller debutó en la dirección cinematográfica con esta película estrenada en Europa y Estados Unidos el año pasado y no le fue nada mal: adaptando una exitosa obra propia, logró seis nominaciones para los Oscar y dio dos zarpazos: el premio al mejor guion adaptado (un trabajo que hizo en sociedad con un colega que también ha tendido puentes con el cine, Christopher Hampton) y el destinado a la mejor actuación protagónica, que quedó en manos del veterano Anthony Hopkins.Y Hopkins es, claramente, el centro de gravedad de El padre, que se acomoda al punto de vista de su personaje -distorsionado por el avance de una patología relacionada con su avanzada edad-, para narrar su decadencia con dramatismo y, en más de un pasaje, excesiva solemnidad. Pero aun en esos momentos donde las situaciones y el entorno en el que se desarrollan -incluyendo los subrayados de una banda sonora que no esquiva el lugar común- ponen a prueba su capacidad para eludir clichés, el venerado actor galés resuelve con sensatez y sentimiento: más que el famoso “oficio” -que lo tiene, qué duda cabe-, lo que pone en juego en cada escena es su inteligencia y su sensibilidad para entender y sentir al personaje, condiciones necesarias para interpretarlo. Lo apoya un elenco que está a su altura, particularmente Olivia Colman, que encarna a una hija torturada por la exigencia de lidiar con alguien que, sin que medien razones lógicas, puede reaccionar como un niño caprichoso o inocente, o bien convertirse en un tirano agresivo y demandante. Capaz de resolver momentos distintos (los que le piden ternura, agotamiento, dolor y resignación) manteniendo un registro coherente, Colman brilla en la composición de esa mujer que a veces debe enfrentarse con un desconocido: el Anthony (el hecho significativo de que el personaje lleve el mismo nombre que el actor podría leerse como un refuerzo de su notorio compromiso con el papel) de los últimos días desnuda los claroscuros de su personalidad hasta volverse otro que incluso libera de la represión un puñado de secretos lacerantes y ocultos durante demasiados años.

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PITTSBURGH (AP) — Adam Wainwright extendió su dominio sobre Pittsburgh con un juego completo y una blanqueada de dos hits, además de ayudar al bate con un par de imparables, en el duelo en que los Cardenales de San Luis derrotaron el miércoles por 4-0 a los Piratas.El lanzador de 39 años, permitió un par de sencillos de Colin Moran en la segunda y quinta entrada y retiró a sus últimos 15 rivales.Wainwright (11-6) necesitó de sólo 88 lanzamientos para alcanzar su 11ma blanqueada en sus 16 años de carrera y la primera desde el 2016. Ponchó a siete y no regaló ninguna base por bola.La gema de Wainwright llegó un día después de que el zurdo J.A. Happ y tres relevistas de los Cardenales se combinaron para tolerar un solo hit de los Piratas, que han perdido siete juegos consecutivos y 17 de sus últimos 22.Wainwright ganó su cuarta apertura consecutiva y ha sido el vencedor en cada uno de sus últimos seis duelos como abridor ante los Piratas. Ha ganado ocho decisiones consecutivas ante Pittsburgh desde que perdió ante ese club en el juego inaugural de la campaña de 2016.Por los Cardenales, el boricua Yadier Molina de 4-2 con una anotada y una remolcada.Por los Piratas, los dominicanos Rodolfo Castro de 3-0, Gregory Polanco de 3-0, Wilmer Difo de 1-0. El puertorriqueño Michael Pérez de 3-0.

Fuente: La Nación

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PITTSBURGH (AP) — Adam Wainwright extendió su dominio sobre Pittsburgh con un juego completo y una blanqueada de dos hits, además de ayudar al bate con un par de imparables, en el duelo en que los Cardenales de San Luis derrotaron el miércoles por 4-0 a los Piratas.El lanzador de 39 años, permitió un par de sencillos de Colin Moran en la segunda y quinta entrada y retiró a sus últimos 15 rivales.Wainwright (11-6) necesitó de sólo 88 lanzamientos para alcanzar su 11ma blanqueada en sus 16 años de carrera y la primera desde el 2016. Ponchó a siete y no regaló ninguna base por bola.La gema de Wainwright llegó un día después de que el zurdo J.A. Happ y tres relevistas de los Cardenales se combinaron para tolerar un solo hit de los Piratas, que han perdido siete juegos consecutivos y 17 de sus últimos 22.Wainwright ganó su cuarta apertura consecutiva y ha sido el vencedor en cada uno de sus últimos seis duelos como abridor ante los Piratas. Ha ganado ocho decisiones consecutivas ante Pittsburgh desde que perdió ante ese club en el juego inaugural de la campaña de 2016.Por los Cardenales, el boricua Yadier Molina de 4-2 con una anotada y una remolcada.Por los Piratas, los dominicanos Rodolfo Castro de 3-0, Gregory Polanco de 3-0, Wilmer Difo de 1-0. El puertorriqueño Michael Pérez de 3-0.

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Para ser exitoso en el campo de las relaciones internacionales se necesita, entre otros elementos, tener una visión clara y puntos de apoyo conceptuales que puedan dar coherencia y respaldo a la estrategia utilizada para alcanzar esa visión. En el caso del gobierno de Alberto Fernández se logran percibir algunos elementos de la visión que se persigue. Aunque también se observa que el camino adoptado parece oscilar entre una ideología borrosa y un pragmatismo forzado por las duras realidades que se enfrentan.En términos de visión, el Gobierno ha optado por no procurar una diversificación equilibrada, inclinándose hacia los regímenes autoritarios como China y Rusia en lo político, económico y tecnológico, pero sin confrontar con las potencias establecidas. En el exterior próximo, el Gobierno se ha distanciado de dos socios estratégicos –Brasil y Chile– y ha buscado promover una particular y borrosa visión de la democracia en el continente americano. Esto quedó claro cuando Fernández le expresó al expresidente brasileño Lula da Silva que se sentía solo en esta empresa y que ya que no tenía a Néstor Kirchner, a Evo Morales ni a Hugo Chávez –entre otros– para ayudarlo. Esta borrosa visión incluye afirmaciones grandilocuentes, como “es hora de entender que el capitalismo no ha dado buenos resultados”, que no pueden ser tomadas en serio, más allá de las fallas que el sistema capitalista muestre a nivel local e internacional. Con el objetivo de promover esta particular y borrosa visión democrática en el continente, Fernández ha procurado formar un eje Buenos Aires-Ciudad de México con Andrés Manuel López Obrador, sin darse cuenta de que, más allá de las aparentes similitudes ideológicas del presidente mexicano, la economía de su país está sumamente integrada a la de Estados Unidos, lo que limita sus grados de interés y autonomía a nivel regional.La influencia de una borrosa ideología se ha notado en el accionar de la diplomacia argentina en el entorno latinoamericano, demandando en términos de libertades y derechos humanos a ciertos gobiernos lo que no ha demandado a otros. Fernández expresó abiertamente “que cese la violencia institucional” en Colombia, en reacción a protestas populares. Pero ante las recientes demostraciones de indignación popular contra el gobierno castrista, afirmó primero no saber “lo que está pasando en Cuba”, para luego no condenar actos de represión del régimen cubano. En el caso de Venezuela, se abstuvo de condenar al régimen de Maduro, hasta que la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, encabezada por Michelle Bachelet, condenó violaciones en ese país, posición que la Argentina se vio forzada a apoyar. En el caso de Nicaragua, la Argentina se abstuvo de votar una moción en la OEA en contra del gobierno por el encarcelamiento de 13 periodistas. Probablemente solo los dictámenes provenientes de la ONU fuercen al gobierno argentino a manifestarse contra Cuba o Nicaragua. Pero en el proceso se tiende a “descapitalizar”, como afirma el profesor Roberto Russell, uno de los pocos baluartes de la política exterior argentina: la defensa de los derechos humanos.El Gobierno demostró su inclinación a trabajar con Rusia y China ante la pandemia del Covid-19, y logró una sorpresiva y rápida provisión de la primera dosis de la vacuna rusa Sputnik V –aunque no de la segunda–, y un progresivo suministro de la vacuna china Sinopharm. Sin embargo, el Gobierno desaprovechó la utilización en forma muy temprana de más de 12 millones de vacunas de Pfizer, impulsado por una mezcla de razones ideológicas con ambiciones privadas, ambas insensibles al peligro público. Desoyendo además la famosa frase del pragmático líder chino Deng Xiaoping: “No importa de qué color sea el gato, lo importante es que cace ratones”. Frase aplicable a las vacunas occidentales. Al firmar un decreto dramáticamente tardío para aprobar la importación de vacunas norteamericanas –y aprovechar una donación de 3,5 millones de dosis desde EE.UU.–, el Presidente recibió la critica del jefe de la bancada oficialista en la Cámara de Diputados, Máximo Kirchner, quien lo acusó de arrodillarse ante los laboratorios extranjeros. En realidad, un pragmatismo forzado había llevado a Fernández a arrodillarse ante los más de 100.000 argentinos muertos. Kirchner también debería hacerlo, dado que según estudios del Conicet, 30 a 40.000 de estos muertos se deben al atraso en la llegada de vacunas. Esto pudo haber sido evitado aprobando justamente en la Cámara de Diputados la importación de vacunas de Pfizer en un principio, o asegurando una mayor y más rápida provisión de vacunas de AstraZeneca.Parte de estos problemas se explican por la similitud entre el presidente Fernández y el emperador romano Justiniano al momento de elegir sus ministros. Según el historiador Edward Gibbon: “Pocos eran promovidos por sus victorias, y no siempre eran elegidos por su talento”.La oscilación entre una ideología borrosa y el pragmatismo forzado se observa también en la manera en que se trata el serio desafío de la evolución del Mercosur. Un problema cuyo origen es de responsabilidad compartida con la clase dirigente argentina en general. La Cancillería comenzó atrincherándose detrás del argumento del consenso para no innovar en dos temas que han convertido al Mercosur en una estructura proteccionista pero inservible para la inserción internacional de varios sectores del aparato productivo argentino –en particular, de ciertos segmentos industriales–. El primero es el arancel externo común (ACE), sumamente elevado desde hace más de 30 años. Pero la Cancillería ya se ha visto forzada a discutir su reducción, dada la férrea voluntad del gobierno brasileño de hacerlo, y de salir a competir internacionalmente en la mayoría de sus sectores productivos. En esencia, esta encrucijada es el resultado de una notable y permanente falta de una visión compartida y sustentable de desarrollo de parte de la dirigencia argentina, y de la poca voluntad en concebirla. El segundo aspecto, ligado intrínsecamente a la posibilidad de poder realmente competir a nivel global, es negociar más acuerdos comerciales, algo solicitado por Uruguay, pero también forzado por Brasil. Otra vez, una ideología borrosa, con exagerados componentes proteccionistas, se ve forzada a ceder ante la dura realidad, en este caso económica.ßEspecialista en relaciones internacionales; miembro consultor de CARI y de Cippec

Fuente: La Nación

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Para ser exitoso en el campo de las relaciones internacionales se necesita, entre otros elementos, tener una visión clara y puntos de apoyo conceptuales que puedan dar coherencia y respaldo a la estrategia utilizada para alcanzar esa visión. En el caso del gobierno de Alberto Fernández se logran percibir algunos elementos de la visión que se persigue. Aunque también se observa que el camino adoptado parece oscilar entre una ideología borrosa y un pragmatismo forzado por las duras realidades que se enfrentan.En términos de visión, el Gobierno ha optado por no procurar una diversificación equilibrada, inclinándose hacia los regímenes autoritarios como China y Rusia en lo político, económico y tecnológico, pero sin confrontar con las potencias establecidas. En el exterior próximo, el Gobierno se ha distanciado de dos socios estratégicos –Brasil y Chile– y ha buscado promover una particular y borrosa visión de la democracia en el continente americano. Esto quedó claro cuando Fernández le expresó al expresidente brasileño Lula da Silva que se sentía solo en esta empresa y que ya que no tenía a Néstor Kirchner, a Evo Morales ni a Hugo Chávez –entre otros– para ayudarlo. Esta borrosa visión incluye afirmaciones grandilocuentes, como “es hora de entender que el capitalismo no ha dado buenos resultados”, que no pueden ser tomadas en serio, más allá de las fallas que el sistema capitalista muestre a nivel local e internacional. Con el objetivo de promover esta particular y borrosa visión democrática en el continente, Fernández ha procurado formar un eje Buenos Aires-Ciudad de México con Andrés Manuel López Obrador, sin darse cuenta de que, más allá de las aparentes similitudes ideológicas del presidente mexicano, la economía de su país está sumamente integrada a la de Estados Unidos, lo que limita sus grados de interés y autonomía a nivel regional.La influencia de una borrosa ideología se ha notado en el accionar de la diplomacia argentina en el entorno latinoamericano, demandando en términos de libertades y derechos humanos a ciertos gobiernos lo que no ha demandado a otros. Fernández expresó abiertamente “que cese la violencia institucional” en Colombia, en reacción a protestas populares. Pero ante las recientes demostraciones de indignación popular contra el gobierno castrista, afirmó primero no saber “lo que está pasando en Cuba”, para luego no condenar actos de represión del régimen cubano. En el caso de Venezuela, se abstuvo de condenar al régimen de Maduro, hasta que la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, encabezada por Michelle Bachelet, condenó violaciones en ese país, posición que la Argentina se vio forzada a apoyar. En el caso de Nicaragua, la Argentina se abstuvo de votar una moción en la OEA en contra del gobierno por el encarcelamiento de 13 periodistas. Probablemente solo los dictámenes provenientes de la ONU fuercen al gobierno argentino a manifestarse contra Cuba o Nicaragua. Pero en el proceso se tiende a “descapitalizar”, como afirma el profesor Roberto Russell, uno de los pocos baluartes de la política exterior argentina: la defensa de los derechos humanos.El Gobierno demostró su inclinación a trabajar con Rusia y China ante la pandemia del Covid-19, y logró una sorpresiva y rápida provisión de la primera dosis de la vacuna rusa Sputnik V –aunque no de la segunda–, y un progresivo suministro de la vacuna china Sinopharm. Sin embargo, el Gobierno desaprovechó la utilización en forma muy temprana de más de 12 millones de vacunas de Pfizer, impulsado por una mezcla de razones ideológicas con ambiciones privadas, ambas insensibles al peligro público. Desoyendo además la famosa frase del pragmático líder chino Deng Xiaoping: “No importa de qué color sea el gato, lo importante es que cace ratones”. Frase aplicable a las vacunas occidentales. Al firmar un decreto dramáticamente tardío para aprobar la importación de vacunas norteamericanas –y aprovechar una donación de 3,5 millones de dosis desde EE.UU.–, el Presidente recibió la critica del jefe de la bancada oficialista en la Cámara de Diputados, Máximo Kirchner, quien lo acusó de arrodillarse ante los laboratorios extranjeros. En realidad, un pragmatismo forzado había llevado a Fernández a arrodillarse ante los más de 100.000 argentinos muertos. Kirchner también debería hacerlo, dado que según estudios del Conicet, 30 a 40.000 de estos muertos se deben al atraso en la llegada de vacunas. Esto pudo haber sido evitado aprobando justamente en la Cámara de Diputados la importación de vacunas de Pfizer en un principio, o asegurando una mayor y más rápida provisión de vacunas de AstraZeneca.Parte de estos problemas se explican por la similitud entre el presidente Fernández y el emperador romano Justiniano al momento de elegir sus ministros. Según el historiador Edward Gibbon: “Pocos eran promovidos por sus victorias, y no siempre eran elegidos por su talento”.La oscilación entre una ideología borrosa y el pragmatismo forzado se observa también en la manera en que se trata el serio desafío de la evolución del Mercosur. Un problema cuyo origen es de responsabilidad compartida con la clase dirigente argentina en general. La Cancillería comenzó atrincherándose detrás del argumento del consenso para no innovar en dos temas que han convertido al Mercosur en una estructura proteccionista pero inservible para la inserción internacional de varios sectores del aparato productivo argentino –en particular, de ciertos segmentos industriales–. El primero es el arancel externo común (ACE), sumamente elevado desde hace más de 30 años. Pero la Cancillería ya se ha visto forzada a discutir su reducción, dada la férrea voluntad del gobierno brasileño de hacerlo, y de salir a competir internacionalmente en la mayoría de sus sectores productivos. En esencia, esta encrucijada es el resultado de una notable y permanente falta de una visión compartida y sustentable de desarrollo de parte de la dirigencia argentina, y de la poca voluntad en concebirla. El segundo aspecto, ligado intrínsecamente a la posibilidad de poder realmente competir a nivel global, es negociar más acuerdos comerciales, algo solicitado por Uruguay, pero también forzado por Brasil. Otra vez, una ideología borrosa, con exagerados componentes proteccionistas, se ve forzada a ceder ante la dura realidad, en este caso económica.ßEspecialista en relaciones internacionales; miembro consultor de CARI y de Cippec

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Para ser exitoso en el campo de las relaciones internacionales se necesita, entre otros elementos, tener una visión clara y puntos de apoyo conceptuales que puedan dar coherencia y respaldo a la estrategia utilizada para alcanzar esa visión. En el caso del gobierno de Alberto Fernández se logran percibir algunos elementos de la visión que se persigue. Aunque también se observa que el camino adoptado parece oscilar entre una ideología borrosa y un pragmatismo forzado por las duras realidades que se enfrentan.En términos de visión, el Gobierno ha optado por no procurar una diversificación equilibrada, inclinándose hacia los regímenes autoritarios como China y Rusia en lo político, económico y tecnológico, pero sin confrontar con las potencias establecidas. En el exterior próximo, el Gobierno se ha distanciado de dos socios estratégicos –Brasil y Chile– y ha buscado promover una particular y borrosa visión de la democracia en el continente americano. Esto quedó claro cuando Fernández le expresó al expresidente brasileño Lula da Silva que se sentía solo en esta empresa y que ya que no tenía a Néstor Kirchner, a Evo Morales ni a Hugo Chávez –entre otros– para ayudarlo. Esta borrosa visión incluye afirmaciones grandilocuentes, como “es hora de entender que el capitalismo no ha dado buenos resultados”, que no pueden ser tomadas en serio, más allá de las fallas que el sistema capitalista muestre a nivel local e internacional. Con el objetivo de promover esta particular y borrosa visión democrática en el continente, Fernández ha procurado formar un eje Buenos Aires-Ciudad de México con Andrés Manuel López Obrador, sin darse cuenta de que, más allá de las aparentes similitudes ideológicas del presidente mexicano, la economía de su país está sumamente integrada a la de Estados Unidos, lo que limita sus grados de interés y autonomía a nivel regional.La influencia de una borrosa ideología se ha notado en el accionar de la diplomacia argentina en el entorno latinoamericano, demandando en términos de libertades y derechos humanos a ciertos gobiernos lo que no ha demandado a otros. Fernández expresó abiertamente “que cese la violencia institucional” en Colombia, en reacción a protestas populares. Pero ante las recientes demostraciones de indignación popular contra el gobierno castrista, afirmó primero no saber “lo que está pasando en Cuba”, para luego no condenar actos de represión del régimen cubano. En el caso de Venezuela, se abstuvo de condenar al régimen de Maduro, hasta que la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, encabezada por Michelle Bachelet, condenó violaciones en ese país, posición que la Argentina se vio forzada a apoyar. En el caso de Nicaragua, la Argentina se abstuvo de votar una moción en la OEA en contra del gobierno por el encarcelamiento de 13 periodistas. Probablemente solo los dictámenes provenientes de la ONU fuercen al gobierno argentino a manifestarse contra Cuba o Nicaragua. Pero en el proceso se tiende a “descapitalizar”, como afirma el profesor Roberto Russell, uno de los pocos baluartes de la política exterior argentina: la defensa de los derechos humanos.El Gobierno demostró su inclinación a trabajar con Rusia y China ante la pandemia del Covid-19, y logró una sorpresiva y rápida provisión de la primera dosis de la vacuna rusa Sputnik V –aunque no de la segunda–, y un progresivo suministro de la vacuna china Sinopharm. Sin embargo, el Gobierno desaprovechó la utilización en forma muy temprana de más de 12 millones de vacunas de Pfizer, impulsado por una mezcla de razones ideológicas con ambiciones privadas, ambas insensibles al peligro público. Desoyendo además la famosa frase del pragmático líder chino Deng Xiaoping: “No importa de qué color sea el gato, lo importante es que cace ratones”. Frase aplicable a las vacunas occidentales. Al firmar un decreto dramáticamente tardío para aprobar la importación de vacunas norteamericanas –y aprovechar una donación de 3,5 millones de dosis desde EE.UU.–, el Presidente recibió la critica del jefe de la bancada oficialista en la Cámara de Diputados, Máximo Kirchner, quien lo acusó de arrodillarse ante los laboratorios extranjeros. En realidad, un pragmatismo forzado había llevado a Fernández a arrodillarse ante los más de 100.000 argentinos muertos. Kirchner también debería hacerlo, dado que según estudios del Conicet, 30 a 40.000 de estos muertos se deben al atraso en la llegada de vacunas. Esto pudo haber sido evitado aprobando justamente en la Cámara de Diputados la importación de vacunas de Pfizer en un principio, o asegurando una mayor y más rápida provisión de vacunas de AstraZeneca.Parte de estos problemas se explican por la similitud entre el presidente Fernández y el emperador romano Justiniano al momento de elegir sus ministros. Según el historiador Edward Gibbon: “Pocos eran promovidos por sus victorias, y no siempre eran elegidos por su talento”.La oscilación entre una ideología borrosa y el pragmatismo forzado se observa también en la manera en que se trata el serio desafío de la evolución del Mercosur. Un problema cuyo origen es de responsabilidad compartida con la clase dirigente argentina en general. La Cancillería comenzó atrincherándose detrás del argumento del consenso para no innovar en dos temas que han convertido al Mercosur en una estructura proteccionista pero inservible para la inserción internacional de varios sectores del aparato productivo argentino –en particular, de ciertos segmentos industriales–. El primero es el arancel externo común (ACE), sumamente elevado desde hace más de 30 años. Pero la Cancillería ya se ha visto forzada a discutir su reducción, dada la férrea voluntad del gobierno brasileño de hacerlo, y de salir a competir internacionalmente en la mayoría de sus sectores productivos. En esencia, esta encrucijada es el resultado de una notable y permanente falta de una visión compartida y sustentable de desarrollo de parte de la dirigencia argentina, y de la poca voluntad en concebirla. El segundo aspecto, ligado intrínsecamente a la posibilidad de poder realmente competir a nivel global, es negociar más acuerdos comerciales, algo solicitado por Uruguay, pero también forzado por Brasil. Otra vez, una ideología borrosa, con exagerados componentes proteccionistas, se ve forzada a ceder ante la dura realidad, en este caso económica.ßEspecialista en relaciones internacionales; miembro consultor de CARI y de Cippec

Fuente: La Nación

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Para ser exitoso en el campo de las relaciones internacionales se necesita, entre otros elementos, tener una visión clara y puntos de apoyo conceptuales que puedan dar coherencia y respaldo a la estrategia utilizada para alcanzar esa visión. En el caso del gobierno de Alberto Fernández se logran percibir algunos elementos de la visión que se persigue. Aunque también se observa que el camino adoptado parece oscilar entre una ideología borrosa y un pragmatismo forzado por las duras realidades que se enfrentan.En términos de visión, el Gobierno ha optado por no procurar una diversificación equilibrada, inclinándose hacia los regímenes autoritarios como China y Rusia en lo político, económico y tecnológico, pero sin confrontar con las potencias establecidas. En el exterior próximo, el Gobierno se ha distanciado de dos socios estratégicos –Brasil y Chile– y ha buscado promover una particular y borrosa visión de la democracia en el continente americano. Esto quedó claro cuando Fernández le expresó al expresidente brasileño Lula da Silva que se sentía solo en esta empresa y que ya que no tenía a Néstor Kirchner, a Evo Morales ni a Hugo Chávez –entre otros– para ayudarlo. Esta borrosa visión incluye afirmaciones grandilocuentes, como “es hora de entender que el capitalismo no ha dado buenos resultados”, que no pueden ser tomadas en serio, más allá de las fallas que el sistema capitalista muestre a nivel local e internacional. Con el objetivo de promover esta particular y borrosa visión democrática en el continente, Fernández ha procurado formar un eje Buenos Aires-Ciudad de México con Andrés Manuel López Obrador, sin darse cuenta de que, más allá de las aparentes similitudes ideológicas del presidente mexicano, la economía de su país está sumamente integrada a la de Estados Unidos, lo que limita sus grados de interés y autonomía a nivel regional.La influencia de una borrosa ideología se ha notado en el accionar de la diplomacia argentina en el entorno latinoamericano, demandando en términos de libertades y derechos humanos a ciertos gobiernos lo que no ha demandado a otros. Fernández expresó abiertamente “que cese la violencia institucional” en Colombia, en reacción a protestas populares. Pero ante las recientes demostraciones de indignación popular contra el gobierno castrista, afirmó primero no saber “lo que está pasando en Cuba”, para luego no condenar actos de represión del régimen cubano. En el caso de Venezuela, se abstuvo de condenar al régimen de Maduro, hasta que la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, encabezada por Michelle Bachelet, condenó violaciones en ese país, posición que la Argentina se vio forzada a apoyar. En el caso de Nicaragua, la Argentina se abstuvo de votar una moción en la OEA en contra del gobierno por el encarcelamiento de 13 periodistas. Probablemente solo los dictámenes provenientes de la ONU fuercen al gobierno argentino a manifestarse contra Cuba o Nicaragua. Pero en el proceso se tiende a “descapitalizar”, como afirma el profesor Roberto Russell, uno de los pocos baluartes de la política exterior argentina: la defensa de los derechos humanos.El Gobierno demostró su inclinación a trabajar con Rusia y China ante la pandemia del Covid-19, y logró una sorpresiva y rápida provisión de la primera dosis de la vacuna rusa Sputnik V –aunque no de la segunda–, y un progresivo suministro de la vacuna china Sinopharm. Sin embargo, el Gobierno desaprovechó la utilización en forma muy temprana de más de 12 millones de vacunas de Pfizer, impulsado por una mezcla de razones ideológicas con ambiciones privadas, ambas insensibles al peligro público. Desoyendo además la famosa frase del pragmático líder chino Deng Xiaoping: “No importa de qué color sea el gato, lo importante es que cace ratones”. Frase aplicable a las vacunas occidentales. Al firmar un decreto dramáticamente tardío para aprobar la importación de vacunas norteamericanas –y aprovechar una donación de 3,5 millones de dosis desde EE.UU.–, el Presidente recibió la critica del jefe de la bancada oficialista en la Cámara de Diputados, Máximo Kirchner, quien lo acusó de arrodillarse ante los laboratorios extranjeros. En realidad, un pragmatismo forzado había llevado a Fernández a arrodillarse ante los más de 100.000 argentinos muertos. Kirchner también debería hacerlo, dado que según estudios del Conicet, 30 a 40.000 de estos muertos se deben al atraso en la llegada de vacunas. Esto pudo haber sido evitado aprobando justamente en la Cámara de Diputados la importación de vacunas de Pfizer en un principio, o asegurando una mayor y más rápida provisión de vacunas de AstraZeneca.Parte de estos problemas se explican por la similitud entre el presidente Fernández y el emperador romano Justiniano al momento de elegir sus ministros. Según el historiador Edward Gibbon: “Pocos eran promovidos por sus victorias, y no siempre eran elegidos por su talento”.La oscilación entre una ideología borrosa y el pragmatismo forzado se observa también en la manera en que se trata el serio desafío de la evolución del Mercosur. Un problema cuyo origen es de responsabilidad compartida con la clase dirigente argentina en general. La Cancillería comenzó atrincherándose detrás del argumento del consenso para no innovar en dos temas que han convertido al Mercosur en una estructura proteccionista pero inservible para la inserción internacional de varios sectores del aparato productivo argentino –en particular, de ciertos segmentos industriales–. El primero es el arancel externo común (ACE), sumamente elevado desde hace más de 30 años. Pero la Cancillería ya se ha visto forzada a discutir su reducción, dada la férrea voluntad del gobierno brasileño de hacerlo, y de salir a competir internacionalmente en la mayoría de sus sectores productivos. En esencia, esta encrucijada es el resultado de una notable y permanente falta de una visión compartida y sustentable de desarrollo de parte de la dirigencia argentina, y de la poca voluntad en concebirla. El segundo aspecto, ligado intrínsecamente a la posibilidad de poder realmente competir a nivel global, es negociar más acuerdos comerciales, algo solicitado por Uruguay, pero también forzado por Brasil. Otra vez, una ideología borrosa, con exagerados componentes proteccionistas, se ve forzada a ceder ante la dura realidad, en este caso económica.ßEspecialista en relaciones internacionales; miembro consultor de CARI y de Cippec

Fuente: La Nación

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A las cuatro y media de la tarde se han dado cita en la iglesia de San Ignacio las más importantes autoridades civiles, militares y eclesiásticas de Buenos Aires. Las naves del templo “rebosan de un público ansioso de ver por sus ojos aquella constelación de doctos brillando a la luz reflejada por las lentejuelas y abalorios de capirotes y bonetes”, relata Juan María Gutiérrez. Es el 12 de agosto de 1821 y se inaugura la Universidad de Buenos Aires, creada tres días antes por edicto del gobernador de la ciudad, Martín Rodríguez, y su secretario de Gobierno, Bernardino Rivadavia. El Argos de Buenos Ayres informa: “Jamás un establecimiento ni una función pública ha tenido un séquito tan interesado y numeroso; el pueblo se hallaba verdaderamente encantado de alegría, y ha dado a conocer hasta qué grado es entusiasta por las letras… Los auspicios con que se ha fundado la Universidad son en todos los aspectos favorables y nos han alejado los temores de que se aproximase una generación desmoralizada y bárbara”. Gutiérrez –rector de la UBA en 1861 e impulsor de la universidad de investigación– comenta: “En aquel día la ciencia se dignificaba, se despertaba al estímulo por el estudio y se mostraba claramente por la autoridad de Buenos Aires cuán grande debe ser el respeto que rinden los gobiernos bienintencionados a la inteligencia cultivada”. La creación de la universidad era una aspiración desde fines del siglo XVIII, aunque las convulsiones políticas hicieron fracasar varios intentos de concretarla. Antonio Sáenz, abogado y sacerdote, que participó en el Cabildo Abierto de 1810 y en el Congreso de 1816, fue la fuerza impulsora de su creación, concretada con el apoyo entusiasta de Rivadavia, quien advirtió la trascendencia que tendría la institución en su proyecto modernizador. Sáenz fue designado rector de la nueva universidad, que se organizó agrupando en seis departamentos instituciones ya existentes. Ese origen constituyó un escollo para diseñar una verdadera universidad, ya que, como decía el rector Ricardo Rojas, “poseemos facultades de verdad y carecemos de universidad”. Integrarla es una tarea aún pendiente. Recorrer la historia de la UBA, iniciada en el marco de esa concepción progresista, es recorrer la historia del país. Aunque en el transcurso de estos dos siglos no escapó a las turbulencias políticas, ellas no impidieron que se convirtiera en una de las universidades más valoradas de América Latina. Miles de profesores, investigadores, alumnos y personal de apoyo, así como sus graduados, dispersos en el país y el mundo, construyeron ese prestigio con trabajo y esfuerzo. Hoy la UBA es una institución cuya complejidad es difícil de abarcar, ya que aloja una enorme diversidad de actividades y de visiones de la realidad. A pesar de lo mucho que se puede y debe debatir acerca de aspectos concretos de su siempre conflictivo presente, la UBA es un tesoro que la Argentina debe preservar para las nuevas generaciones que se acercan a ella. En los albores del siglo XX, la Universidad de Buenos Aires promovió cambios que anticiparon uno de los momentos culminantes de la historia de la universidad argentina: el movimiento de la Reforma nacido en Córdoba en 1918. Eso demostró el vigor y la capacidad de los universitarios para impulsar transformaciones desde el interior de la institución. Tal vez la celebración del bicentenario de la UBA brinde la oportunidad de promover una nueva reforma que, jerarquizando las funciones básicas de la universidad, logre definir sus lazos con una sociedad que ha cambiado radicalmente en pocas décadas. Hay que reflexionar acerca de la conveniencia de preservar en la institución académica algunos de sus valores originales, a pesar de que hoy no sean apreciados, como la seriedad y profundidad en el análisis; el respeto a todas las ideas y no solo a las consideradas circunstancialmente correctas; la exigencia y el rigor en el estudio; la valoración de la docencia y la investigación independientemente de intereses de grupos, y la transparencia en la gestión académica y administrativa. A pesar de las profundas transformaciones que ha experimentado la universidad desde el siglo XI, cuando se creó la de Bolonia en Italia, su misión sigue siendo la misma: enseñar saberes concretos y, sobre todo, proporcionar a los jóvenes las herramientas para que logren formarse una visión del mundo. Porque la universidad es el ámbito autónomo que la sociedad ha elegido preservar para generar y debatir todas las ideas, permitiendo adquirir una visión de conjunto desde una perspectiva universalista y, sobre todo, humanista. Además de conocer, es preciso saber para qué se conoce, lo que se logra mediante una formación amplia, cada día más desprestigiada. La sociedad contemporánea cifra demasiadas expectativas en la universidad, que corre así el peligro de alejarse de los objetivos que promovieron su creación. Buscando ejercer un impacto directo en el quehacer social, se arriesga a debilitar su influencia en la formación de sus estudiantes, olvidando que son ellos quienes, además de poder incluirse en la actividad productiva, darán sentido al cambio. Corremos el riesgo de que la mercantilizada visión contemporánea pretenda hacer que una institución eminentemente cultural –destinada a evitar que las nuevas generaciones sean “desmoralizadas y bárbaras”, como se celebraba en 1821– se convierta en una oficina expendedora de títulos. Ahora, además, se cierne el peligro de que maestros y alumnos, hoy fugaces espectros virtuales, prescindan del contacto inspirador y singular entre ellos para pasar a ser una parte más del espectáculo mediatizado. Las universidades son ámbitos de la cultura donde se producen decisivos encuentros entre las personas y no solo empresas a ser gestionadas. El respeto al conocimiento, no siempre “útil”, y a quienes piensan y crean, la valoración del esfuerzo y de la reflexión constituyen el sedimento que deja el paso por una buena universidad. Esa idea queda sintetizada en esta descripción de la experiencia universitaria que ha hecho la escritora mexicana Ángeles Mastretta: “La bendita universidad dio para todo. Dio para entender el amor y la barbarie, para una sorpresa tras otra, para descuartizar la fe de un monje y concebir la de un pagano. Dio para crear villanos y para reconstruir héroes y dio, es de esperar que siga dando, gente empeñada en pensar la verdad como una mezcla de verdades, el acuerdo como una consecuencia del respeto, la tolerancia como una virtud, la duda como la más ardua y sensata de las virtudes. Hemos de desear que la vida guarde a tan generosa universidad porque dio para cumplir los sueños que nunca soñamos y para sembrar los que aún no cumplimos”. Los jóvenes merecen que hagamos todo para preservar y transmitirles las posibilidades de lo humano que la naciente universidad “empresa de servicios” les está escamoteando. A ellos, los legítimos herederos de la cultura. Por eso, en esta celebración, expresemos nuestro deseo de que la vida guarde a esta generosa UBA que, con disensos y acuerdos, aciertos y errores, avances y retrocesos, ha hecho mucho para mejorar la Argentina y es imprescindible que siga haciéndolo en estas instancias cruciales. ßExrector de la Universidad de Buenos Aires (2002-2006)

Fuente: La Nación

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