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Pablo Mendelevich

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Pablo Mendelevich Messages

Parece ser que la leyenda de que en la Argentina hubo cinco presidentes en una semana vino de Estados Unidos. Un par de humoristas norteamericanos muy populares bromeaban por aquellos días con la Argentina incendiada, convertida en el colmo mundial de la inestabilidad política, imagen para la cual cinco presidentes consecutivos debió ser una estadística más funcional a la sátira que tres. Pero en verdad fueron tres: De la Rúa, Rodríguez Saá y Duhalde.En 1981, cuando Ronald Reagan fue baleado en Washington por un loco (que salió de la cárcel en 2016) el entonces secretario de Estado, Alexander Haig, se hizo cargo de la Casa Blanca durante varias horas a la espera de que el vicepresidente George Bush llegara de Texas. Pero después del nerviosismo, a nadie se le ocurrió decir que Haig había sido presidente de Estados Unidos, como ocurrió acá con Ramón Puerta y Eduardo Camaño. A Puerta y Camaño aun hoy se los engalana como presidentes de la Argentina, no solo en alguna comida del Rotary a la que ellos pudieran asistir sino, lo que resulta más curioso, en el sitio oficial de la Casa Rosada.“Presidente de la Nación Argentina”, se lee sobre Puerta. “Período (no es un chiste): 21 de diciembre de 2001 al 23 de diciembre de 2001?. ¿Le estarán por esculpir el busto?Según la ley de acefalía 20.972 entonces vigente, Puerta en rigor fue presidente provisional del Senado a cargo del Poder Ejecutivo. Camaño, después de seis días de Rodríguez Saá, otro tanto, como presidente de la Cámara de Diputados. Esa ley, que se había dictado en 1975 para una eventualidad de Isabel Perón, ordenaba que en caso de acefalía la asamblea legislativa tenía que designar presidente entre los gobernadores y los legisladores, y mientras tanto (se suponía que la asamblea no sería instantánea ni resolvería tamaño embrollo en dos minutos), en caso de no haber vicepresidente, la presidencia quedaba “transitoriamente” a cargo del presidente provisional del Senado, del presidente de la Cámara de Diputados o del presidente de la Corte Suprema, en ese orden de prelación.Es el famoso tema de la línea sucesoria, meneado siempre en clave especulativa pero de antecedentes reales poco lustrosos, ya fuera por la historia de Alberto Teisaire con Perón, de Italo Luder con Isabel o de José María Guido con los verdugos políticos de Frondizi (el rionegrino que en 1962 se allanó a ser presidente civil de una dictadura militar). Antecesores todos ellos de Claudia Ledesma Abdala de Zamora, la presidenta provisional actual, a quien encumbró en la esterilizada línea de sucesión, detrás de ella, Cristina Kirchner (que en 2014 y 2015 ya había puesto allí al marido, Gerardo Zamora, detrás de Boudou).¿A qué viene todo esto? A que en algunos rincones de la oposición se cuece la fantasía de sacarlo a Sergio Massa de la presidencia de la Cámara de Diputados después de infligirle al gobierno –eso todavía no sucedió- otra humillante derrota. Y, también, a que del año 2001, que quizás no económicamente pero sí políticamente algo se parece a 2021, muchas cosas se olvidaron. Lo cual es de por sí una gran paradoja, porque 2001 debe ser, de Néstor Kirchner en adelante, el año más citado en la Argentina. No con nostalgia, claro, sino como ícono del Apocalipsis. Vade retro se le dice. No existe en nuestra historia fantasma más aterrador.Hay por lo menos dos cosas importantes que se recuerdan a medias: 1) aunque la debilidad creciente de De la Rúa arrancó con la renuncia de Chacho Alvarez a la vicepresidencia, la crisis de representatividad, lo que se llamó la sociedad enojada (¿suena familiar?), quedó expuesta un año después, en las elecciones del 14 de octubre de 2001. Igual que las de ahora, legislativas. Que en ese momento, con un 75 por ciento del padrón, batieron el récord hasta entonces de baja participación. Las PASO de hace 17 días (67 por ciento), tienen ahora el trofeo de la abstinencia.El gobierno de De la Rúa perdió esas elecciones a los dos años de haber llegado al poder con 48,37 por ciento de los votos. Prácticamente el mismo respaldo popular que consiguió en 2019 para ser presidente Alberto Fernández: 48,24 por ciento.Una segunda cuestión habitualmente soslayada por el entretenido cuento de los cinco presidentes es que en la línea sucesoria del radical De la Rúa sólo aguardaban peronistas. Eso eran Puerta y Camaño: PJ puro. ¿Cómo fue posible?Ingeniero igual que su amigo Macri, Puerta sería años más tarde macrista (era el embajador en España; Alberto Fernández lo sustituyó por Ricardo Alfonsín), pero en aquellos tiempos se vanagloriaba de las lecturas de Scalabrini Ortiz y Jauretche que lo habían repujado como peronista hecho y derecho. Venía de pasar la década del noventa gobernando Misiones en nombre del PJ.La Marcha Peronista atronó el Senado aquel 28 de noviembre de 2001 cuando Puerta fue elegido por aclamación presidente provisional; un ascenso que lo convertía, decían los diarios, en vicepresidente de la Nación de hecho. Aclamación, conviene aclarar, sólo peronista. Incluida a la senadora por Santa Cruz Cristina Kirchner, que por esas horas se hacía cargo, casualmente, de la Comisión de Asuntos Constitucionales. Su marido y su pequeña hija aplaudían desde una de las galerías su retorno a la cámara alta. Sí, Néstor Kirchner fue uno de los que, como estaba de paso, entonó la marchita para darle marco al encumbramiento de Puerta, quien apenas tres semanas después resultaría el mascarón de proa de la recuperación del gobierno nacional por el peronismo. Puerta incluso ofrecía apellido alegórico.Los radicales se habían mandado a mudar. Salieron del recinto despotricando a viva voz contra el atropello institucional, por lo menos los más elegantes. Es que el peronismo acababa de romper la tradición histórica por la que la presidencia provisional del Senado toda la vida había quedado en manos del partido gobernante (hasta ese momento el cargo lo ocupaba el radical Mario Losada). ¿Fue un quiebre excepcional de la tradición parlamentaria? Más bien habría que hablar de un quiebre estereofónico. Porque casi al unísono el peronismo hizo lo mismo en Diputados. Le dio las gracias a Rafael Pascual (UCR) y puso a Camaño, quien para después de la Navidad devendría otro “presidente de la Nación” por horas.De acuerdo con la imaginación popular, si un político agarra el poder no lo suelta más, pero la cosa no suele ser tan lineal. Cuando el peronismo derrocó a Rodríguez Saá seis días después de haberlo ungido, Puerta se rehusó a volver a la Casa Rosada. Hay que recordar que el país estaba en llamas, la gente delante del abismo se enardecía, había habido muchos muertos. El propio Rodríguez Saá acababa de mezclar comprobadas intenciones de quedarse (causa de su relevo) con ataques de pánico. Puerta dijo “suficiente para mí” y por eso le tocó a Camaño, no es que estuvieran haciendo un simulacro de línea sucesoria. Después llegaría el bombero piromaníaco, Duhalde.Entonces, ¿podría Massa ser sustituido ahora por un opositor sin que ello fuera interpretado –en la hipótesis de que Juntos por el Cambio consiguiera ser primera minoría- como una avanzada sobre la gobernabilidad? Fatídico 2001aparte, la tradición desalentó a través del tiempo esta clase de impulsos, lo que representa un símbolo trascendente de convivencia política. O puede representar lo contrario.Cuando en 1987 el gobierno de Alfonsín perdió las elecciones, Juan Carlos Pugliese siguió siendo presidente de Diputados (después se fue como ministro de Economía y lo reemplazó quien entonces era un destacado radical, Leopoldo Moreau). Lo mismo sucedió diez años después, al perder Menem sus últimas legislativas: Alberto Pierri siguió presidiendo Diputados. Ni siquiera en el país agrietado del matrimonio Kirchner, cuando se sucedieron en el estrado los diputados oficialistas Balestrini, Fellner y Domínguez, las derrotas de Cristina Kirchner (2009 y 2013) llevarían a cambios de signo partidario.Es cierto que la sacralidad de la línea sucesoria no encuentra fácil corroboración histórica. Al caer un presidente radical volvió el peronismo. Cuando cayeron presidentes peronistas siguió el peronismo. Las sucesiones de emergencia quedaron más reguladas por la política que por la Constitución y las leyes.Mucho antes de que la asamblea legislativa eligiera a Duhalde para reemplazar a Rodríguez Saá (lo cual fue una ironía de la historia, porque Duhalde había perdido la elección popular contra De la Rúa), Perón mandó a destituir a Cámpora mediante las sutiles artes de López Rega, quien colocó en el Sillón de Rivadavia a Raúl Lastiri, su yerno. Lastiri no era el que venía en la línea después de los caídos Cámpora y Solano Lima. Antes estaba el presidente provisional del Senado, Alejandro Diaz Bialet, un escollo. A Díaz Bialet, para sacarlo del medio, el Senado lo envió de urgencia a África (esto tampoco es un chiste).Para Juntos por el Cambio, cuyo fuerte se supone que es la defensa de los valores republicanos en contraste con la subordinación de lo institucional a lo político que practica desde hace tres cuartos de siglo el peronismo, sería difícil argumentar el derecho a echar mano a la presidencia de la cámara baja por prepotencia numérica. Y se ve que para el peronismo también es complicado sostener lo opuesto.Hace dos días la flamante senadora Juliana Di Tullio, una kirchnerista de gran experiencia (fue diputada nacional tres períodos y presidió el bloque del Frente para la Victoria) mostró esa incomodidad surfeando en los confines del ridículo. En una radio amiga (lo que explica que la hayan acolchado con más desmemoria) le preguntaron qué opinaba de la supuesta idea opositora de desalojar a Massa. “Sería un intento de golpe de Estado”, respondió enfática, como si el 2001, Puerta, Camaño y De la Rúa no hubieran existido. Aunque aludió al pasado: “No es la primera vez que lo quieren hacer, también lo intentaron en 2009?. La Cámara de Diputados, explicó la senadora, “está en la línea de sucesión del Presidente; entonces, ¿qué se quiere decir?”. El remate: “siempre fueron un peligro y cuando hablan de república y del respeto a las instituciones, mienten; son muy peligrosos y peligrosas”. La senadora puede olvidarse de mencionar al golpismo peronista, pero jamás a las mujeres.Massa no es Puerta y luce bastante más ambicioso que la escribana santiagueña Claudia Ledesma Abdala de Zamora. Pero quizás no sea ése el tema. En 2001 el diputado justicialista Jorge Matzkin supo resumir la escala de valores vigente en un escenario de acefalía: “No tienen derecho a hablarnos de derecho ni de leyes mientras arde el incendio” (sic).Es verdad que la ley de acefalía de Isabel (emparchada en 2002) no era demasiado precisa. Gracias a lo cual, cuando el hombre ya no fue Rodríguez Saá sino Duhalde se readaptó todo. El peronismo, que controlaba la asamblea, confirió un mandato mucho más largo, hasta completar el período de De la Rúa (después Duhalde se autocortó, pero esa es otra historia) y ya no se creyó necesario exigirle al agraciado elecciones en noventa días.Nadie sabe cómo será el país a partir del lunes 15 de noviembre en la hipótesis probable de que un gobierno débil refrende el día anterior su derrota de las PASO y necesite hacer algo bien novedoso (¿negociar?) para transitar su segunda mitad. Tal vez para medir el nivel de democracia en sangre haya que mirar si en el asiento de Massa sigue Massa.

Fuente: La Nación

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La palabra “algo” no tiene plural. Significa “cualquier cosa indeterminada”. O “cantidad indeterminada, generalmente reducida”. ¿Reducida?“Algo no habremos hecho bien”, dijo Alberto Fernández en el cénit de su discurso de ocho minutos destinado a reconocer la derrota ciclónica. ¿Cuántos algos no se habrán hecho bien?¿Insistir en un relato épico, tanto pandémico como económico, que al ciudadano medio le resulta impalpable? ¿No tener plan y jactarse de no tenerlo? ¿Encerrar a la gente y hacer cumpleaños en Olivos? ¿”La foto” de la fiesta, como analizan sesudamente algunos kirchneristas? ¿La pátina autoritaria? ¿Zigzaguear una y otra vez con todos los temas y todas las palabras? ¿La inflación y la pertinaz caída del poder adquisitivo del salario? ¿El manejo fallido de la economía? ¿Haber armado una estruendosa coreografía de lucha contra el hambre para después agrandar la pobreza y fingir que el hambre se esfumó? ¿Abrazar la causa del cierre de las escuelas con un fervor digno de la ley 1420? ¿El vacunatorio vip? ¿La ramplona ideologización de las vacunas? ¿Las infinitas promesas sanitarias incumplidas? ¿La impudorosa búsqueda de impunidad judicial personalizada? ¿Maldecir a Macri cada dos palabras como única explicación de los graves problemas del país? ¿Llevar la campaña a extremos de frivolidad como si lo importante ya estuviera resuelto? ¿Machacar con eslóganes antidiscriminatorios y discriminar sin pudor? ¿Fatigar con la inclusión y excluir? ¿Burlarse de la desesperanza colectiva que dramatizan los jóvenes que emigran? ¿Abandonar la construcción real de un futuro asequible?“Escuchamos el veredicto de la gente con atención”, asegura ahora Fernández. Encomiable evolución cívica de un presidente que con el fin de contestarles a los que habían ganado la calle para criticarlo prometía movilizar a la gente de bien. Pero como las boletas electorales no traen un espacio para que el votante escriba lo que siente (y mejor si no lo expresa de prepo, porque en 2001 por hacerlo hubo récord de impugnados y anulados), los votos hay que interpretarlos. Tarea que seguramente sería más eficaz si no hubiera que hacerla bajo estado de shock.Acabamos de celebrar las segundas PASO consecutivas con sorpresa disruptiva bajo el poncho. En 2019, PASO presidenciales, los ganadores y perdedores estaban al revés, pero la neutrónica sorpresa tampoco reconoció fronteras ideológicas, lo que no hablará bien de los encuestadores, pero peor habla de los gobernantes. Se entiende que nuestros gobernantes le hagan gastar carradas de plata al Estado para contratar encuestas: necesitan saber qué siente, qué le duele, qué piensa el pueblo, parece que un Covid metafórico les atrofió el olfato. ¡Auscultan mal a la sociedad, esencia de su trabajo! Y, lejos de rescatarlos, los encuestadores arrullan a sus contratistas con números exprimidos a encuestados telefónicos refractarios.La regocijante danza del sobre, ese impúdico alarde de centralidad que Cristina Kirchner hizo el domingo cuando fue a votar en Río Gallegos (voto que a los contribuyentes les costará decenas de miles de dólares, ya que la misión requirió de un avión oficial para que la vicepresidenta cumpliera con el deber cívico que otras veces se salteó), quedó de prueba: la líder del oficialismo, la madre del proyecto, no tenía idea de lo que se le venía. El mismo grado de información con el que candidatos y funcionarios bailaron poco después de las 19 para festejar el triunfo. Antes, eso sí, desparramaron elogios para el corajudo presentismo en las urnas, que resultó el más bajo de toda la democracia.Estos criterios valorativos probablemente sean de la misma escuela que los que los llevaron a convencerse de que estaban cuidando al pueblo del Mal, una simbiosis del coronavirus y Macri. Eran los vacunadores salvadores: lo demostraban estadísticas propias. Gambeteadores magistrales del impacto de la pandemia sobre la economía. Vamos, ya llega la felicidad de nuevo.¿Algo habremos hecho mal? Una generosa paleta de disgustos, por decirlo amablemente, seguramente dificulte el empeño auditivo de Fernández, quien asegura querer escuchar las urnas. ¿Cómo hará el Gobierno, que por lo menos hasta las siete y media del domingo esperaba ser aplaudido, para saber a toda prisa de qué “errores” se quejó la sociedad a los gritos? ¿Las desvirtuaciones también son errores?Porque una cosa trajo la otra. Cristina Kirchner descubrió hace tres años que para zafar de las garras de la Justicia no le bastaba con ser una senadora con fueros ni la líder de la facción más grande del peronismo, necesitaba volver al poder como fuera. Y para eso el peronismo debía rejuntarse. De manera concomitante Alberto Fernández volvió a invertirse, lo mismo que Massa, gimnasia para la que les sobra musculatura. Entonces ella pergeñó, después del suceso de la república matrimonial, un nuevo tuneo del sistema político institucional: deslumbró a sus admiradores (y a unos cuantos antikirchneristas también) armando una fórmula contra natura, en la que el vicepresidente, único caso en el mundo, escoge al presidente, para luego subordinarlo, contrariando por igual el orden jerárquico, el sentido común y la Constitución.Cualquier electrodoméstico viene con instrucciones en las que el usuario es advertido de que si altera el mecanismo de fábrica, si le mueve un tornillo, como mínimo pierde la garantía. Los constitucionalistas comparan el sistema político con un mecanismo de relojería, no solo por las premeditadas renovaciones desfasadas de representantes, sino por el equilibrio de poderes y contrapoderes. ¿Por qué habría de ser inocua la alteración del diseño constitucional original, negada antes con ira, ahora hasta teatralizada en los actos de campaña como si la república fuera un stand up?Este es uno de esos momentos en los que quienes proponen abandonar el encorsetado presidencialismo y pasar a un sistema parlamentario lucen sabios. En el parlamentarismo los cambios de humor social permiten reconfiguraciones casi instantáneas para poder seguir adelante.El asunto es bastante más complejo. Ni el parlamentarismo funciona sin un sistema de partidos robusto ni la decadencia argentina se revierte mágicamente cambiando reglas. Pero es cierto, inquietantemente cierto, que el presidencialismo, sobre todo combinado con la grieta, que es lo que hay, carece de dispositivo para procesar huracanes electorales en medio del río. La grieta, plantación de la lógica en la que el adversario pasa a ser tratado como enemigo, es una patología de la democracia que aniquila la búsqueda de acuerdos, justo lo que le hará falta al Gobierno para seguir gobernando.Cuando a un presidente le quedan dos años para terminar y no tiene posibilidades de continuar, tampoco su sector político, se habla de pato rengo (lame duck, porque le cuesta mucho nadar hasta la otra orilla). Pero Fernández, por su debilidad intrínseca, ya era un pato rengo antes de perder las elecciones intermedias. ¿Será un pato sin patas? Basada en pactos, no en imposiciones, la democracia sacraliza el sufragio, aunque tampoco parece bueno aferrarse a aforismos del tipo “el pueblo nunca se equivoca”, que casi siempre gustan más a los ganadores. Otro aforismo acaba de quedar pulverizado. Es el que decía que el peronismo unido jamás será vencido.

Fuente: La Nación

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Gracias a que el peronismo se esforzó por barrerla de la historia y a que Cristina Kirchner la terminó de extinguir para poder ufanarse de ser ella la primera presidenta mujer, pocos recuerdan ya a Isabel Perón. Como ferviente militante de la causa de su olvido, la propia olvidada puso lo suyo. Nunca antes alguien que había presidido la Argentina se había desentendido con semejante reciprocidad y fruición de su gente, de su movimiento, de la política, del país. Nadie se retiró tanto como la viuda de Perón, cuyo ostracismo de cuarenta y cinco años hoy supera la edad que ella tenía cuando llegó a la presidencia.Pocos recuerdan, entonces, que cuando estaba en su peor momento, cuando el terrorismo de Estado que su gobierno inauguró secuestraba, asesinaba o mandaba al exilio a cinco o seis personas por día y ya se había dictado la orden de aniquilar a la subversión, en esos tiempos en los que Celestino Rodrigo se despachaba con el mayor ajuste en modo shock de la historia, la presidenta Isabel Perón (en aquella época se decía la señora presidente o la señora a secas) hizo saber que se postularía para ser reelecta.Su mandato debía concluir el 25 de mayo de 1977. En medio del caos, el gobierno adelantó las elecciones para una fecha no precisamente aséptica que Ricardo Balbín alcanzó a reprochar: 17 de octubre. Los principales opositores y varios sectores del peronismo querían que Isabel Perón, de comprobada incapacidad, renunciara y asumiera Italo Luder, presidente provisional del Senado. Pero Luder, que se hincaba ante el apellido Perón como un devoto celebrante en una teocracia, no quiso saber nada, al compás de una Isabelita que haciendo gala de su pensamiento lógico decía: “no voy a renunciar aunque me fusilen”. Temía que su renuncia significara la división del Movimiento peronista y las masas obreras terminaran cayendo –también son palabras suyas- en manos del marxismo apátrida.La idea de la reelección de Isabel Perón lanzada en aquella turbulenta y encerrada Argentina pregolpe pasó más o menos inadvertida. En gran parte eso se debió a que, independientemente de la importancia del tema, a su palabra casi nadie la tomaba en serio. Hay que recordar, por otra parte, que en la época no existían las elecciones intermedias. Habían sido suprimidas por la Enmienda Lanusse, que el gobierno peronista convalidó complaciente (por esa reforma, también, tanto la fórmula Cámpora-Solano Lima como Perón-Perón fueron elegidas para gobernar cuatro años y no seis).Sería distinto hablar de reelección luego de ganar elecciones intermedias, siempre algo plebiscitarias, que hacerlo antes de que ellas ocurran o cuando no van a ocurrir. Y, ya sabemos, alguien habló de reelección justo ahora.Aclaremos que el político profesional Alberto Fernández, con todos sus defectos, al lado de Isabelita es Churchill. Sonaría apocalíptico, por otra parte, compararlo con quien acabó destituida por los militares más sanguinarios de la era moderna. Pero, lamentablemente, el grotesco clamor reeleccionista que vienen de lanzar destacadas voces oficialistas a favor de un Alberto Fernández deshilachado reconoce como único antecedente aquella pretensión mágica de una gobernante que no acertaba una, no entendía dónde estaba parada y creía que blandir una vocación continuista le funcionaría como a Popeye la espinaca y les inocularía a los propios la certidumbre añorada.Nada tiene que ver 2021 con 1975/76. Sin embargo, el sistema nervioso del peronismo, donde residen los nudos culturales que inspiran la acción política, no ha variado tanto. Como presidente vicario muchos han comparado a Fernández con Cámpora (aunque una cosa fue la nominación de “el Tío” y otra el ejercicio del poder), pero también Lastiri e Isabel Perón, cada uno a su manera, fueron portadores de un poder delegado que más tarde o más temprano los hizo lucir débiles.Al parecer Alberto Fernández, agobiado por sus propias contradicciones y sus abrazos a las peores causas en los rubros más diversos (el vacunatorio VIP que no se apaga, el cumpleaños infeliz y los videos autoinculpatorios, el acuerdo con el FMI, la profesora militante) pensó que su palabra desgastada se volvería santa si en vez de informar el derrotero del barco a su cargo daba la buena nueva de que el día de mañana le gustaría seguir siendo el capitán.Quién sabe cómo se planeó el arrebato reeleccionista. O siquiera si se planeó. Pasa con muchos estiletazos en el peronismo. Sin ir más lejos, la provocadora frase sexual de la candidata Victoria Tolosa Paz. ¿La planificó el equipo de campaña, la pensó con su esposo publicista, se le ocurrió a ella cuando la alarmaron con que no estaba llegando a los votantes más jóvenes, la improvisó? Alberto Fernández se colgó ayer del hilo toloseño. El presidente encomió el disfrute después del sufrimiento con la misma convicción con la que Perón disponía otra clase de rutina: de casa al trabajo y del trabajo a casa. ¿Se colgó Fernández de una ocurrencia ajena o siguió un sesudo libreto de campaña ajustado al slogan “la vida que queremos” y a la jerarquización de la felicidad mundana como categoría política hecha hace varios meses por Cristina Kirchner? Dada la desorganización discursiva que exhibe la campaña oficialista es difícil saberlo.Como se dijo en los últimos días fue un kirchnerista de pura cepa, el ingeniero Jorge Ferraresi, vicepresidente del Instituto Patria, quien inauguró el clamor por la reelección. Después lo repitieron albertistas como Juan Zabaleta, Sabina Frederic, Daniel Arroyo y Cecilia Todesca. Lo que tal vez pasó algo inadvertido fue el cambio de enfoque sobre la democracia que coló la argumentación del adelantado Ferraresi.Para justificar sus planteos de perpetuación, el kirchnerismo usó toda la vida el argumento de la oposición diabólica. Néstor Kirchner hablaba de los que destruyeron al país, lo hicieron volar por los aires, lo arruinaron. Los presentaba como la antipatria, postulando al “proyecto” como la Patria, jactancia que su esposa no sólo mantuvo sino que la extendió a la marca de su facción.Ese modo de entender la democracia es ni más ni menos el sostén de la grieta: los otros son execrables, de allí que nosotros, los salvadores, seamos imprescindibles. Sin embargo Ferraresi, un antimacrista de reconocido estilo confrontativo, no se refiere ahora a lo contraindicado de que la oposición gobierne. Es probable que en estos días de escándalos oficiales enganchados haya considerado poco cautivante insultar a la oposición para demostrar que justo Alberto Fernández, el protagonista central de tanto desaguisado, merece quedarse hasta 2027. Prefirió acudir a una conclusión de las ciencias políticas que por lo menos anida en su cabeza.Para decir que Alberto Fernández tiene que ser reelecto inventó la teoría de los ciclos de ocho años. “Los procesos políticos se consolidan a partir de las políticas y las personas, y los procesos en Argentina son de ocho años”, nos enseña Ferraresi. ¿De qué está hablando? ¿De Yrigoyen? ¿Qué procesos son de ocho años? Roca gobernó dos períodos separados; sumó doce años. Perón, que fue echado a los nueve años y medio, había mandado hacer una Constitución que le garantizaba la reelección vitalicia. Menem, el siguiente reelecto, se quedó diez años y medio una vez que fracasó el intento de re-reelección para quedarse catorce años y medio. El kirchnerismo gobernó durante doce años y medio. Dentro de ese lapso no se puede decir ahora que los ocho años seguidos de Cristina Kirchner hayan conformado un ciclo después de haber machacado hasta el cansancio con el ciclo kirchnerista de Néstor y Cristina 2003-2015 o con la década ganada. Es de suponer que Ferraresi tampoco quiso ensalzar los ocho años no consecutivos de Yrigoyen (1916-1922 más 1928-1930).La razón por la que no existe tradición alguna de octenios es bien simple: los mandatos presidenciales de cuatro años son algo nuevo y reelecciones consecutivas puntuales hasta ahora solo hubo una, la de Cristina Kirchner. También solo hubo hasta hoy un presidente (Néstor Kirchner) que pudiendo aspirar a la reelección no lo hizo, porque prefirió abdicar en favor de su esposa senadora con la idea de volver después, y uno solo que llegó a postularse para ser reelegido (Macri, gracias a que fue el primer no peronista que completó el mandato), pero perdió las elecciones. Modelos político-institucionales o “procesos” sostenidos es justo lo que no tenemos.Fernández ayer pareció recuperar el impulso ferraresiano, o acaso se colgó, como con lo del disfrute. “Saquemos la militancia a la calle –exclamó- y digamos que estamos para gobernar el tiempo que haga falta para que la Argentina de una vez y para siempre cambie”. Lo de “el tiempo que haga falta”, desde ya, no pertenece a la cultura democrática y el profesor seguramente lo sabe. Pero a esta altura nadie se escandaliza.

Fuente: La Nación

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Como a partir de hoy –a 25 días de las PASO- el Código Nacional Electoral prohíbe los actos de inauguración de obras en los que se promueva la captación del voto, el gobierno se sacó ayer las ganas. Proselitismo estatal al taco: en un acto organizado en Isla Maciel por Presidencia de la Nación, es decir, pagado con los impuestos de todos, el Frente de Todos (sic) alineó a sus líderes en banquetas junto a sus principales candidatos, en el marco de la entrega de la vivienda número veinte mil, y los promocionó sin ahorrar halagos.Así funcionan las leyes electorales que garantizan la equidad. No sólo para este gobierno. Es un hábito aprovecharse de la condición oficialista. Y pensar que el Código Electoral también exige que las campañas se hagan con la mayor tolerancia democrática. Quien está en el poder puede hacer campaña gratis (tanto el presidente como el gobernador bonaerense pidieron ayer en forma lineal el voto para los candidatos que eran exhibidos en el escenario), siempre que cese esta ventaja el día que para el Código comienza la campaña que, en los hechos, viene rodando. “Son las últimas obras que inauguro”, avisó Fernández sobre el final de su arenga. Quiso decir las últimas obras antes de las PASO.Es probable que la mayoría de las audiencias hayan estado menos interesadas en la oferta de candidatos oficialistas y las viviendas construidas en Avellaneda que en lo que diría Cristina Kirchner sobre el escándalo del cumpleaños de privilegio. La vicepresidenta no escurrió el bulto.Instruyó a la intemperie a Alberto Fernández con la autoridad de una jefa. Y con el instinto de quien conoce los puntos débiles de su subordinado: “Alberto, tranquilo, poné orden, no te pongas nervioso y metele para adelante”. Si es por el tono, la frase no se parece a ninguna que le haya dicho antes en público un vicepresidente a su presidenteLa periodista Guadalupe Vazquez al mostrar la foto que confirmó el festejo en Olivos cuando regía un estricto aislamiento obligatorio en todo el país (la nacion/)Por lo visto habían quedado en privado en que sólo ella trataría el asunto, que al final consumió tres párrafos (en realidad, “Alberto no te enojes ni te pongas nervioso” lo dijo dos veces, una por el medio, la otra al final). Todos los discursos se mancomunaron en la estrategia de campaña de criticar con severidad, sin temor a fatigar al público, al gobierno anterior. El repertorio no se apartó mayormente de lo conocido; hasta volvió el reproche de la desaparición del Ministerio de Salud.“Si quieren podemos hablar de los últimos veinte años”, desafió Cristina Kirchner retórica, e hizo alusión en forma descalificatoria, sin nombres propios, a candidatos rivales que antes “fueron ministros del gobierno de la Alianza”. Precisamente de donde los Kirchner sacaron a Nilda Garré, Juan Manuel Abal Medina, Diana Conti, Alicia Castro, Juan Pablo Cafiero y Chacho Alvarez, entre otros. En un momento quiso hablar del magro porcentaje de votos con el que Néstor Kirchner llegó a presidente y compararlo con el de Illia, pero como no se acordaba la diferencia se la preguntó a Leopoldo Moreau, sentado en la platea. “Poco más de dos puntos”, le sopló Moreau, quien respondió bien aunque tal vez entendió que le habían preguntado cuánto sacó él para presidente cuando en 2003 fue el candidato de la UCR (2,34 %).La vicepresidenta habló luego de por qué se hizo peronista para poder preguntarse “qué los hace ser macristas a ellos”. Concluyó rápido su investigación: es “el odio hacia el otro”, idea que ya viene trabajando hace rato. Pero volviendo al cumpleaños de Fabiola Yañez (nunca mencionado en forma explícita) para construir la defensa del presidente, la vicepresidenta dijo haberse inspirado en el tweet de La Cámpora en el que junto a una foto en la que se ve a Macri al lado de Dujovne y Peña durante una cena con Christine Lagarde (anterior titular del FMI) dice: “Con la mitad de la indignación mediática de estos días aplicada a otras fotos nos hubiéramos ahorrado el endeudamiento de las próximas décadas”.En realidad, se trata de una adaptación, probablemente de su autoría, de los argumentos defensivos utilizados por ella ante las acusaciones de corrupción de los últimos años. Son los mismos dos ejes: 1) Macri es mucho peor, y 2) nos atacan porque somos un gobierno nacional y popular. Los errores se magnifican por este motivo, dijo, mientras se oculta la entrega del país. La cena con Lagarde, según Cristina Kirchner, costó 45 mil millones de dólares.Salvo un fervoroso elogio de Fernández al candidato Daniel Gollán (ex ministro de Salud bonaerense), ni la emergencia sanitaria ni las vacunas formaron parte del temario de este acto, destinado, como queda dicho, a entregar viviendas.Lo de Alberto enojado o Alberto nervioso, quizás no hace falta aclararlo, se refiere a las últimas versiones que el presidente dio de los sucesos que lo tienen a maltraer. Su crispación aumentó junto con las actualizaciones que le fue haciendo a la versión original del viernes, cuando dijo que el brindis en Olivos no debió haber ocurrido. No utilizó entonces las palabras disculpas ni perdón que sus generosos socios, en especial Sergio Massa, le adjudicaron.Luego el brindis ascendió a cena (oportuna enmienda: inquietaba que en la Residencia Presidencial ornamentaran un brindis con una elegante mesa, platos, cubiertos y comida). Sobre todo, el presidente explicó que consideraba “miserables” a quienes habían entendido que había culpado a su mujer cuando dijo que lo que no debió hacerse se hizo porque su “querida Fabiola” había “convocado” al festejo. Una singularidad lexicográfica el verbo convocar aplicado a cumpleaños, pero mucho más novedoso fue que un presidente califique de miserable a un ministro bonaerense (de su propio partido) y que en forma simultánea no pida su cabeza.Sucede que uno de sus exégetas más críticos –del oficialismo, sin dudas, el más punzante- fue el ministro de Seguridad bonaerense Sergio Berni, quien dijo: “si entregamos a nuestra compañera es difícil que nos crean capaces de defender al país”. Las palabras de Cristina Kirchner mandándolo a poner orden y bajar un cambio suenan maternales al lado de este rebencazo con resonancia feminista de parte de un ministro cuya autonomía es más misteriosa que un agujero negro. Para decirlo corto: el ministro provincial acusa al presidente de la Nación de “entregar” a su propia pareja y de que eso prueba que no nos cuida y el presidente sólo responde de manera genérica. No es que haya una alteración de la cultura barrial. Sería, en todo caso, un disturbio jerárquico institucional.Además de las indicaciones que le dieron, Fernández está decidido a no hablar más del cumpleaños número 39 de su mujer, una fecha –la de 2020- que seguramente nunca olvidará. Si no tiene nuevos detalles para suministrar es una buena idea desde el punto de vista de su conveniencia. El problema es que el tema no se vigoriza porque los malvados medios de comunicación lo agiten: ahora lo movió de nuevo la primera dama. La última noticia es que, saludablemente, ella se puso a disposición de la Justicia, igual que la mayoría de las personas que el año pasado (el Día de la Toma de la Bastilla) participaron de su privilegiada celebración cumpleañera cuando estaba prohibido hacerlo. Pero hasta donde se informó hubo un participante que no se presentó a la Justicia: el que dijo “el único responsable soy yo; doy la cara y me pongo al frente”.

Fuente: La Nación

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El último eslabón de la escarpada serie judicial en torno de la Contraofensiva montonera, pese a su enorme importancia pasó casi inadvertido, soslayado por la gravedad de los problemas colectivos del presente. Fue la condena a prisión perpetua dispuesta por el Tribunal Federal 4 de San Martín de cinco oficiales del Batallón 601 de inteligencia del Ejército por los crímenes cometidos en la represión de la Contraofensiva. El veredicto se dictó el 10 de junio y el viernes pasado se dieron a conocer los fundamentos del fallo. Una sentencia de fuerte impacto sobre el relato histórico que busca obtener centralidad.Cuarenta años después de los hechos, los seis militares de inteligencia a los que fue posible encausar -a los cinco originales se sumó el mes pasado un sexto, cuyo juicio se había demorado a la espera del resultado de una junta médica- resultaron culpables como coautores de delitos de lesa humanidad: privación ilegal de la libertad, tormentos y homicidio. El tribunal, además, revocó sus arrestos domiciliarios y ordenó que las condenas se cumplan en cárceles comunes.Las contradicciones económicas que agitan al kirchnerismoEn dos años de audiencias el juicio reunió 190 testimonios de sobrevivientes y familiares de los miembros de Montoneros que participaron de la Contraofensiva. Algunos testigos eran niños cuando ocurrieron los hechos y brindaron testimonios fuertemente emotivos. Como Ana María Montoto Raverta. Ella, junto a su hermana Fernanda Raverta, la actual titular de la ANSES, fueron llevadas en 1979 a “La guardería” que los Montoneros instalaron en La Habana con el fin de que los padres dejaran a sus hijos al cuidado de miembros de la organización para poder participar de la Contraofensiva. En este caso se trató de la madre, María Inés Raverta, una de las cuatro víctimas de la inteligencia argentina secuestrada y asesinada en Lima: no todos consiguieron volver. La inteligencia del Ejército, en complicidad con militares locales, también ejecutó secuestros en Brasil y en España.El 27 de septiembre de 1979 el grupo Montoneros colocó explosivos en la casa de Guillermo Walter Klein, donde estaba con su esposa y cuatro hijos de entre 12 años y meses de edad.La contraofensiva fue dispuesta por la cúpula montonera a comienzos de 1979 en un plenario celebrado en un convento de Génova. Para entonces el ERP había sido diezmado y los Montoneros, casi sin cuadros activos en el país, habían espaciado sus acciones terroristas. La dictadura, si bien había desmontado algunos campos de detención, conservaba intacto el aparato de represión ilegal. Frente a ese panorama la cúpula entendió, desde Europa, que la dictadura estaba en crisis y dispuso la Contraofensiva, el reingreso a un país plenamente controlado por la Junta Militar de guerrilleros que estaban a salvo en el exilio, muchos de ellos después de haber pasado por campos de detención. El objetivo era “terminar de derrotar” a la dictadura.A los oficiales montoneros los seleccionó la conducción. Muchos viajaron al Líbano para hacer entrenamiento militar. Los de menor rango podían negarse a volver, aunque debían para eso abstraerse del clima de “la orga”.La irracionalidad del plan, militar mucho más que político, de Mario Firmenich, que motivó la sonora escisión de Rodolfo Galimberti y Juan Gelman (quienes por ello serían condenados a muerte por la conducción de Montoneros, aunque la sentencia no llegaría a cumplirse), una irracionalidad refrendada por el hecho de que la Contraofensiva resultó para la organización un fracaso estrepitoso con un costo de alrededor de ochenta vidas, inspiró un sinfín de análisis, especulaciones y acusaciones de todo tipo. Una de las suspicacias más repetidas sostuvo desde el comienzo que la contraofensiva le convenía al entonces almirante Emilio Massera para consolidar su proyecto personal.El asesinato de Francisco Soldati, uno de los ataques organizados por los montoneros que regresaron al país en 1979A la luz de los hechos siempre resultó particularmente difícil entender por qué pese al fracaso de la primera contraofensiva la conducción montonera insistió al año siguiente en disponer el reingreso al país de más guerrilleros exiliados en Europa y en México, quienes en su mayoría terminarían muertos o desaparecidos luego de ser secuestrados y torturados. Unos pocos fueron detenidos y legalizados y sobrevivieron.Por el elevado índice de información certera que le permitió a la inteligencia del Ejército aplastar la contraofensiva montonera, este dramático capítulo de los años de plomo consagró la sospecha de que pudo existir, si no una infiltración, alguna connivencia entre militares y miembros de la conducción montonera, donde a su vez había quienes desconfiaban de la integridad de los guerrilleros que habían logrado sobrevivir al sanguinario aparato de represión y consiguieron ser autorizados a salir del país. Es conocido, por ejemplo, que los montoneros habían escondido armas en muebles guardados en depósitos y que cayeron cuando, tras reingresar en el marco de la Contraofensiva, fueron a recuperarlas.No obstante, una parte de los que lograron entrar al país y no fueron emboscados llegó a producir graves atentados, como la voladura de la casa de Guillermo Walter Klein, en la que murieron dos custodios, el intento de asesinato de Juan Alemann y el asesinato del empresario Francisco Soldati. Firmenich fue condenado por estos dos últimos hechos en 1989, la Corte Suprema confirmó esta sentencia en septiembre de 1990 y cuatro meses después Menem lo indultó.Mario Firmenich fue condenado por el intento de asesinato de Juan Alemann y el asesinato de Francisco Soldati. Menem lo indultó.En 2003, el juez federal Claudio Bonadio, quien en su juventud había militado en la organización peronista Guardia de Hierro, puso presos a los exdirigentes montoneros Roberto Perdía y Fernando Vaca Narvaja y pidió la captura internacional de Firmenich (vivía en Barcelona, donde hoy sigue residiendo), acusados los tres de ser “partícipes necesarios” en la desaparición de quince montoneros durante la Contraofensiva de 1980. Interpol no consiguió ubicar a Firmenich. Dos meses más tarde, la Cámara Federal de Apelaciones consideró arbitraria la causa, sostuvo que no había pruebas, los presos fueron liberados y cesó el pedido de captura internacional.El juez Ariel Lijo condenó en 2007 a Cristino Nicolaides y otros seis militares con penas de entre 21 y 25 años de prisión por las desapariciones de cinco guerrilleros en 1980. El mismo juez condenó a otros dos militares en 2012 por delitos similares, también relacionados con la Contraofensiva.Sin embargo, el juicio en el que los camaristas de San Martín Esteban Rodríguez Eggers, María Claudia Morgese y Matías Mancini vienen de dictar sentencia fue distinto. Tuvo para los sobrevivientes y familiares que lo impulsaron una dimensión de epopeya, porque desde su punto de vista permitió modificar la imagen pública “antes demonizada” de la contraofensiva montonera. En el blog “La retaguardia”, que siguió el juicio oral día a día, incluso se habla de una reivindicación. “Este juicio que acaba de terminar es histórico por varios motivos: consiguió torcer el rumbo estigmatizante que acompañó a las víctimas durante estas décadas. Reivindicó en cambio el derecho de los pueblos a la resistencia en tiempos de opresión. El TOF N°4 fue además el primero en aceptar la propuesta de La Retaguardia para transmitir en vivo las audiencias.El exjefe montonero Fernando Vaca Narvaja, al llegar a declarar, esposado, saluda desde el interior de un automóvilEl aludido derecho a la resistencia a la dictadura ha sido históricamente el argumento central de Firmenich y los demás miembros de su Consejo Superior para justificar la contraofensiva (y en general la lucha armada), pese a que los Montoneros también habían usado las armas para combatir al gobierno constitucional peronista. Habían pasado a la clandestinidad en 1974.En el sitio oficial Argentina.gob.ar, al consignarse la información sobre la sentencia del jueves 10 de junio del TOF 4 de San Martín, se reitera lo de “juicio histórico” y se explica que los testimonios de sobrevivientes y familiares “pusieron en relieve la vida y militancia de quienes participaron de la Contraofensiva, así como el derecho a la resistencia a la dictadura”. Ni la lucha armada ni los atentados que fueron la parte más visible de la Contraofensiva aparecen mencionados. El texto oficial desliza una opinión crucial desde el punto de vista histórico: “Entre 1979 y 1980 –dice-, militantes de Montoneros en el exilio decidieron regresar a Argentina en el marco de la denominada Contraofensiva con el objeto de realizar acciones de resistencia a la dictadura junto a integrantes de la organización que se encontraban en el país”.El ataque de Montoneros al Regimiento de Infantería de Monte 19, de Formosa, el 5 de octubre de 1975La decisión de regresar al país, o el grado de autonomía que tuvieron quienes siendo combatientes de la organización regresaron en momentos en que la muerte era el final casi asegurado, ha sido por décadas el aspecto más controvertido de la Contraofensiva. Al decir que los propios militantes montoneros “decidieron regresar”, el Gobierno desdeña la orden de Firmenich, el verticalismo férreo, y toma partido por la postura que exime de responsabilidad a la conducción o que mitiga culpas en base a la idea de que en todo caso hubo “un error”.Gellman y Galimberti (quienes luego disintieron entre sí) llegaron a disuadir a varios candidatos de acometer el retorno “suicida”, como ellos mismos les decían. Posteriormente dieron cuenta de las dificultades que había para negarse. Ambos rompieron con la conducción de Montoneros en desacuerdo con la decisión de Firmenich de disponer la Contraofensiva y en contra del militarismo exacerbado de la organización, algo que en cierto modo quedó corroborado con la condena a muerte que se les dio por respuesta.

Fuente: La Nación

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Hoy se cumplen dos años de las PASO más sorprendentes de la historia. Aunque decirlo así tal vez sea demasiado pomposo. Las PASO no son de historia demasiado ancestral. Se trata de un aperitivo electoral de obligatoriedad redundante (para los votantes y para los partidos, tengan o no internas, único caso en América latina), creado hace doce años por la entonces presidenta Cristina Kirchner y su ministro Florencio Randazzo mediante la ley 26.571. A la ley la llamaron “de democratización de la representación política, la transparencia y la equidad electoral”. Democratizar la democracia no sonará perfecto pero por lo menos es enfático.En total hubo cinco PASO (tres presidenciales, dos intermedias), con un bajo promedio de competencia interna efectiva. De modo que no se consiguió aun una serie de suficiente envergadura como para identificar patrones de comportamiento electoral propensos a repetirse. Predecir en base a la experiencia lo más importante, que es cómo muta el voto de las PASO a las generales, todavía se hace difícil, dicen los expertos, por la delgadez de la muestra.Justo de pifiadas astronómicas es el aniversario de hoy, al que ni encuestadores querrán celebrar con torta y guirnaldas. Las PASO del 11 de agosto de 2019 son recordadas como un fiasco mayúsculo en cuanto al desajuste entre lo que se esperaba que sucediera y lo que sucedió, pero sobre todo por las graves consecuencias institucionales que el fiasco tuvo. En particular, la corrida cambiaria y bursátil y la duplicación del riesgo país que liquidó al gobierno de Macri antes de hora (pese a lo cual marcaría un hito histórico al terminar el mandato el día que correspondía).Podrá discutirse cuánto del desbarajuste se debió a actitudes de Macri y cuánto a la reacción de los mercados frente a la disrupción, o lisa y llanamente a la súbita certeza de la vuelta del peronismo, pero es innegable que la sorpresa por la contundencia del resultado (incluida la sorpresa, luego negada, de los ganadores) llegó a la categoría de distorsión institucional. ¿No eran primarias? ¿Qué se votaba? De manera imprevista, las PASO del 2019 se desfiguraron como plástico sobre fuego; en vez de primarias funcionaron como una categórica primera vuelta.Se supone que con las PASO pandémicas del mes próximo, sólo legislativas, no existe peligro. Primero, porque hay más competencia interna que nunca: la esencia de las PASO aflora. A favor de los “pasistas” (políticos que defienden a las PASO con envidiable fervor) hay que reconocer que por fin en una elección intermedia la práctica se acerca a la teoría.Se cumplen dos años de las PASO de 2019, que cambiaron el escenario político y económico de la Argentina (Marcelo Manera/)Es curioso el tema de los defensores y los detractores. Varias figuras de Juntos por el Cambio se mostraron reacias en su momento a las PASO, pero en 2015 fueron quienes estrenaron la competencia para dirimir la candidatura presidencial entre los tres partidos de la coalición. Mientras tanto, el Frente para la Victoria, padre de la criatura, evitó usarlas para cargos de importancia. Fiel a la tradición verticalista del peronismo, que una sola vez en su historia dirimió una candidatura presidencial mediante internas (Menem-Cafiero, 1988), el FpV o FdT seleccionó candidato a presidente en 2011, 2015 y 2019 mediante método anatómico: el inapelable dedo. La dueña de este dedo, cuya firma refulge al pie de la ley 26.571 que democratiza la democracia, incluso evitó ir a las PASO cuando fue candidata a senadora bonaerense y su ex ministro Randazzo la desafió desde dentro del PJ. Ella prefirió inventarse un partido propio (Unidad Ciudadana) para dejar claro que a una interna no iba.Según los manuales de ciencias políticas, los oficialismos son menos propensos a las internas que los partidos de oposición, pero la cuestión también está influida por otras variables, como la tradición partidaria y la calidad del liderazgo. Por otro lado, no cualquier competencia interna es genuina. Están, por ejemplo, los que generan una competencia con la ilusión de atraer votantes al ring para capitalizarse en las generales. Los políticos muchas veces adoptan estrategias sesudas, intrépidas, acariciándose el mentón con gesto de sabiduría. Si las estrategias se verifican fallidas corren con la ventaja de saber soslayar el yerro; es parte de su oficio.Por otro lado, lo que se juega ahora es una modificación de las fuerzas del Congreso, a lo sumo un pronunciamiento sobre la gestión oficial llamado a tener gravitación política, sin que esté previsto cambio de gobierno alguno. Cambiar el gobierno tras comicios legislativos, algo natural en un sistema parlamentario, en uno presidencial es traumático. Y sería lindo poder decir “por suerte eso nunca pasó”. Pero pasó. ¿Cómo olvidarlo?La severa crisis del 2001 se desencadenó después de las elecciones intermedias del “voto salame”, apodadas así por aquellas legendarias fetas que en algunas mesas electorales hallaron al abrir los sobres quienes sólo habían sido entrenados para contar boletas partidarias. Nunca se había visto en las urnas tanta ira. Ira anticipatoria.Las del 14 de octubre de 2001fueron las elecciones del desencanto devenido slogan anarquista, “que se vayan todos”, dramática partitura que musicalizó el colapso. Pocos recuerdan que esas legislativas, mencionadas en la quinta disposición transitoria de la nueva Constitución, eran muy especiales. Por única vez se elegía al Senado completo. Cada provincia pasaba a tener tres senadores en vez de dos. El sistema se reseteaba. Se suponía que eso significaba un gran avance democrático porque, con la incorporación del tercer senador, las minorías empezaban a estar representadas en la Cámara Alta. Pero lo que se desató fue, paradójicamente, una incendiaria crisis de representación. Ejemplo elocuente de los caminos diversificados que pueden tomar en la Argentina la política, la vida institucional y la realidad de a pie.Así como los geólogos buscan saber cuáles son los sismos precursores que avisan la inminencia de un terremoto, en la Argentina se discute qué indicios hay de que la hoja de ruta institucional pueda volarse con un imprevisto viento huracanado. No es un secreto que en los círculos dirigentes hoy se habla con preocupación de una apatía y desencanto popular creciente, fenómeno ostensiblemente enredado con la fatiga producida por la pandemia y con las tensiones sociales de los sectores más vulnerables.Muchos focus groups confirman que la política no es para todos ese valor sacro que la militancia apasionada venera. Acaba de empezar la campaña en los medios, se multiplican las arengas, los precandidatos peregrinan por los canales. El desdoblamiento también sale en la tele: ahí están los spots proselitistas y políticos en campaña que se enorgullecen por vacunas de fabricación nacional todavía inexistentes o festejan un despegue de la economía que en la realidad pocos podrían reconocer en carne propia. O las denuncias a veces tremendistas cuando no chabacanas y absurdas (sexo en Olivos), que las caóticas redes sociales revuelven hasta el hartazgo.A la certeza de que nada inesperado puede ocurrir (no tiene por qué ser trágico, puede ser sólo disruptivo) parece faltarle costumbre.

Fuente: La Nación

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“Nunca va a fracasar la democracia”, dijo el lunes el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, al defender el desastroso referéndum sobre el enjuiciamiento de ex presidentes y anunciar que ahora planea otro sobre la revocatoria de su mandato. El domingo apenas votó el 7 por ciento de los mexicanos. Para que el resultado fuera vinculante se requería un piso del 40 por ciento. López Obrador, que ni siquiera estuvo entre los que se molestaron en ir a votar, habló de un “triunfo”. El voto mayoritario de la minoría participante resultó a favor del sí oficialista, es cierto, pero que el presidente celebre la democracia participativa después de un ausentismo del 93 por ciento parece un chiste.¿Cómo es posible? Sucede que los populismos son triunfalistas de alma, y sobre todo cuando tropiezan con una piedra. No habilitar jamás la posibilidad siquiera de mencionar la derrota es una autoexigencia que sólo puede ser cumplida por dos vías: ganar siempre como sea, o perder y cantar victoria sin mosquearse. A 39 días de las PASO y 102 de las generales es obvio que el tema de la digestión de resultados electorales –ganar o perder, está visto, no es patrimonio exclusivo de la aritmética- nos atañe en forma acuciante.Ganar siempre como sea fue lo que hizo Perón. Perón nunca en su vida perdió una elección, algo que el peronismo atribuye de manera exclusiva a una conjunción de dotes políticas con popularidad impar. Pero las cosas fueron un poco más complejas. Para asegurarse su continuidad, en 1951 (cuando conseguiría la mejor marca electoral de la historia) Perón alteró a su favor, de a una, todas las reglas de juego.Por ejemplo, entre gallos y medianoche impuso el sistema uninominal por circunscripción con la intención de acentuar la hegemonía de diputados oficialistas y encoger las bancadas opositoras. Desde ya que en las elecciones de noviembre del 51 no fue fraude lo que hubo. La gente emitió su voto en secreto, sin coerción, y el recuento fue honesto. Sin embargo, ya había sucedido todo. No solo Perón había hecho dos años antes una Constitución a su medida. Persiguió a los opositores, potenció el desacato, restringió los actos públicos, hasta escamoteó los altoparlantes, por entonces fundamentales. El principal candidato opositor, Ricardo Balbín, rara vez completaba un acto proselitista sin ser interrumpido por la policía o por matones mancomunados con ella. Sobre todo, el régimen les negó a los políticos de la oposición, hubiera o no campaña, el acceso a los medios, a la mayoría de los cuales controlaba. De modo que el ciudadano común se vio obligado a consumir toneladas de propaganda oficial sin demasiadas opciones. Detalle menos recordado, una ley había impedido la formación de coaliciones: partido que no presentaba candidato propio, partido que perdía el reconocimiento.Perón modificó las reglas del juego electoral (Juan Mabromata/)No sean gorilas, dirán los peronistas; si Perón no se hubiera adueñado del Estado y del sistema político igual ganaba la reelección porque era imbatible, todo el pueblo lo apoyaba (bueno, no es muy probable que los peronistas admitan usurpación institucional, pero se trata de un ejercicio dialéctico; cuando se habla de las elecciones de 1951 solo suelen mencionar la epopeya del voto femenino). Con esa clase de argumentos, Nixon no llegó muy lejos: “en pleno caso Watergate gané la reelección con más del 60 por ciento, ¿para qué voy a querer yo ponerle micrófonos al Partido Demócrata?”, argumentaba Nixon, palabras más palabras menos, poco antes de dejar de ser presidente de los Estados Unidos.Perón llegó a injertar en 1954 una elección que hasta institucionalmente descartaba la hipótesis de una derrota oficialista. Hizo que se votara para vicepresidente, algo no previsto, con la excusa de que ese cargo no podía estar vacante. Pero resulta que Hortensio Quijano llevaba ya dos años muerto y lo suplía el presidente provisional del Senado, Alberto Teissaire, casualmente el mismo que siguió ahí tras ser bendecido por las urnas. Nunca nadie le preguntó a Perón cómo habría gobernado de haber ganado el candidato opositor Crisólogo Larralde. En el juego argentino de acomodar las reglas a la política y no la política a las reglas, 1954 fue una cima.Aquella certidumbre de que los oficialismos corren con ventaja está acentuada en la cultura argentina por la inescrupulosidad político-administrativa de la experiencia peronista. En la década neoliberal del PJ, Menem, el primer discípulo del general que llegó al poder, también ganó todas las elecciones (incluida, desde luego, su propia elección constituyente en pos de la permanencia), hasta que perdió las de 1997, primera derrota electoral peronista desde 1985. Esas legislativas de 1997 fueron una excepción, porque la Alianza, flamante coalición opositora que en ellas haría pie para alcanzar la Casa Rosada, arrasó en Capital, ganó la provincia de Buenos Aires y obtuvo en todo el país más votos que el oficialismo, al que le hizo perder la mayoría legislativa. Demasiada contundencia para esconder el ocaso menemista: era un final de época.Las dos siguientes derrotas peronistas, en cambio, le ocurrieron a Cristina Kirchner y ambas fueron negadas. En 2009, en elecciones inútilmente adelantadas, el hoy repuesto como supermercadista Francisco de Narváez, por entonces un político nuevo -el más autofinanciado-, vencía en la provincia de Buenos Aires nada menos que a Néstor Kirchner, quien llevaba en su carrera política 22 años invicto. Kirchner encabezaba una lista rica en candidatos testimoniales. En la madrugada siguiente a los comicios renunció en forma “indeclinable” a la presidencia del Partido Justicialista. Poco después recuperó el puesto. En Capital la lista oficialista quedó cuarta y en Córdoba y en Santa Fe, tercera, mientras perdía la mismísima Santa Cruz. El peronismo sumaba sólo 31 por ciento del total de votos, lo cual conformaba la mayor derrota de un gobierno en elecciones intermedias desde 1983, exceptuado el caso particular de 2001. En Diputados cayó de 116 bancas a 96. La presidenta Cristina Kirchner dio una conferencia de prensa el día después. Se mostró indiferente, tras apropiarse, eso sí, de un victorioso Pino Solanas, que en Capital había desplazado a Lilita Carrió.Sergio Massa se volvió a Tigre. Dejó la jefatura de Gabinete en manos de Aníbal Fernández, a quien a su vez sucedió Julio Alak en Justicia, reemplazado en Aerolíneas Argentinas por Mariano Recalde. En Economía, Amado Boudou sucedió a Carlos Fernández. Diego Bossio ocupó el lugar de Boudou en el ANSES. Y en Cultura, Jorge Coscia reemplazó a José Nun. En una palabra: para responder a la derrota electoral los Kirchner resolvieron kirchnerizar más el gabinete. Hubo un diálogo político desordenado, confuso, fallido, y al año siguiente todo el tablero político se modificó a partir de un dramático cimbronazo: la muerte de Kirchner.La última elección general en el país, la de 2019 (Marcelo Aguilar/)En 2013 la cara de la derrota sería Martín Insaurralde, el candidato seleccionado por Cristina Kirchner para la provincia de Buenos Aires, y su retador estelar, Sergio Massa, por entonces furibundo antikirchnerista. No parecía fácil disimular semejante golpe: 43,92 a 32,18.“Es cierto que ha habido resultados locales muy importantes, pero el Frente para la Victoria se vuelve a consolidar”, decía, sonriente, el vicepresidente Amado Boudou. A nivel nacional el FpV obtuvo algo más de 33 por ciento, lejos del 54 por ciento de 2011 pero suficiente para conservarse como fuerza principal. No obstante, el efecto bonaerense liquidó, se sabe, cualquier ilusión de continuidad de la presidenta forzando la Constitución, tal como alguna vez pretendió Menem para sí. Cambios post electorales claro que hubo: salió Guillermo Moreno, entraron Axel Kiciloff como ministro de Economía y Jorge Capitanich como jefe de Gabinete (en lugar de Juan Manuel Abal Medina). En aquel período se hablaba de la profundización del modelo.Como se dijo muchas veces, las legislativas pueden producir resultados grises, en los que cada cual toma lo que le conviene. Ya sea la provincia de Buenos Aires, el total nacional de votos o las pérdidas y ganancias de bancas y su efecto sobre los equilibrios parlamentarios. Ese efecto nunca es demasiado brusco debido a que la traducción del humor colectivo sobre el Congreso está amortiguada (renovar la Cámara de Diputados por mitades es una rareza argentina).Hay, desde luego, una dimensión política del resultado, que en parte depende de cómo reaccionan las distintas fuerzas políticas la noche de las elecciones y al día siguiente. La experiencia demuestra que a diferencia de las elecciones ejecutivas, donde ostensiblemente uno gana y el otro pierde, en las legislativas las lágrimas pueden disolverse y hasta la musculatura del derrotado puede tonificarse.

Fuente: La Nación

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En un país de cuarenta y cuatro millones de habitantes en el que casi veinte millones son pobres y la indigencia crece, con una de las cuatro inflaciones más altas del mundo, una importante tasa de desempleo, que está entre los diez países con mayor tasa de muertes por millón de habitantes por Covid, solo el 11% de la población tiene el esquema completo de vacunación, gran cantidad de jóvenes expresan deseos de emigrar, la sociedad se encuentra dividida en dos bandos enfrentados por mucho más que diferencias políticas y los políticos no consiguen hablar de futuro ni esbozar un discurso de esperanza, ¿qué sentido tiene preocuparse por cómo se habla?A menudo un razonamiento así desalienta o subestima debates sobre el llamado lenguaje inclusivo. Este razonamiento, curiosamente, sí es inclusivo. Suma a detractores del inventario de género y del morfema -e, quienes, si bien deploran esta forma de hablar, están convencidos de que todo es una argucia, una provocación del Gobierno destinada a tapar los problemas de fondo.Aunque unos y otros repiten como un mantra que la lengua tiene vida propia, los que quieren demoler el castellano “sexista” mediante topadoras han mostrado sentir poco aprecio por la libertad de los hablantes. Habituados a plantear filosas causas militantes aquí y ahora, carecen de paciencia para esperar la asimilación de los cambios lingüísticos, que, según los expertos, normalmente llevan alrededor de cien años. Le dan aire como pueden, entonces, a su revolución gramatical. ¿Los corre la prisa por compensar diez siglos de mujer soslayada por el genérico plural masculino o los invade la pulsión de decretarlo todo, hasta el habla? La verdad parece estar, como tantas veces, a mitad de camino.Un primer malentendido deriva de que nos quedamos enganchados con la frase “el tiempo dirá”, esa sabiduría que recuerda que la lengua no tiene dueño, que está viva, que es de todos. El tiempo dirá, sí, pero resulta que el tema hace rato que dejó de estar en manos del tiempo, porque mientras nos afligíamos por la inflación, la economía inerte y la pandemia mal llevada, la burocracia reglamentarista del Estado no dormía. Cierta imposición se difuminó sin decir oblíguese. Códigos moderados, manuales amables, recomendaciones legitimadoras, normativas departamentales, resoluciones, guías. Se expandió una habilitación despareja, acorde con lo caótico que es el plexo lingüístico “antisexista”, ese castellano tuneado de los sujetos y las sujetas que alcanzó el hervor en boca del presidente Alberto Fernández en ocasión de su discurso más solemne, el de la apertura de sesiones ordinarias del Congreso, sentado junto a quien él llamó la lideresa.Esto existe, dijo un Estado fiel a sus reflejos tradicionales que vio el atajo, entonces hay que reglamentarlo. El problema es que así reconoció oficialmente un lenguaje que, como dice Alicia Zorrilla, presidenta de la Academia Argentina de Letras, no es un lenguaje. Es el espejo de una posición sociopolítica que desea forzar un grupo minoritario (no se ofendan, pero el español lo hablan 580 millones de personas) sin tener en cuenta el sistema gramatical. Algo muy singular, en todo caso, no ya por la noble causa de arrinconar al machismo ni por la ambiciosa pretensión de corregir las estructuras de la sociedad para inocular equidad, como porque carece de reglas, y eso sí que es inédito en el rubro. Romper reglas no significa cambio sino rebeldía. Otra cosa sería fundar un sistema gramatical nuevo, pero, claro, eso se daría de patadas con el principio de que la lengua les pertenece a todos los hablantes.Las reglas del llamado lenguaje inclusivo son como la sal en la comida: a gusto de cada uno. El hablante puede elegir entre cambiar artículos, pronombres, sustantivos, adjetivos y repetirlos en masculino y en femenino sin preocuparse por agotar al oyente, por ejemplo, con infinitos “los” y “las”, como un admirador del insoportable estilo de los folios notariales o las actas de agrimensura. Al pronombre personal “les” lo puede volver artículo. Si prefiere, puede cambiar letras (reemplazando la “a” o la “o” por la “e”, tal vez metiendo una equis, un asterisco, una arroba, lo que le plazca). O se puede usar la barra al final de las palabras y poner -os/as o -es/as y si hay locutor que se arregle. Ni siquiera hace falta que dentro de un mismo texto o parlamento se sucedan estas alteraciones de manera sostenida, porque, claro, con el vértigo discursivo uno se olvida de achurar alguna palabra o de duplicarla y más tarde o más temprano tropieza con la concordancia. Tranquilos: con eso no hay problema, la coherencia, la lógica de la lengua, a nadie le quita el sueño. Basta que se note que el que escribe o habla está en la trinchera correcta, la de los que luchan para acabar con la sociedad patriarcal consagrada por Cervantes y sus cómplices.Hay varios grados de intervención lingüística. Los hablantes más templados en general solo duplican sustantivos (alumnos y alumnas). Los intermedios también injertan signos cuando escriben e intercalan pronombres y adjetivos en doble género sin ahorrar oportunidades. Los más intensos suelen ser los militantes de la diversidad de género. Se distinguen por el empleo del morfema –e, un recurso extremo que llega a modificar la sonoridad de la lengua. Solo consiguen sostenerse sin trastabillar jóvenes tan convencidos como habituados. Una cuarta categoría es la de fanáticos u obsecuentes que inventan palabras en femenino y no le temen al ridículo.Nada es inocuo. Hace dos meses Francia consideró estas intervenciones un obstáculo para el aprendizaje de los alumnos y las prohibió en la enseñanza. En España, asiento de la Real Academia que antes tenía el control monocéntrico de la lengua, ahora mismo hay una discusión fenomenal sobre la implementación y los alcances. Pero en la Argentina, donde la politización está en la naturaleza de las cosas, este asunto, que ya venía politizado de fábrica, se partidizó.A simple vista se advierte que el seguimiento o rechazo del llamado lenguaje inclusivo tiene importantes coincidencias de alineamiento con la grieta kirchnerismo-antikirchnerismo, que hoy organiza la mayoría de los aspectos de la vida, desde la política, la cultura y las medidas sanitarias hasta las relaciones intrafamiliares. Es cierto que en amplios grupos de jóvenes de clase media urbana hablar de les chiques se arraigó de la mano de causas como el feminismo, el aborto y el movimiento de la diversidad no binario. Pero en el discurso público sintonizó con la iracundia kirchnerista y con la izquierda contestataria más que con otros sectores (lo que no significa que no puedan existir algunos hablantes “inclusivistas” de otras ideologías), y aunó en la vereda contraria, consiguientemente, al par antagónico. Hay que recordar que la precursora expresión “todos y todas” –hoy tibia– salió del acervo de Cristina Kirchner en tiempos de cadenas diarias, latiguillo identitario que caricaturistas y humoristas nunca dejarían de agradecerle.Lo de inclusivo, como se sabe, no alude a una convocatoria persuasiva a todos los hablantes de la lengua, sino a la meta de subir a bordo, de una vez por todas, a la mujer, no solo a bordo del lenguaje sino, por su intermedio, de la estructura social en paridad con el hombre. Los japoneses y los árabes, cuyos idiomas no padecen el masculino genérico, no son los mejores, tal vez, para probar la teoría que engancha al femenino gramatical con la igualdad social. Tampoco se conocen cambios de idiomas surgidos de la militancia ideológica. En lo que sí hay experiencia es en el Estado procurando imponer cambios culturales. Nunca lo logró.

Fuente: La Nación

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Un servicio extra de esta “prenda” a la que encima se le dice “tapabocas”: la metáfora. Ícono cultural, el barbijo da una sensación de falta de aire por demás representativa de la época.No sólo es eficaz para frenar el tráfico de microgotas, también sirve para poner en las narices, como decimos cuando algo merece ser en extremo evidente, el trastrocamiento de la normalidad. Palabra abusada, normalidad, de porvenir incierto.Lo nuevo es que ahora entramos de lleno, con barbijos, en modo electoral. Modo electoral pandémico. Una experiencia tuneada de arranque con la postergación de ambas elecciones (PASO y generales) ¡por un mes! Eso sí que es planificación fina, precisión quirúrgica, éxito impar de la dirigencia política. No se lograron aunar esfuerzos para conseguir vacunas. No se pudieron negociar las restricciones por la pandemia ni se llegó a un consenso sobre para qué sirve ir a la escuela. Ni cómo debe votar al procurador el Senado. Ni para dónde hay que mirar cuando una dictadura viola los derechos humanos. Ni cómo y cuándo acordar con el FMI. Mucho menos el modo de parar la inflación. Ni siquiera se pudo arreglar cómo formar fila para el velorio de Maradona. Pero, eso sí, para postergar las PASO y las elecciones generales por un mes, oficialismo y oposición consiguieron un pacto histórico (¿el secreto? No hubo ningún pacto sincero; temerosa de que el gobierno abdujera las PASO, la oposición convalidó la extraña postergación insertando con fórceps una cláusula que presuntamente lacra el calendario electoral).Y más novedades no hay. Con la misma inundación de papeletas de siempre, el mismo mareo garantizado a los electores con un sinfín de listas sábana llenas de nombres en su mayoría ignotos, las elecciones 2021 renuevan el formato grieta. Voces catastrofistas repetirán que si gana el otro se acaba el mundo. Es decir, a vencer o a morir, como las otras elecciones de este siglo. Exceptuadas apenas las legislativas del voto salame de octubre de 2001y las estrafalarias presidenciales de abril de 2003, aquellas en las que nos mandaron a todos a participar de la interna peronista (Menem, Kirchner, Rodríguez Saá) y el ganador de la primera vuelta desertó.La grieta es la creación más importante que haya hecho el kirchnerismo. La más duradera y significativa de sus criaturas. No les es fácil a los kirchneristas, autopercibidos como progresistas, asistidos, incluso, con retóricas y coreografías revolucionarias, demostrar cómo en doce años y medio de gobierno (más un año y medio de esta segunda temporada) modificaron las estructuras económicas del país. Sencillamente porque eso no ocurrió, no las modificaron.Es sabido que en la postcrisis de 2001 la recuperación de la economía se debió en primer lugar a los aciertos del segundo ministro de Economía de Duhalde, Roberto Lavagna, a quien Kirchner, sabiamente, le renovó el contrato. Y, después, a las favorables condiciones internacionales, que permitieron salir de la megacrisis sin hacer grandes reformas ni recibir ayuda internacional.Las tasas de crecimiento chinas no fueron aprovechadas para reestructurar la economía, lamentablemente, pero sí nos queda de entonces la partición de la sociedad en dos diseñada por los Kirchner. Un contravalor asentado sobre la forma de gobernar que desarrolló Rosas en el siglo XIX y perfeccionó Perón en el siglo XX.Se supone que el fuerte de la democracia es su capacidad de tramitar el pluralismo mediante normas y hábitos que resguarden por encima de todo a las minorías. El kirchnerismo se golpea el pecho con la ampliación de derechos, cacarea inclusión hasta cuando dice buenas tardes, pero repuja las veinticuatro horas del día un sistema binario en el que expande por todos los rincones la idea de que el Mal, los otros, son la antipatria (la oligarquía, “la derecha”), sólo dignos de una justiciera exclusión. A veces lo dice. Otras lo practica. Con vacunas, vacunatorios, currícula escolar de historia, contabilidad federal, lo que sea.Esta forma de división en dos sería algo así como la patología de la polarización. La diferencia entre grieta y polarización legítima radica en el contorno. La polarización hasta puede coincidir con un bipartidismo más o menos fluido, un sistema en el que la alternancia está concebida como lo más natural. En la grieta, en cambio, la confrontación trastoca las reglas de juego -y el sentido- de la democracia, porque una de las partes busca perpetuarse en el poder y para eso descalifica o demoniza a la otra, la cual, para no ser arrasada, se radicaliza, y trata a su vez con parejo dramatismo de desalojar del poder al agresor originario. Un circuito funcional al agrietamiento que se recicla tonificado.Tarde o temprano llega un momento en el que las dos partes se repelen con intolerancia espejada. Es un empate ficticio. El lado fundador lo celebra porque le permite diluir su responsabilidad en la siembra.Y en eso estamos. Por eso cada tanto se escuchan voces pastorales del kirchnerismo invocando la terminación -puro palabrerío- de esta grieta de autor anónimo. ¿No salió de ningún lado la grieta? ¿No hay paternidad? ¿Habrá sido otro virus llegado de China?Pero las elecciones legislativas, en cuyo sentido está implícita la pluralidad de la sociedad, se llevan mal con la configuración binaria. Es mucho más difícil que en una elección ejecutiva ajustar la competencia a la dualidad maniquea. Primero, porque lo central ya no es la disputa por la presidencia de la Nación sino que, con menos glamour, hay que repartir dos centenares de bancas entre decenas de partidos diferentes. Y segundo, porque no se trata de una elección con distrito único sino de veinticuatro elecciones, tantas como provincias (más CABA).En los hechos, las legislativas se fueron desfigurando -como tantas cosas en la Argentina- por varios costados. Lo más conocido se refiere al protagonismo de la elección en el distrito mayor, la provincia de Buenos Aires, asiento principal del kirchnerismo. Pero uno menos evidente es el de la aritmética parlamentaria condicionada por los transfuguismos, que pueden ser permanentes u ocasionales. Como son bajas las probabilidades de que en Diputados el Frente para la Victoria y Juntos por el Cambio modifiquen en forma sustancial la dimensión de sus bloques (entre otras razones, porque la renovación de solo media cámara amortigua el pronunciamiento del electorado) los triunfos y las derrotas pueden ser mucho más asunto político que ciencia exacta.Cuanto más ajustadas son las bancadas de las primeras dos fuerzas, mayor es la importancia de los legisladores aliados y de los proclives a ser borocotizados. Eduardo Lorenzo Borocotó, a quien se le debe la inspiración de este neologismo, fue elegido diputado nacional dentro de la lista del PRO en las legislativas de 2005. Horas después de ganar la banca aceptó tomar un café con leche en la Casa Rosada, donde lo esperaban el presidente Néstor Kirchner y el jefe de Gabinete Alberto Fernández para evangelizarlo. Borocotó usó para convertirse el viejo truco de formar un monobloque. Ni la Justicia ni la Cámara de Diputados revirtieron lo que a todas luces fue una burla a los votantes, pero la Cámara Electoral se manifestó preocupada por la reiteración de comportamientos que debilitan el sistema de representación. Recuérdese que también está la estafa de las candidaturas testimoniales. El llamado transfuguismo retribuido, nombre que no requiere demasiada explicación, sí configura un delito, pero no suele resultar fácil probarlo.Es un poco decepcionante que en el marco de la grieta se insista con campañas de miedo (miedo al fin del mundo) en lugar de nutrirse a los votantes de información, certezas y garantías sobre lo que harán los propios candidatos. El jurista Raúl Zaffaroni, quien tiene experiencia en advertir peligros civiles porque ya en 1998, cuando el Frepaso lo llevó a Santa Cruz, advirtió que los métodos políticos de Kirchner se parecían a los del nazismo, dijo hace pocas horas que si ganara la oposición sería un desastre. Para fundamentar la alarma, sin embargo, Zaffaroni no desafinó respecto de lo que dice el antikirchnerismo: que van a obstaculizar toda ley clave para el oficialismo, como la reforma judicial.Diez días atrás, Mauricio Macri había dicho más o menos eso, pero a su modo: que en las elecciones se define si la Argentina seguirá siendo una democracia o será una autocracia.La grieta, por lo visto, anda con doble barbijo, tiene las dos dosis y le sobran anticuerpos.

Fuente: La Nación

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El museo imaginario de frases de la política debería tener por lo menos dos salones diferenciados. Uno sería el banal, el risueño, en el que seguramente se destacaría Menem anunciando los vuelos a la estratosfera. El otro, también capaz de arrancar sonrisas aunque más bien amargas, guardaría las frases trascendentes, esas que dicen mucho sobre el autor, sus ideas, su espesor, su moral, el contexto, no ya las que solo entretienen. Allí estaría Luis Barrionuevo con la receta de parar de robar por dos años, Duhalde cuando anuncia que el que depositó dólares recibirá dólares, Néstor Kirchner esculpiendo no al hombre nuevo sino al enemigo nuevo (“¿qué te pasa Clarín, estás nervioso?”), Cristina Kirchner notificando que hay que tenerle miedo a Dios pero también a ella o su predicción silabeada “vamos por todo”, Macri sacado al enorgullecerse de un remedio hídrico barrial (“¡no se inunda más, carajo!”), Alberto Fernández con su podio sanitario: “al país le fue mejor con el Covid que con Macri”.Esta colección, por cierto nutrida (lo anterior fue apenas un muestrario), hasta guarda frases que si se las zurciera podrían darnos un tratado sobre las debilidades institucionales argentinas. Porque entre lapsus, jactancias, bravuconadas, fanfarronadas y exabruptos describen los modos de pensar de la dirigencia puestos al desnudo con estruendosa contundencia.La última contribución al salón de frases sino trascendentes, elocuentes, acaba de hacerla el jefe de Gabinete Santiago Cafiero. El viernes pasado, al rendir cuentas en el Senado, obligación con la que estaba en falta por no haber ido a esa cámara desde el año pasado, le espetó a la oposición: “cuando esta pesadilla (la pandemia) termine van a tener que rendir cuentas”.El artículo 101° de la Constitución es bien claro respecto de la obligación del jefe de Gabinete de ir mensualmente al Congreso (una vez a cada Cámara), pero nada dice –ni ahí ni en ningún otro lado- sobre rendiciones de cuentas opositoras. Una omisión razonable si se considera que a las cuentas no las lleva la oposición sino el Gobierno. Es una diferencia elemental que, como debió notar el jefe de Gabinete, está relacionada con la tenencia del poder, el lado del que él se encuentra.La última sesión del Senado, convocada para escuchar el informe del Jefe de Gabinete (Prensa Senado/)El Congreso controla al Poder Ejecutivo. Esto de que los servidores públicos brinden informes a los representantes del pueblo y de las provincias se ideó, precisamente, para evitar los abusos de poder. Pero la oposición ¿de qué abusaría? ¿de oposición?Si la oposición tuviera que rendir cuentas sobre cómo, cuánto, cuándo y a qué se opone, el primer problema por resolver sería ante quién. ¿Ante el Poder Ejecutivo? Vaya trampa. Eso ya está inventado. Son autocracias que funcionan como democracias truchas. Fingen elecciones libres y hasta se dan el lujo de tener opositores de utilería, en verdad apéndices del autócrata. A los verdaderos opositores, en todo caso, se los encarcela o elimina.Otra cosa es que la oposición, como el oficialismo, comparezcan cada dos años ante el electorado, el soberano que tiene la potestad de premiarlos o de castigarlos. Pero no es una rendición de cuentas en sentido estricto, por lo menos no es una rendición institucional como la que Cafiero estaba practicando el viernes en el momento en que decidió equipararse con la oposición, a esa hora encargada de hacerle preguntas -de hecho le preparó 1.160-, nunca de responderlas.Aunque el viernes Cristina Kirchner tenía cosas más importantes que hacer que escuchar la rendición del jefe de Gabinete (por eso se quedó en su despacho y no presidió la sesión), Cafiero le había preparado una ofrenda. Se mostraría como un gran discípulo. Maestra en embrollar el Estado de Derecho, hace tres meses, cuando le permitieron hablar ante la Cámara Federal de Casación Penal en la causa de dólar futuro (luego caída), la vicepresidenta zamarreó a los jueces diciéndoles que no era ella quien debía responder preguntas sino ellos, los jueces. Los acusó de distintas cosas, incluso dijo que el Poder Judicial junto a los medios de comunicación provocaron un clima que facilitó la victoria de Macri. En buen romance, Macri no ganó las elecciones de 2015 porque fue el más votado sino por el “lawfare”, la perversidad de la banda diabólica justicia-medios.Con la misma furia y parecidos argumentos Cristina Kirchner ya había ido en 2019 contra los jueces que la juzgan cuando compareció en la causa Vialidad, acusada de liderar una asociación ilícita para redireccionar la obra pública de Lázaro Báez en Santa Cruz. En esa oportunidad le enrostró al presidente del tribunal un “plan sistemático” de persecución contra ella, usando la expresión que en el juicio a las juntas se les endilgó a los responsables de secuestros, torturas y asesinatos. Al final, como es de rigor, el tribunal quiso saber si la imputada iba a contestar preguntas. “¿Preguntas? –dijo la entonces vicepresidenta eleCristina Kirchner, en la audiencia por dólar futuro en la que se negó a contestar preguntas de los juecescta-, preguntas deberían contestar ustedes”.Ya es un clásico. Las preguntas, exigimos, contéstenlas ustedes. Rindan cuentas. Son los responsables. Dar vuelta todas las cosas, una constante con sello de agua cristinista, algunas veces sirve para eludir a la justicia y otras para evadir las responsabilidades gubernamentales y los malos resultados.Lo de la inversión de las preguntas hizo escuela. El grotesco episodio del periodista de C5N que hace poco organizó un escrache frente a la casa de Patricia Bullrich fue una profanación de la movida que se llamó “queremos preguntar” (2012), en la que Jorge Lanata convocó a decenas de periodistas para reclamarle a la presidenta Cristina Kirchner que diera conferencias de prensa. Pero acá se repetía un queremos preguntar bastardo.Si azuzar a la oposición con rendir cuentas es ridículo, mucho más lo es cuando quien formula el reclamo faltó a las rendiciones de cuentas prescriptas por la Constitución. Y encima pertenece al sector político que en el período anterior ejercitó una oposición demoledora, no en sentido metafórico sino literal, con cascotes, mientras fogoneaba un asalto al Congreso para frenar una ley que le disgustaba. Pasó cuatro años fustigando al presidente de entonces con el peor agravio de la escala, la asimilación con la dictadura. En un juego ambiguo que mezclaba la normalidad institucional con el tono insurreccional, el kirchnerismo en particular nunca terminó de reconocer la legitimidad de origen de Macri, desde el momento en que boicoteó el acto de asunción y atribuyó su triunfo, como ya se recordó, a una conspiración de medios y jueces. Hay un “lawfare” para cada necesidad.Es cierto, la pandemia, con sus tres áreas de conflicto, vacunas, restricciones y economía, trajo con el drama comprobado una radicalización del antagonismo político, que puso a la muerte, nada menos, en el centro del escenario. Entonces sobrevinieron las acusaciones discursivas respecto de vidas perdidas por encima de las que el virus se habría llevado si todo se hubiera hecho bien, un ejercicio contrafáctico temerario, imparable.Pero la administración de la crisis no se colectivizó. El oficialismo pretende que por estar tres provincias y fundamentalmente la capital en manos de opositores y por haberle dado la Corte la razón al Gobierno porteño en el litigio sobre la autonomía el manejo de la crisis es compartido. Socializar los errores con las compras de vacunas, con el plan nacional de vacunación o con el manejo de la economía en la emergencia es tan forzado como exigirle a la oposición que rinda cuentas.

Fuente: La Nación

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