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Mar a N llmann

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Mar a N llmann Messages

Cada año, para su cumpleaños, Philip Stephens hace dos fiestas, una con sus amigos australianos y una con sus amigos argentinos. Pese a su edad, 62 años, y a su condición física -quedó en silla de ruedas a los 18 tras un accidente-, este australiano se considera parte de la comunidad de viajeros argentinos instalados en Manly, la ciudad balnearia en donde vive, ubicada a las afueras de Sydney. Actualmente, alquila algunas habitaciones de su casa a parejas y viajeros argentinos, y ya hace años que solo contrata a jóvenes de esta misma nacionalidad para que lo ayuden a transportarse durante el día y lo acompañen, de vez en cuando, a hacer lo que más disfruta: viajar por el mundo.En el último tiempo, junto a Emiliano “Choco” Bisson y Marcos Peluffo, dos jóvenes que trabajaron como sus cuidadores, ha viajado a Egipto, Grecia y Perú. Su gran hito, destaca con fascinación durante una entrevista con LA NACION, fue lograr hacer cubre en Machu Picchu, una odisea que hoy describe como “increíblemente demandante”, “peligrosa “y “agotadora”, pero, a la vez, la mayor aventura de su vida.junto a Bisson y Peluffo, Stephens conoció las pirámides de Egipto, uno de sus grandes sueños-¿Por qué solo argentinos?-Hasta 2011, solo contrataba australianos. Después, empecé a tener personas de todas las nacionalidades, holandeses, alemanes, de todos lados. Una vez que me quedé sin cuidador, vi una solicitud laboral de un argentino, Santi, en una página web que conecta a empleados y empleadores. Su inglés era muy bueno y nos llevamos increíblemente bien, así que lo contraté. Hizo muy bien el trabajo, era muy amigable y empático. Él me presentó a un amigo de él, que también empezó a trabajar conmigo, y ellos me presentaron a todo su grupo de argentinos en Manly. Cuando se volvieron a la Argentina, le pasaron el trabajo a otros dos amigos. Y así, ya tuve a varias camadas de argentinos.Al principio, a Stephens le impresionaba la facilidad para entrar en confianza y la espontaneidad para congregarse que, según él, caracteriza a estos jóvenes sudamericanos. “Un día, estaba en mi casa haciendo un asado con mis amigos australianos, y Santi me pregunta: ¿puedo invitar a un par de amigos? Y yo le dije que sí, que no había problema. En Australia, cuando decís ‘un par de amigos’ te referís a dos, tres, como mucho cuatro. ¡Él invitó a unas 15 personas!”, recuerda, entre risas, por teléfono. Hoy, dice ya haberse acostumbrado a este tipo de situaciones, y dice que la espontaneidad es uno de los aspectos que más le gusta de sus amigos americanos.Stephens suele reunirse con su grupo de amigos viajeros: la comunidad argentina en Manly es un grupo que acostumbra a despedir miembros e incorporar nuevos constantemente“Trabajo para viajar”Stephens, contador recientemente retirado, dedica su vida a viajar. Esta pasión comenzó a sus 24 años, cuando conoció junto a unos amigos las ruinas de Chichén Itzá, en México. Fue el conocimiento de las civilizaciones antiguas y su arquitectura lo que más lo maravilló. “Ahí descubrí que lo mejor de viajar es conocer lugares increíbles, conocer a los locales y entender su cultura”, cuenta, desde su casa. En su ciudad, ya son las 20. En Argentina, todavía son las 7.En ese entonces, el joven australiano recién empezaba a trabajar y comenzaba a dejar atrás una etapa muy complicada de su vida: la aceptación de su accidente y de su discapacidad física. A los 18, durante sus vacaciones posteriores al fin de la secundaria, Stevens saltó al mar desde una roca y se golpeó el cuello contra el fondo. “No tenía idea de lo mal que iba a terminar, todo fue una gran sorpresa. Al principio, no sabía que no iba a poder caminar nunca más. Y cuando finalmente lo supe, me enteré de que, además, casi no iba a poder usar mis brazos y manos. Fue un proceso de aceptación muy lento y difícil”, recuerda. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida de Philip Stephens (@philiponwheels) Stephens pasó seis meses en el hospital y otros seis internado en su casa. Cuando terminó el tratamiento, finalmente pudo comenzar la universidad, donde estudió Finanzas. “Haber podido estudiar y conseguir un buen trabajo es lo que me permite viajar -afirma-. Trabajo para viajar”.La mayor locura: subir a Machu Picchu alzadoEn los últimos años, ha visitado distintos lugares donde pudo contemplar los restos arquitectónicos de civilizaciones antiguas. Él destaca las pirámides de Egipto y los templos griegos. Pero, sin lugar a dudas, su mayor orgullo fue haber podido ver con sus propios ojos, y a 3.082 metros de altura, la antigua ciudad inca de Machu Picchu. Aquella aventura no habría sido posible sin la ayuda y el esfuerzo físico de Peluffo y Bisson, los dos jóvenes argentinos que lo cuidaban en ese momento y a quienes hoy sigue considerando unos de sus mejores amigos.Stephens tiene una cuenta de Instagram llamada @philiponwheels donde publica fotos de sus aventuras por el mundo-¿Cómo surgió la idea de hacer cumbre en silla de ruedas?-Un muy amigo mío australiano había subido a Machu Picchu y, al volver, me había dicho: ‘Tenés que ir’. Un día se lo comenté a Choco, y él me dijo ‘hagámoslo’. Yo le dije que estaba loco, que era imposible subir en silla de ruedas tantas millones de escaleras. Pero él insistió que podíamos hacerlo. Su entusiasmo me convenció. Cuando llegamos a Cusco, lo único que sabíamos era que íbamos a subir a Machu Picchu. No teníamos idea de cómo lo íbamos a hacer, pero estábamos seguros de que lo íbamos a lograr -se ríe-.Antes de salir, cuando conocieron a su guía, Víctor, definieron la estrategia de subida: “Choco” iba a llevar sobre su espalda a su amigo australiano y Marcos iba a caminar detrás de él para asegurarse de que ninguno se cayera. En tanto, Victor cargaría la silla de ruedas cerrada y la abriría cada vez que hubiera una superficie plana.Stephens sigue en contacto con sus cuidadores y amigos argentinos que se han vuelto a su país de origen; a algunos de ellos, los sigue considerando mejores amigos“Funcionó. A los 15 minutos, ya nos habíamos convertido en una máquina muy aceitada”, recuerda Stevens. Fueron tres horas y media de subida y tres horas y media de bajada, un desafío físico “increíblemente demandante”, especialmente para Bisson, destaca Stephens.“No fue hasta que vi el camino desde arriba que me di cuenta lo difícil que había sido la subida. Y la bajada fue aún peor. Cuando subís, podés ver dónde pisas. Pero cuando bajás alzando a alguien, no podés ver los escalones. Entonces Marcos iba adelante y decía: ‘escalón grande, escalón chico’. Ahí me di cuenta lo peligroso que era lo que estábamos haciendo”, recuerda el australiano.Pese a estar todo el día rodeado de argentinos que toman mate, al australiano no le gusta esta bebida; por otra aparte, le encanta el vino argentinoPese al sacrificio, los tres viajeros consideran que la subida valió la pena. “Cuando llegás a la cima, de repente lo ves, enfrente tuyo. Y pensás: ¿cómo hicieron para armarlo?, ¿cómo llevaron las rocas hasta ahí? Es un misterio. Fue una experiencia increíble. Volvimos al hotel, nos sentamos y nos quedamos mirándonos entre los tres. En un momento, Marcos dijo: ‘están muy cansados para hablar, ¿no?’. ‘Si’, le respondimos. Fue lo único que pudimos responder”.El viaje a Argentina y el mateEl año pasado, Stephens escribió, con la ayuda de una periodista, un libro autobiográfico llamado “My Lucky Break” -el título hace referencia a la ruptura de cuello que lo dejó cuadripléjico-. Allí cuenta todas sus aventuras, los desafíos que debió enfrentar a lo largo de su vida y las razones por las que se considera una persona “suertuda”. “Tuve mucha suerte de haber podido estudiar, de poder viajar. Tengo la suerte de haber tenido una madre que siempre me apoyó en todo lo que quise hacer, que nunca me dijo ‘no vas a poder hacerlo’; de haber visto el anuncio laboral del primer argentino, de haber hecho los amigos que hice.En su primer y único viaje a la Argentina, Stephens visitó a sus amigos argentinos y conoció Buenos Aires e Iguazú-En todos estos años tratando con argentinos, ¿aprendió algo de ellos?-Muchísimo. Ahora lloro mucho más, soy mucho más emocional. Ustedes comparten sus sentimientos de una manera mucho más abierta que los australianos. Aprendí a no estar sorprendido cuando viene un chico y me da un gran abrazo y quizás un beso. Al principio, eso me resultaba muy raro, pero ahora me doy cuenta de que está bueno. Me encanta lo cariñosos e inclusivos que son los argentinos.-¿Tiene algún viaje pendiente?-Por la pandemia, me quedó un viaje pendiente a Francia, donde vive mi primo, y uno a la Argentina. Quiero conocer la Patagonia, la ruta del vino y visitar a mis amigos. Me interesa entender mejor de qué hablan ellos cuando hablan de su hogar. Después iré a Uruguay. Muchos de mis amigos argentinos se mudaron para allá, así que voy a ir a visitarlos y a conocer a todos sus bebés y a sus parejas. Muchos bebés estuvieron naciendo en este último tiempo, lo cual es increíble.El libro “My lucky break” estará disponible en Amazon en breve; algunos de sus amigos argentinos venden algunas copias en Buenos Aires

Fuente: La Nación

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Desde su adolescencia, Ignacio Brunstein es fanático de las películas de caballeros, especialmente de las escenas de batallas y duelos, con escudos y armaduras. “De chico era de esos freaky que jugaban al Age of Empires, un videojuego de estrategia medieval’’, comenta el especialista en Sistemas. Pero fue recién a los 30 que descubrió que él mismo podía convertirse en uno de los personajes del medioevo que tanto admiraba.“Estaba leyendo el diario y vi una noticia sobre el equipo argentino de combate medieval. Yo ni sabía que existía. Empecé a averiguar, a ver videos. Hablé con la Federación y ellos me recomendaron un club cerca de mi casa para entrenar”, recuerda el actual capitán de la selección argentina de este deporte amateur, de 35 años, que en pocos meses estará compitiendo en el mundial 2021, en Rumania.La lucha al estilo medieval se practica en todo el mundo, especialmente en Europa, desde hace décadas. En el país, los primeros “guerreros” aparecieron hace unos 10 años, detalla Brunstein, y actualmente la disciplina ya cuenta con más de 700 deportistas distribuidos por todo el mapa.A nivel mundial, los mejores seleccionados son los de Rusia y Ucrania. Foto: el seleccionado argentino durante el último mundial, en 2019, en Serbia“Hay disciplinas individuales, los duelos, y también grupales, como el Buhurt, que dependiendo la categoría se pelea cinco contra cinco, 12 contra 12, 30 contra 30 o 150 contra 150. Es una verdadera batalla”, detalla, entre risas.Al principio, cuando decidió empezar a competir, su pareja, la madre de su hija, no estaba conforme con la decisión. Pero, con el tiempo, se fue involucrando cada vez más, y hoy, cuatro años después de su debut, lo acompaña a todos los eventos medievales de Buenos Aires, que se hacen una vez por mes, y también a los mundiales, para los cuales se viste de época, como todo el resto de los espectadores y jugadores.La armadura que usa Brunstein es un modelo europeo de principios del siglo XV“A mis amigos tampoco les gustaba cuando empecé. La mayoría pensaba que no era un deporte, que era una simple coreografía. Pero cuando los llevé a ver un torneo en vivo, en San Isidro, cambiaron de opinión: se quedaron sorprendidos por la agresividad. Me empezaron a decir: ‘vos no podes hacer esto, se pegan de verdad. ¡Recién salió uno en camilla!”, recuerda Brunstein, vecino de Villa del Parque.El protocolo del deporte exige que las armas no tengan punta ni filo. Esto no impide, sin embargo, que los participantes se lastimen. Luego de cuatro años de combate, para los cuales entrena todos los días, el “caballero” porteño acumula cuatro puntos de sutura en la ceja, una fractura ya curada en el pie y varias cicatrices en la nariz y en el cuerpo, todas heridas de espadas, hachas y otras armas medievales.Las heridas son moneda corriente, especialmente en los mundiales; foto: evento medieval en Buenos Aires, 2019 (Jose Nicolini/)“Nos damos con todo, especialmente en los mundiales. El objetivo en las peleas masivas es derribar a tus contrincantes, sea con golpes y armas o con técnicas de yudo o derribo”, explica el capitán del seleccionado. Cuando alguno de los participantes toca el suelo con alguna parte del cuerpo que no sean los pies, se considera que está muerto y deja de participar en ese round.Fuera del campo de combate, sin embargo, la agresividad desaparece. “Lo más interesante del deporte es que cuando terminás de pelear, salís riéndote y charlando con tu contrincante, como si el combate no hubiera existido”, destaca Brunstein. Los eventos medievales en los que los combates se llevan a cabo, suma, son muy familiares. Hay shows musicales de época, juegos de madera para niños y adultos y gastronomía. En vez de panchos y hamburguesas, venden guisos y canastitas de venado, que en la Argentina son producidas con otros tipos de carne.Además de en duelos individuales, el seleciconado argentino suele competir mundialmente en la categoría cinco contra cinco de BuhurtLa mayor dificultad de esta pasión por el combate medieval es la parte económica. Al ser un deporte amateur en la Argentina, el seleccionado no recibe dinero del Gobierno para ir a competir en los mundiales, que son dos: uno anual y otro cada dos años. Por esta razón, los ocho miembros del equipo nacional aplican la clásica técnica de los Scouts para recaudar dinero.El combate medieval también tiene su rama femenina“Vendemos cerveza artesanal -marca Birra Padua- y remeras a nuestros familiares y compañeros de trabajo, y también a través de nuestra página de Facebook: “Apoyando a los Cóndores”. Estamos buscando sponsors”, detalla Brunstein. Sin embargo cada año se les hace más difícil conseguir interesados en sus productos. “Tu cuñado por ahí ya te compró 17 remeras y obviamente no quiere saber nada con volverte a comprar, es difícil”, afirma el capitán.En seleccionado argentino tiene deportistas en Buenos Aires, Mendoza, San Juan y Río Negro; Cuando viajan a Buenos Aires para algún evento medieval, se juntan a practicar en plazas de la CapitalSin embargo, la pasión que sienten los jugadores por este deporte los incentiva a pagar los viajes mayoritariamente con sus ahorros. “En el combate encontré algo único”, explica Brunstein. De chico, le gustaba el rugby y el fútbol, pero en esta práctica medieval conoció una sensación que no había experimentado con ninguno de estos deportes: una adrenalina irrefrenable. “Tiene el plus de lo histórico, las armaduras, el ruido de los metales golpeándose. Es increíble”.

Fuente: La Nación

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Dominique Verdier tenía 22 y estudiaba arquitectura cuando se involucró “casi por casualidad”, como admite ella, con el rescate de roedores utilizados para la experimentación científica. Era 2016. Una amiga le comentó, al pasar, que en el laboratorio donde trabajaba había dos ratas que ya no iban a ser necesitadas para nuevos estudios. “Yo no tenía nada que ver con el tema, pero me gustaban mucho los animales. Decidí recibirlos en mi casa porque me daba pena que los eutanasiaran”, recuerda la joven, de ahora 28, desde su departamento, que hoy funciona como hogar de tránsito de 31 roedores.No les puso nombre; no quería encariñarse. Vivía con sus padres, que no estaban cómodos con el hecho de tener animales en la casa. Por eso, ella decidió mantenerlos enjaulados en su cuarto, y de manera transitoria. Cuando los publicó en Facebook para conseguirles un nuevo hogar, la cantidad de respuestas la sorprendieron. “Recibí más de 50 mails”, recuerda. Era tanta la demanda que decidió contactar a científicos de otros laboratorios para preguntarles si tenían más ratones y ratas que ya no necesitaran.Verdier alberga roedores de manera transitoria hace cinco años“Enseguida me empezaron a dar. A los tres meses, me entregaron una camada de 28. Siempre que rescataba nuevos animales, los entraba a casa en cajas y los llevaba directo a mi habitación para no molestar a mis papás. Los adoptaban rápido”, cuenta Verdier. Al tiempo, los roedores que le facilitaban los distintos laboratorios se fueron multiplicando y, a la vez, aparecieron otros jóvenes que se ofrecieron como familias transitorias.Hoy, cuatro años después, Team Ratas, la organización sin fines de lucro que fundó Verdier para masificar su trabajo, tiene 15 hogares de tránsito, más de 4000 animales que ya fueron dados en adopción y 26.300 seguidores en Instagram. La idea detrás de la iniciativa es darle una “segunda oportunidad” a los roedores que nacieron en cautiverio y fueron utilizados como reactivos biológicos en protocolos experimentales, explica la joven pionera. Además de albergar ratas de manera temporal, ella y su pareja tienen en su departamento de dos ambientes, en Villa Crespo, un perro rescatado de la calle y dos palomas incapaces de volar.Las 15 familias que albergan transitoriamente a ratas y ratones lo hacen de manera voluntaria“Tenemos contactos en unos cuatro laboratorios que nos avisan cuando hay animalitos que ya no van a usar y nos dejan llevarlos -explica-. En general, los que nos dan son los que no fueron testeados o los que ya consideran de descarte, o porque son adultos o porque ya los utilizaron para alguna prueba que no fue lo suficientemente agresiva como para que sea necesario eutanasiarlos”. Los animales que reciben no son portadores de ninguna enfermedad, suma.“En general, nadie respeta a estos animales, nadie conoce cómo son. Las ratas, por ejemplo, son super sociables. Les encanta interactuar, son muy curiosas e inteligentes. Mucha gente que adoptó alguna dice que son como mini perros, que son más simpáticas que los gatos”, destaca Verdier.Verdier con Monoko y Colagusano, dos de las 31 ratas que tiene actualmente en tránsitoActualmente, Team Ratas tiene 400 roedores en tránsito. El proceso de adopción se ha ralentizado. Antes, cuando la cantidad de ratones y ratas disponibles era menor, los roedores pasaban menos de un mes en las casas transitorias. Pero en el último tiempo, los rescates de animales han aumentado, por lo que se ha hecho mucho más difícil encontrarles una familia a todos, y es común que pasen un año en un hogar temporal.Verdier y los otros 14 jóvenes que cuidan de estos animales de manera provisoria reciben, a través de la organización, donaciones que sirven para mantenerlos. “Cada uno de nosotros tiene su propio trabajo. Yo tengo un vivero boutique”, cuenta la fundadora de la organización.Adoptar ratonesCamila Varela creó una cuenta de Instagram dedicada a sus seis ratonas y sus tres ratas. “Amo tenerlas, me encantan. Son parte de nuestra familia”, cuenta la joven, de 23 años, que vive con su novio en un departamento, en Avellaneda. “Estos animales están muy estigmatizados. Al principio, cuando mis amigos venían a casa y los veían, decían: ¡Ay que asco! Ahora llegan y los van a buscar, les quieren dar de comer”, comenta. Ver esta publicación en Instagram Una publicación compartida de Grano de Arenita (@granodearenita) Varela, acompañante terapéutica y estudiante de psicología, adoptó a su primer roedor por pena. Su cuñado tenía una serpiente, que era alimentada con pequeños animales vivos. En una ocasión, le introdujeron en la pecera una ratona, pero por algún motivo el reptil no la quiso comer. “¿La querés? No sabemos qué hacer”, le preguntó por teléfono su hermana a Varela. Ella aceptó, sin saber nada sobre roedores.“La llamé Arenita. Cuando llegó a casa, me puse a investigar y me enteré que los ratones son gregarios, necesitan vivir en comunidad. Así que contacté a Team Ratas y adopté dos más. Eran tres en total. No pasó ni un mes y adopté otras dos más, y seguí sumando. ¡Terminé teniendo 10!”, detalla. Las primeras ratonas que adoptó murieron y ahora tiene seis. En otra jaula, hace tres meses, colocó su nueva incorporación: tres ratas machos.Los ratones albinos fueron modificados genéticamenteEn general, los roedores provenientes de laboratorios -la gran mayoría albinos- no viven más de dos o tres años, precisa Verdier. Según la joven, su expectativa de vida es igual a la de las ratas y ratones salvajes.A diferencia de los animales silvestres, los que nacen en bioterios y crecen en laboratorios no pueden vivir sin una familia humana que los proteja. “Nacieron en cautiverio. Por eso, lamentablemente no se pueden adaptar a la vida salvaje. Además, como las ratas y los ratones albinos son especies que fueron alterados genéticamente, no tienen un hábitat natural”, explica Verdier, que en los últimos años se ha puesto a investigar sobre estos animales.Varela tiene dos ratones albinos, dos marrones y dos negros“Aprenden a trepar en nuestras casas. En el laboratorio no tienen lugar. Al principio, cuando los rescatamos, tienen miedo: los sacás de la jaula y no saben qué hacer. Tampoco saben buscar comida ni dar grandes saltos”, detalla la fundadora de Team Ratas. Varela destaca lo mismo: “Fui viendo como empezaban a tener conductas más instintivas, más propias del animal que son”.Ella estaba soltera cuando adoptó a las primeras ratonas. La situación se complicó cuando conoció a su novio, a quien al principio no le gustaba tenerlas cerca. Sin embargo, con el tiempo se encariñó y cuando se mudaron juntos estuvo dispuesto a agrandar la familia roedora. “Hoy, la adopción es un proyecto de los dos”, cuenta Varela.

Fuente: La Nación

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El mar, el viento y la soledad. La vida en la famosa estancia Harberton, al extremo sur de Tierra del Fuego, no cambió mucho en en los últimos 135 años, pese al recambio generacional y al paso del tiempo.Los hombres de la familia que la posee desde 1886, los Bridges, han sido protagonistas de varias obras y relatos, especialmente Thomas Bridges, el primer poblador europeo de la provincia fueguina, que llegó al territorio como misionero anglicano en 1863 y construyó aquella casona blanca de ventanas verdes que todavía se erige sobre la costa del Canal Beagle. Pero poco se sabe, y se ha escrito, sobre la mujer que desde aquel campo del “fin del mundo” supo hacer historia.La estancia Harberton pertenece a la misma familia desde hace seis generacionesSu nombre era Natalie Prosser y su vida, apasionante y única, es retratada en la película La Soledad de los Huesos, que durante el último año se lució en festivales internacionales de cine como el de Croacia -donde ganó el premio al mejor documental-, el de Ischia y el de Estocolmo. El largometraje se estrenó en Buenos Aires el jueves pasado, en el Cine Gaumont.Prosser, bióloga de origen estadounidense, murió en 2015, en Harberton, pero el legado científico que dejó aún se mantiene vivo. Durante sus más de 50 años en la provincia más austral de la Argentina, la investigadora del Conicet se dedicó a recorrer las bahías fueguinas, desde el Estrecho de Magallanes hasta el Canal de Beagle, en busca de flora y, especialmente, fauna marina inexplorada. Hoy, el museo que ella fundó en Harberton posee no solo una de las colecciones de huesos de delfines más importantes del mundo, sino, además, ejemplares de especies que cuentan con pocos registros en el mundo, afirma Alfredo Lichter, director de la película.Prosser pasó gran parte de sus 50 años en la Argentina recolectando huesos de mamíferos marinos e investigándolosProsser se enamoró del sur argentino a los 26 años, a fines de 1962. La joven americana había emprendido un viaje por Sudamérica con una amiga para recorrer la región. Pero al llegar a Bariloche, tuvieron que hacer una pausa obligatoria. Su amiga se enfermó y debió permaneció en cama varios días.Natalie, que todavía hablaba poco español, fue a una librería para buscar algún libro en inglés que la entretuviera hasta que su amiga se repusiera. Compró, sin otra opción, la única obra que había en su idioma: El último confín de la Tierra, de Esteban Lucas Bridges, hijo del pastor inglés Thomas Bridges y la tercera persona no perteneciente a los pueblos de la provincia nacida en Ushuaia (los primeros dos fueron sus hermanos mayores).Prosser, nacida en Ohio, en 1935, llegó a la Estancia Harberton en 1963 y nunca más se fue; murió allí mismo, en 2015Apasionada por los paisajes y los relatos que el escritor describió en 1948 desde la Harberton, la joven decidió conocer esa estancia. Su amiga no quiso acompañarla, así que decidió ir por su cuenta. “En esa época, era una locura que una mujer viajara sola, y más a Tierra del Fuego, que era inhóspito. Ni siquiera había rutas para llegar hasta allá. Era barco o avioneta”, detalla Lichter.Lichter pasó una temporada en Harberton para filmar la películaNatalie aterrizó en Ushuaia pocos días antes de Navidad y se hospedó durante un mes en la estancia Harberton, donde para ese entonces vivían el joven Thomas Goodal, bisnieto de Thomas Bridges, y su madre. Eran principios de la década del 60, pero ese campo todavía no tenía agua corriente, por lo que había que acarrear el agua en baldes. Ese verano, Prosser y Goodal se enamoraron, y tres meses después, ahí mismo, se casaron.Natalie y Thomas formaron una familia donde no había ninguna otra familia, al igual que las cuatro generaciones anteriores de Bridges que vivieron en esa casa. Sus dos hijas, Anne y Abby, jugaban entre ellas, según relata la menor en el documental. “Mi intención fue relatar la soledad de la familia, que es la misma que vivían los primeros pobladores de esa estancia”, cuenta Lichter. Actualmente, la casa es habitada por Thomas, Abby, su marido y sus hijas. Además de mantener el museo fundado por Natalie, la estancia ofrece actividades turísticas y alojamiento.Thomas Goodal participó del rodaje de la película y detalló su historia de amor con Natalie (ESTEBAN LOBO/)Lichter, que además de director y guionista de películas documentales es biólogo, conoció a Prosser cuando trabajaba como investigador en el Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, institución que la estadounidense visitaba cada vez que viajaba a Buenos Aires.Desde Tierra del Fuego, Natalie era investigadora del Conicet. Su trabajo consistía en realizar excursiones de varios días por las bahías y las playas fueguinas. Recorría en su auto toda la provincia, desde el estrecho de Magallanes hasta el canal Beagle, muchas veces sola, y dormía en carpa o en estancias que la alojaban.Abby Goodal se ocupa de mantener la fundación de su madre y el hospedaje de Harberton (ESTEBAN LOBO/)La excursionista e investigadora escribió a lo largo de su vida una guía naturalista de Tierra del Fuego. Este manual tiene mapas confeccionados por ella que hoy siguen siendo la principal referencia de los biólogos que buscan esqueletos de mamíferos marinos en la zona, especialmente en la bahía de San Sebastián, donde algunos animales quedan varados cada año.Durante sus recorridos, Natalie iba colocando postes sobre los puntos donde había encontrado ejemplares marinos. Con el tiempo, a medida que se profesionalizaba en su labor, empezó a tener asistentes y estudiantes.Un sector del museo de mamíferos marinos que montó Natalie (ESTEBAN LOBO/)En la película no solo participan Abby, Thomas, sino también muchos de los biólogos e investigadores que fueron aprendices de Prosser. Ella los recibía en la estancia, pero principalmente en la casa que tenía en Ushuaia, donde hacía gran parte de su trabajo de investigación. A lo largo de la película, las personas que trabajaron con Natalie destacan, entre otras de sus cualidades, la pasión que tenía por la naturaleza, su perseverancia en el trabajo duro de campo y, más que todo, el hecho de que haya seguido trabajando aún cuando su cuerpo ya no la acompañaba.La tarea suciaDurante sus viajes de exploración, Prosser encontró un delfín de Shepherd, que en ese momento todavía tenía pocos registros en el mundo. También halló huesos de un delfín Picudo de Héctor, también poco conocido. “Para algunas especies, su colección es de las mas importantes del mundo”, destaca Lichter.Harberton está compuesta por numerosas casas; muchas hoy son alojamientos para turistas, que se acercan a conocer el museo y a hacer recorridosEl director y guionista destaca a lo largo de la película el trabajo duro -y sucio- que hay detrás de la recolección de huesos para la investigación. La mayoría de las veces, durante sus recorridos por las costas fueguinas, Prosser no encontraba huesos limpios, sino animales en putrefacción, por lo que debía despostar los restos -separar los diferentes cortes de carne que componen la canal de un animal- y luego hervir los huesos.Muchas veces con ayuda de otros biólogos y asistentes, Natalie depostaba mamíferos marinosUno de los trabajos más ambiciosos realizados por Prosser y un equipo de investigadores tuvo lugar en 2005, cuando despostaron una ballena de 9 metros para luego llevar los huesos al Museo de Harberton, donde se encuentran hoy.“Lo que tienen los personajes como los de Natalie es que ellos retratan el mundo, pero nadie los retrata a ellos. No hay muchas fotos de ella, ni videos. Ese fue parte del desafío de la película: mostrarla sin que ella esté y con poco material”, explica Lichter. El largometraje tuvo el apoyo del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) y el mecenazgo de la empresa Total Energies.En la película, Lichter busca mostrar la soledad de la familia Goodal, y especialmente la de Natalie (ESTEBAN LOBO/)

Fuente: La Nación

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Buenos Aires no siempre le dio la espalda al río. Hubo un tiempo, durante la primera mitad del siglo XX, en que la Costanera Sur se destacaba entre los puntos de encuentro más importantes de la ciudad, especialmente en verano, cuando miles de porteños pasaban la temporada de verano paseando por la ribera, refrescándose en el río y descansando sobre las escalinatas de cemento que terminaban en el agua.Las imágenes aéreas de antaño lo evidencian. Según se puede ver en los registros fotográficos en blanco y negro de la zona, que datan de entre 1920 y 1940, la actividad que mantenía este antiguo balneario puede compararse con la que conserva la playa Bristol, de Mar del Plata, cada verano, aunque sin sombrillas.El Espigón Plus Ultra nacía en la intersección de la avenida avenida Tristán Achával Rodríguez con la calle Migone y se adentraba en el río.Hoy, tras el relleno, el espigón Plus Ultra pasa desapercibido. A su izquierda se extiende la reserva ecológica, mientras que a su derecha crece la villa Rodrigo Bueno, en proceso de “urbanización”Por encima de las cafeterías, los paseos y el parque de diversiones -el Parque Genovés-, la principal atracción del lugar era el espigón, creado en 1918, al que 10 años después se lo llamó Espigón Plus Ultra en honor a la travesía del hidroavión Plus Ultra, que en 1926 realizó el primer vuelo entre España y Buenos Aires.Hoy, esta península de cemento, que en sus inicios se adentraba en el Río de la Plata, sigue existiendo, pero ya no está rodeada por agua, sino por tierra rellenada. A la izquierda, el espigón bordea la vegetación silvestre, los humedales y los senderos internos de la Reserva Ecológica Costanera Sur. A la derecha, linda con las casillas y las viviendas sociales de la villa Rodrigo Bueno, desde donde se puede ver de cerca las torres de Puerto Madero.En el espigón veraneaban muchos de los porteños que no tenían la posibilidad de viajar a la costa atlántica. La construcción, que tenía sus propios vestuarios, era considerada muy innovadora para la época El espigón Plus Ultra hoy es el “corazón” de la Reserva Ecológica Costanera Sur. Del lado norte, el antiguo balneario al que solían acudir miles de personas cada verano, ahora es conocido como “la laguna de los coipos”Cualquier día de la semana, desde temprano, en Costanera Sur se respira el olor a choripán y a asado que emanan los puestos ambulantes colocados en fila a lo largo del malecón.En las zonas de la costa que no fueron rellenadas, todos los accesos directos al río están bajo rejas. La única edificación que parece mantenerse igual desde hace poco más de 100 años es la Fuente de las Nereidas, esculpida por Lola Mora. Sin embargo, desde hace años este monumento está rodeado por paños de vidrio, con carteles que aclaran: “prohibido bañarse”. Hoy, sobre estos paños cuelga, además, una pancarta de la agrupación Red Ecosocialista MST, que obstaculiza la visión de una parte de la escultura.La Fuente de las Nereidas llegó de Roma en 1903 y fue trasladada de Paseo Colón a Costanera Sur en 1918, el mismo año que se creó el Espigón Plus Ultra (TELAM/)Desde hace años, este monumento está rodeado por paños de vidrio, con carteles que aclaran: “prohibido bañarse”En los cincuenta años, no solo se modificó toda la zona: la ciudad dejó de mirar el río y pasó a darle la espalda. ¿Por qué sucedió eso? ¿Qué pasó entre “ayer y hoy”? La respuesta incluye obras que nunca se terminaron, promesas incumplidas y la contaminación del agua, que parece irreversible.De balneario municipal a depósito de escombros“La costanera sur era el oasis para los porteños, al igual que la costa de Vicente López y Olivos. Por eso había una multitud de gente que iba a caminar, a bañarse y a ver a otros bañarse” destaca el historiador y periodista Daniel Balmaceda. Según afirma, la época de apogeo del balneario fue en la década del 20. “En el verano, el espigón era un mundo de chicos. Muchas de las colonias de vacaciones de los chicos de los barrios de buenos aires que no tenían posibilidades de tomarse vacaciones iban ahí, a esa zona, donde podían bañarse y refrescarse”, señala.”La Costanera Sur era un osasis para los porteños”, dice BalmacedaEn el horizonte, las torres de Puerto MaderoLas multitudes que frecuentaban la zona aumentaron en 1936, cuando debido a los problemas generados por los carnavales en la urbe, el gobierno municipal porteño decretó que los juegos de agua tuvieran lugar únicamente en la Costanera Sur, afirma Balmaceda.El declive del balneario empezó a partir de la década del 50, debido al creciente deterioro de la calidad del agua, y se afianzó en 1975, cuando la Ordenanza Municipal N° 32.716 decretó, por motivos de contaminación, la prohibición del ingreso al río.En la década del 30, los paseos por la pérgola de la costanera, que sigue estando en Villaflor y la avenida Tristán Achával Rodríguez, eran un clásico (GENTILEZA/)la pérgola se mantiene igual, aunque enrejada, pero su concurrencia ya no es la mismaAl poco tiempo, este balneario clausurado pasó a convertirse en un depósito de escombros. Los restos de las casas y los edificios demolidos para construir las nuevas autopistas de la ciudad, impulsadas por el brigadier Osvaldo Cacciatore, se utilizaron como relleno de la Costanera Sur con un claro propósito: agrandar la costa y utilizar el terreno ganado para inaugurar nuevas obras. Allí se planeaba edificar el Centro Administrativo de la Ciudad, pero el proyecto caducó en 1984.La vegetación silvestre pronto comenzó a avanzar sobre los escombros. Las constantes inundaciones y el arribo de camalotales ayudaron a conformar distintos ambientes naturales.El paseo de la Costanera sur también era concurrido fuera de la temporada de verano durante la década del 30 (GENTILEZA/)Hoy, frente al malecón de la Costanera Sur, se extiende la Laguna de los Coipos, que forma parte de la Reserva EcológicaAl mismo tiempo comenzaron a asentarse, entre la maleza, las primeras familias de la Villa Rodrigo Bueno, que con los años fue creciendo hasta llegar, según los últimos datos oficiales, a tener 996 familias, ubicadas en 563 viviendas.Sobre la avenida Tristán Achával Rodríguez, desde temprano, varios vecinos baldean la carrocería de sus taxis antes de salir a hacer sus recorridos diarios.Hoy, el asentamiento está dividido en dos. El sector norte, a pocos metros del antiguo espigón, ya fue urbanizado, mientras que el sector sur todavía no. La obra, a cargo del Instituto de la Vivienda (IVC), comenzó en 2017. Los habitantes que ya se mudaron todavía pagan, en cuotas sociales, el valor de sus nuevos departamentos.La recomposición de la zona, aún en proceso, también implicó la creación de la Reserva Ecológica, en 1986, y la restauración del Espigón Plus Ultra, en 2014. Antes de las últimas reformas, esta plataforma de cemento permaneció bajo rejas, permanentemente cerradas, y abandonada por 12 años. Hoy, funciona como la entrada principal de la reserva.La villa Rodrigo Bueno está en proceso de urbanización (Fabian Marelli/)

Fuente: La Nación

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Desde los 16 años que Sergio Daniel Gómez debe agachar la cabeza para pasar por cualquier puerta. “Todas miden 2 metros de alto, para mi es imposible”, comenta en un tono apacible y con una mueca que se parece a una sonrisa. El living de su departamento, en Villa Lugano, parece de juguete si se lo compara con sus dimensiones. Pero él ya está acostumbrado y se mueve por el lugar con total normalidad, como si supiera calcular a la perfección los centímetros que separan su cabeza del techo de algunas partes del hogar, como si la sillas del estar no le quedaran chicas.Con 35 años, Gómez no para de crecer. Nunca ha dejado de hacerlo. Durante su infancia en Candelaria, Misiones, era el más alto del jardín de infantes. La diferencia respecto a sus compañeros de clase se hizo mucho más llamativa años después, durante la primaria y la secundaria. Con tan solo 12 años, llegó a medir 1,95 metros, mientras el promedio de altura para esa edad en el país se acerca a 1,45. A eso de los 17 pisó los 2,05, y a los 24, llegó a 2,20.Hace tres años que Gómez se dedica a la venta de plantas (Santiago Cichero/AFV/)Hoy, Gómez mide 2,26 metros y es considerado el hombre más alto de la Argentina. Su altura y su constante crecimiento son algunos de los efectos de la enfermedad que posee desde que nació: Gigantismo, un tumor de hipófisis que provoca que su cuerpo secrete hormonas de crecimiento de manera excesiva. Pese a que su salud se va deteriorando con el tiempo, por ahora su cuerpo le permite hacer una vida normal y él elige transitar su enfermedad con buen humor.“Las flores están floreciendo”, avisa, desde el balcón techado de la vivienda social donde vive junto a su familia. En ese pequeño ambiente de ventanas corredizas Gómez tiene su taller de plantas, donde pinta macetas y trasplanta jazmines, rosales y azaleas, entre otras, para luego venderlas en su puesto, en la esquina de su casa y en la feria de la zona los sábados y domingos.Su vida ha cambiado de manera radical en los últimos años, cuando debido a la enfermedad que padece debió dejar su trabajo como seguridad en un boliche y comenzar a hacer una vida más tranquila. Hoy lleva una vida estable: vive junto a su mujer, Blanca Pereira, y las tres hijas menores de ella, a quienes considera sus hijas. Pero sus memorias, las que relata con detalle desde el living de su casa, dan cuenta de un pasado errante, donde su altura siempre fue un factor que le garantizó grandes oportunidades y también grandes limitaciones.Gómez y Pereira conviven hace siete años y se casaron hace cuatro (Santiago Cichero/AFV/)Del basket amateur a la Villa 31Como se espera de todo joven cuya altura llama la atención, durante su adolescencia se dedicó al Basket en un club de Candelaria, donde se lució y llegó a salir en los diarios provinciales como “el jugador más alto de la Argentina”. “La vida allá era tranquila, linda. Pero había poco trabajo. Podía llegar a conseguir un puesto en un aserradero, en una obra o como empleado del municipio, como mi papá, pero yo quería otra cosa”, explica. Sin una madre presente, él fue criado por su padre y su hermano más grande, que continúan viviendo en aquel pueblo misionero.Gómez se mudó con un amigo a Buenos Aires a los 18 para probar suerte. El joven se asentó en Once, donde consiguió trabajo en la caja de una cochera frente a Cromañón. Pero al tiempo perdió el trabajo y terminó viviendo en la Villa 31, donde conoció a un misionero que era encargado de un edificio en Suipacha y Lavalle, Microcentro. “Le llamó la atención mi tamaño y me ofreció trabajar como seguridad del edificio y la posibilidad de vivir ahí, y acepté”, recuerda.Gómez con su padre y su sobrino en Misiones, durante una de sus visitas a su pueblo natalFue en esa época que descubrió que podía ganar plata por su altura. “Cuando caminaba por la zona, la gente se me acercaba a preguntarme: “me puedo sacar una foto con vos?”. Ahí se me ocurrió la idea. En mi tiempo libre empecé a ir al Obelisco. Me ponía la camiseta de Argentina de Messi y llevaba un balde con un cartel que decía: foto a colaboración. Venía bastante gente, turistas y argentinos, a sacarse fotos. No ganaba wow, pero me alcanzaba para cubrir mis gastos”, recuerda. Gómez repite esta misma actividad siempre que necesita dinero.Su altura también le permitió conseguir más de un trabajo como personal de seguridad de boliches. “Una vez que él estaba desempleado, íbamos caminando por la calle y le gritaron desde un boliche: ¿no querés venir a trabajar acá? Y al tiempo lo tomaron”, cuenta, entre risas, Pereira, mientras cocina un guiso de lentejas en la cocina.Ella y Gómez se conocieron hace siete años en un boliche de la ciudad de Buenos Aires. “Fue amor a primera vista. A mi nunca me impresionó su altura, y eso que mido 1,60”, cuenta ella. Al poco tiempo de conocerse, Gómez se mudó a su casa, en Villa Lugano, la misma en donde viven ahora.Lo único de la casa que modificaron para que él esté más cómodo es la cama. “Con una cama normal, los pies y las pantorrillas le quedan afuera. La nueva cama que compramos era más larga y le quedaba bien, pero ahora que ya volvió a crecer, le volvió a quedar corta”, explica su mujer. Él se amolda al resto de los objetos de la casa, como las sillas, la mesa y las puertas. Está acostumbrado, lo hizo toda su vida, por lo que no lo considera un inconveniente.Gómez y Pereira se casaron hace cuatro años; en la foto posan junto a las tres hijas menores de Pereira y su nieta mayor“Lo bueno de ser tan alto es que no necesita escalera para pintar el departamento -dice Pereira- Te pinta el techo, la pared, sin problema. A veces me dice: “che, Blanca hay que limpiar arriba de la heladera, eh”, porque claro, él ve la suciedad de ahí, yo no la veo. Cuando vamos a la casa de algún pariente dice para joder: me pasas un trapito que te limpio arriba del mueble ya que estoy? Y los dueños de casa le responden “ay Sergio, qué vergüenza, perdón”. O cuando vamos al super. Hay gente que está esforzándose para poder agarrar algún producto de las góndolas más altas y Sergio va despacito por detrás y se lo alcanza. ¡Y la gente se da la vuelta y se pegan un susto! Los que trabajan en el supermercado le dicen: “qué bien nos vendría tener tu altura”.“Encontrar un calzado 55 es imposible”Todo beneficio es acompañado por inconvenientes. Más allá de su estado de salud, lo que más le complica la vida al misionero es la dificultad de conseguir ropa, especialmente zapatos. En el país no existe su talle de calzado, que actualmente es 55 pero que está en constante aumento. “Es difícil encontrar 50 o 52. 55 ya es imposible”, se lamenta.En 2019 pudo conseguir un buen par luego de su aparición en el programa Quién Quiere ser Millonario, en el que participó junto a Pereira con la intención de conseguir dinero para pagar el tratamiento que necesita para paliar su enfermedad.Además de ganar medio millón de pesos, después del programa, un desconocido se contactó con Gomez para ofrecerle unos zapatos que se había comprado hace años en Estados Unidos para actuar de payaso. Gómez los saca del placard y los muestra contento. Este par le facilitó la vida. El jefe de Pereira le consiguió luego otros dos pares, que trajo de un viaje a Estados Unidos, pero hace poco estos también le empezaron a quedar chicos.Hace dos años que la situación de salud de Gómez empeora. Pereira sabe que su marido no tendrá la misma expectativa de vida que ella. “El pronóstico es malo”, se lamenta. En 2019, Gómez tuvo la primera descompensación y terminó internado en el Hospital de Clínicas. Estos episodios se repetían cada tres meses, pero últimamente la frecuencia aumentó. El lunes pasado sufrió el último, menos de dos meses después del anterior.“Me diagnosticaron tarde, ya no pueden operarme. Me tengo que mantener con remedios porque el tumor de hipófisis avanzó mucho. Mientras, no dejo de crecer, explica Gómez. Actualmente, toma unas pastillas que sirven para achicar el tumor, las cuales son costosas, y en cuanto los médicos se lo permitan, comenzará a aplicarse cada 28 días una inyección que tiene una función similar. El problema es que cada aplicación sale más de $100.000, y su familia todavía no sabe cómo va a hacer para pagarlo.Gómez planea abrir un vivero llamado “vivero La Esperanza” (Santiago Cichero/AFV/)Más allá del pronóstico, se mantiene positivo. Su proyecto para este año es armar un vivero en un jardín en desuso del edificio, el cual ya fue aprobado por la comuna. “Se va a llamar vivero La Esperanza”, anticipa Gómez, mientras muestra el lugar.Pereira, que hace años trabaja como empleada doméstica, también es parte del proyecto. “Nos dedicamos a disfrutar de la vida que le quede. Él es como un ángel para mi. El destino nos cruzó. Yo estaré con él el tiempo que sea, ocupándome de que esté bien, que disfrute lo más que pueda”, dice.

Fuente: La Nación

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Ana Geraghty y Mario Lonegro ya tenían la casa repleta, con tres hijos en jardín de infantes y primaria, cuando empezaron a considerar la idea de adoptar. Lo que en un principio fue un ideal lejano se convirtió con el pasar de los años en el fundamento de su familia. Hoy, tienen ocho hijos, cuatro de sangre y cuatro adoptados, de los cuales tres tienen Síndrome de Down.“Siempre nos gustó la idea de tener una familia grande. Podíamos tener más hijos propios, pero también teníamos la posibilidad de darle una familia a chicos que lo necesitaran, y eso hicimos”, cuenta por teléfono Geraghty desde su casa, en Santa Rosa, La Pampa, donde se encuentra aislada desde el inicio de la pandemia junto a su familia, debido a que sus tres hijos menores, los que poseen la trisomía del par 21, son considerados de alto riesgo para el coronavirus.Para la pareja -él, arquitecto y profesor, de 61 años; ella, maestra jardinera retirada, de 63- adoptar a cuatro niños sanos hubiera sido una tarea mucho más fácil. A la hora de elegir, sin embargo, priorizaron abrir su familia a menores con discapacidad. “Ellos son los que más te necesitan, porque casi nadie quiere adoptarlos”, señala Geraghty.Sebastián, Pedro, Soledad, Tomás y Mariana Lonegro en su casaSoledad, la única de sus hijos adoptados que no tiene Síndrome de Down, llegó a la casa en 1996, cuando tenía tres, la misma edad que Pedro, el segundo hijo de los Lonegro. Pocos años después, el matrimonio tuvo a Mariana, su última hija de sangre. Ya eran cinco hijos cuando se enteraron de que el juzgado local de menores buscaba una familia para una niña de cinco años con Síndrome de Down.“Lo charlamos en familia. Los chicos no entendían bien qué implicaba esta discapacidad, nunca habían visto a alguien que la tuviera. Nosotros tampoco teníamos mucha idea, pero aceptamos, y así llegó Lorena a nuestras vidas”, recuerda Geraghty, que hoy forma parte de la Asociación Síndrome de Down de la República Argentina (Asdra).Lorena casi no veía cuando llegó. Nadie nunca le había colocado anteojos, por lo que se le hacía difícil erguirse y caminar. La falta de estimulación sorprendió a su nueva familia, pero al tiempo, con esfuerzo, lograron progresos, como que pudiera trasladarse por su cuenta y dejara los pañales. Diferente fue el caso de Alejandro y Tobías, que llegaron a los pocos meses de vida.Sebastián y Tobías“Lo más importante es el lugar en el corazón, el resto se acomoda”En ambos casos, fue el secretario del juzgado el que, con diferencia de varios años, le informó a Lonegro sobre el estado de adoptabilidad de ambos bebés. Alejandro, que ahora tiene 22 años, tenía 11 meses cuando se definió su adoptabilidad, pero ninguna de las familias que formaban parte de las listas de espera para adoptar lo quiso aceptar.“Esos padres generalmente hacen cualquier cosa por conseguir un bebé. A él no lo querían porque era Down, y yo no podía tolerar eso. A mi y a mi marido esas cosas nos ponen locos”, manifiesta Geraghty. Tobías fue el último varios años después.Con cada nueva incorporación, las habitaciones de los Lonegro cambiaban de mobiliario y de forma. Se apretaban más las camas, se sacaban o movían los placares y escritorios. La casa tenía -y sigue teniendo- un cuarto para los padres, uno para las hijas mujeres, que son tres, y otro para los varones, que son cinco. “Lo más importante es el lugar en el corazón, el resto se acomoda”, dice, entre risas, la madre.Tobías y sus dos sobrinos suelen jugar juntos; ahora, en pandemia, hacen videollamadasMás allá de las terapias y cuidados extra que requieren los tres hijos menores, los Lonegro llevan una vida parecida a la de cualquier familia numerosa, que hoy son cada vez menos frecuentes. “Los más grandes aman a sus hermanos menores. Tienen una relación muy linda, incluso ahora que ya no viven en casa. Hasta sus amigos llaman a los más chicos para ver cómo están. Es increíble el vínculo que se creó”, comenta Geraghty.Aislados a la espera de vacunasHoy, son solo tres los hijos que siguen viviendo con sus padres: Lorena (30), Alejandro (22) y Tobías (14). Los tres son considerados personas de alto riesgo para el coronavirus debido a su discapacidad. A diferencia de sus hermanos, Tobías todavía no ha sido inoculado contra este virus debido a que es menor de edad y la única vacuna aprobada para los adolescentes de entre 12 y 18 años es la producida por el laboratorio Pfizer, que todavía no se encuentra disponible en el país. Por esta razón, la familia se encuentra aislada desde hace un año y cuatro meses, lo que provoca efectos negativos en su estado emocional y en el desarrollo cognitivo de los tres hijos menores.Padres, hijos y nietos en una reunión prepandemiaGeraghty se sumó en los últimos meses a la agrupación de padres VacunaMe, que exige la inoculación de los menores con comorbilidades. “La pandemia fue bastante frustrante. Nosotros siempre intentamos que los tres sean lo más independientes posible: que puedan salir solos, ir a trabajar, hacer pequeñas compras. Pero hoy no pueden hacer nada de eso”, explica la madre. Hasta antes del inicio de la pandemia, Lorena y Alejandro estaban haciendo capacitaciones laborales en huerta y panadería y ya no lo pueden hacer. Tobías, en tanto, no puede volver a la presencialidad ni tampoco a su grupo de scouts. Según sus padres, los tres están perdiendo habilidades adquiridas por no poder ponerlas en práctica.La esperanza está puesta en la modificación de la ley de vacunas, que salió por decreto la semana pasado, y permitiría cerrar un acuerdo con Pfizer y otros laboratorios estadounidenses. “Lo que más queremos es que vacunen a Tobi y los chicos puedan volver a ser libres”, resume Geraghty.

Fuente: La Nación

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Fuente: La Nación

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Silvina Ballín, de 70 años, recibe desde hace meses cadenas de WhatsApp con distintas teorías conspirativas sobre las vacunas contra el coronavirus, que la llevaron a desconfiar. Margarita Burgos, de 54, nunca se fio de la industria farmacéutica y hoy siente especial aprensión por las dosis contra el Covid-19, debido a la rapidez de su elaboración. Inés, que prefirió resguardar su apellido, no cree mucho en la medicina tradicional: con 72 años, se medica casi únicamente con homeopatía y por ello considera que está “lo suficientemente inmunizada” para evitar contagiarse.Escándalo. Pese a las restricciones, personas de todo el país llegaron a Córdoba para un reality con youtubersA las tres las igualan dos cuestiones. Por un lado, pertenecen a los grupos habilitados para vacunarse en sus respectivos distritos. Por el otro, sin embargo, se niegan a aplicarse los sueros. Así, actualmente forman parte del conglomerado de personas que podrían estar inmunizadas o a la espera de su turno, pero no lo están.En la provincia de Buenos Aires, la tasa de personas que se encuentran en esa situación es del 29%, de acuerdo con datos registrados hasta el viernes 4 de junio. En la Capital, ese mismo grupo representaba para la misma fecha el 10,7%. En números absolutos, se trata de 3.398.859 personas en la provincia y a 134.933 en la ciudad, cifras que preocupan a los sanitaristas e infectólogos consultados, que destacan la importancia de tener un gran porcentaje de la población vacunada para poder controlar el virus y evitar su mutación.La campaña de inmunización avanza y las jurisdicciones piensan estrategias para captar a los que rechazan vacunarse Edgardo Knopoff, médico sanitarista y jefe del Área Programática del Hospital Piñero, considera que una gran parte de las personas que no se han empadronado no lo hicieron por falta de conocimiento sobre el tema, y otro grupo, por temor o incredulidad. “Las campañas de atemorización de la gente están teniendo importantes efectos negativos”, afirma el especialista, que también trabaja como profesor de Salud Pública de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA).Según destaca, la Argentina tiene una altísima tasa de vacunación histórica y posee el mejor calendario de vacunación de América Latina. Estos logros se fueron construyendo año a año, dice, lo que llevó por ejemplo en la Capital a un cumplimiento de la vacunación por arriba del 90%, porcentaje considerado sumamente elevado. Sin embargo, en los últimos años proliferaron en el país, al igual que en el resto del mundo, los movimientos antivacunas. “El regreso del sarampión es un clarísimo ejemplo de los problemas que generan estos movimientos. Éramos uno de los países que habíamos logrado erradicar la enfermedad y volvió en 2018”, explica Knopoff.CEO de BioNtech: “Queremos ser el motor de la inmunoterapia, pero primero tenemos que controlar la pandemia”Con las vacunas contra el coronavirus, el rechazo a la inoculación es más alto, destacan los especialistas. Según Juan Carlos Calvo, doctor en Química e investigador principal del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), esto se debe a múltiples razones.Contradicciones“Por un lado, hay información que se contradice, y eso les genera miedo y dudas a algunas personas. Hasta hace un tiempo circulaba información que decía que con la vacuna no te enfermabas ni te morías. Y, de repente, vemos gente que se enferma de coronavirus igual y alguna que se muere. Hasta la Organización Mundial de la Salud se contradijo varias veces. Recién ahora, que ya se aplicaron las vacunas en millones y millones de personas, se empieza a conocer información más concreta”, destaca Calvo. Y agrega: “Es importante tener en cuenta que las personas vacunadas que presentan cuadros graves de coronavirus son realmente muy, muy pocas”.El químico, que también es profesor titular plenario de la Facultad de Ciencias Exactas y Biológicas de la UBA, remarca otro semillero del miedo y la desconfianza: las cadenas de WhatsApp y los posteos en redes sociales con fake news.“Los movimientos antivacunas están haciendo un daño terrible. Es preocupante. Agarran ciertos datos que pueden ser verdaderos y los amplifican. Decían, por ejemplo, que las vacunas son peligrosas porque tienen mercurio. Es cierto que las vacunas tienen mercurio, pero lo que recibe cada persona en las dosis no es nada y no genera ningún mal. El conocido antiséptico Merthiolate que se usa para las heridas también tiene mercurio”, explica Calvo.Ayer llegaron al país más vacunas de AstraZenecaLos especialistas destacan la importancia de tener un gran porcentaje de habitantes inoculados contra el Covid-19 para lograr lo que se conoce como inmunidad de rebaño. “Con una importante porción de la población vacunada, la circulación del virus baja y hay menos posibilidades de que mute”, apunta Calvo. Si la alta circulación persiste, existe el riesgo –recuerda– de que surjan nuevas variantes que no respondan a las vacunas, que fueron producidas sobre la base de la variante original. Por ahora, sin embargo, han demostrado ser efectivas para afrontar las cepas que surgieron en los últimos meses.En febrero, un estudio desarrollado por el Instituto Butantan, el centro de investigación y producción de vacunas vinculado al gobierno de San Pablo, en Brasil, hizo una prueba con la vacuna china Coronavac en Serrana, un pueblo de 30.000 habitantes, para saber qué porcentaje de una población debe estar vacunado para lograr contener la pandemia. Para ello, en dos meses vacunaron con ambas dosis a 27.000 personas. Los resultados obtenidos, que fueron difundidos este mes, muestran que con el 75% de la población objetivo inmunizada con las dos dosis de ese producto se pudo controlar la pandemia en ese territorio.“Cualquier enfermedad infectocontagiosa con un 70% o un 75% de la población vacunada está controlada; no erradicada, pero sí controlada. Por eso es muy importante que las personas se vacunen. En Estados Unidos todavía no llegaron al 80% y ya están teniendo días de cero muertos, en una población enorme. Lo mismo sucede en Gran Bretaña e Israel. Esos son los datos que hay que mostrarles a los que dudan de la vacunación”, suma Knopoff.EstrategiasCon la intención de aumentar el caudal de vacunados, en las últimas reuniones del Consejo Federal de Salud (Cofesa), en el que participan el Ministerio de Salud de la Nación y las carteras sanitarias de las provincias, la autoridad nacional bajó la recomendación a las jurisdicciones de contactar a los no vacunados para concientizar y facilitar el trámite del empadronamiento.En ese contexto, la semana pasada el subsecretario de Estrategias Sanitarias, Juan Manuel Castelli, indicó que “el 83% de las personas de 60 o más años ya tienen aplicada una dosis” y remarcó la importancia de salir a buscar a los no inscriptos “para alcanzar el 90% de la cobertura en esa franja”. Con este objetivo, el gobierno bonaerense anunció que los mayores de 70 van a poder vacunarse sin turno previo.“La vacunación no depende de la edad de la persona o de si tiene o no condiciones de riesgo. Uno indica este tipo de vacunas en función de un beneficio colectivo. Estas vacunas no son 100% efectivas. Esto implica que es indispensable vacunar a un gran porcentaje de la población para impedir que el virus llegue a los más vulnerables”, detalla Pablo Scapellato, médico infectólogo y miembro de la Sociedad Argentina de Infectología (SADI).A su vez, ahonda en el tema de los riesgos de vacunarse, principal preocupación de quienes se niegan a hacerlo. Scapellato afirma que los peligros son mínimos, al igual que con cualquier medicamento y vacuna. “No hablamos de los riesgos de la aspirina y, sin embargo, los tiene. No hay intervención médica que esté exenta de riesgos, ni siquiera una operación de apendicitis. Con estas vacunas, los efectos adversos parecen ser enormemente infrecuentes. Los riesgos de morir de Covid son mucho más altos que los riesgos de la vacuna, incluso en los jóvenes”, indica Scapellato.

Fuente: La Nación

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Desde el inicio de la pandemia se habla de tres consignas principales para evitar contagios de Covid-19: distanciamiento, uso de tapabocas y ventilación. Las recomendaciones se profundizan, sin embargo, cuando personas que poseen el virus conviven con otras que parecieran no haberse contagiado. En esos casos, ¿qué cuidados extra deben sumarse? ¿Cómo se deben limpiar los ambientes? ¿Qué recaudos hay que incorporar si la vivienda carece de un ambiente o un baño para uso exclusivo de el o los contagiados? La lista es extensa, pero simple, y entre los especialistas consultados por LA NACION hay grandes consensos.El primer aspecto que destacan es la importancia de que, siempre que sea posible, la persona con diagnóstico positivo de coronavirus permanezca aislada en una habitación y utilice un baño distinto al del resto de los convivientes no contagiados. El aislamiento es la medida primordial para evitar contagios. Sin embargo, destaca Laura Barcán, medica infectóloga del Hospital Italiano y miembro de la Sociedad Argentina de Infectología (SADI), no en todas las residencias existe esta opción. Cuando la casa no posee dos ambientes o dos baños, indefectiblemente, contagiados y no contagiados deben compartir espacios, y en esos casos, los cuidados deben incrementarse. “Si se cruzan en algún espacio, que no es lo ideal, tiene que ser con barbijo”, destaca la médica.En caso de utilizar el mismo baño, Barcán recomienda limpiar el inodoro con lavandina cada vez que una persona con coronavirus lo utilice. Para el resto de los objetos de uso común, como canillas, bacha, picaportes y cubiertos, ella desestima la necesidad de utilizar el mismo producto. En cambio, propone el uso de detergente o de alcohol diluido, que han demostrado ser efectivos para eliminar el virus de objetos y superficies.Estiman que las vacunas cubanas contra el Covid recién llegarían a la Argentina en 2022Lautaro De Vedia, médico infectólogo del Hospital Muñiz y miembro de la SADI, en cambio, recomienda por precaución pasar un trapo con lavandina diluida tanto sobre los encubiertos y platos como también sobre todos los objetos del baño que se utilicen de manera compartida. Destaca, a su vez, la importancia de no compartir productos de higiene personal, como, por ejemplo, la pasta de dientes.Con respecto de la cocina y la comida, los especialistas consultados coinciden: en caso de tener un cuarto para poder aislarse, el contagiado debe comer allí y los convivientes deben acercarle la comida a través de la puerta. Para ello, ambos deben colocarse el tapabocas y la persona no contagiada debe limpiarse las manos con alcohol en gel luego del encuentro.En caso de vivir en un monoambiente, Martín Hojman, infectólogo del Hospital Rivadavia y miembro de la SADI, recomienda que los convivientes coman en horarios diferidos, mantengan el ambiente ventilado permanentemente y, de ser posible, eviten estar a menos de dos metros.“Cuando el contagiado no tiene un ambiente exclusivo para aislarse, la situación es muy difícil de manejar. Es imposible que todos estén con barbijo todo el día. Por eso, hay que tratar de evitar la cercanía. Si tienen que comer en un solo lugar, que coman en momentos distintos”, explica.¿Quién es considerado un contacto estrecho?Normalmente, la categoría “contacto estrecho” abarca a quienes permanecieron a menos de dos metros de una persona contagiada, ambos sin barbijo, durante las 48 horas previas al inicio de los síntomas. Hojman, sin embargo, considera que en todos los casos los convivientes de una persona con coronavirus son contacto estrecho.“Seguramente, si estuvo a más de dos metros, tendrá menos chances de haberse contagiado, pero siempre hay posibilidades. Con las nuevas variantes, las vías de contagio no cambian, pero sí aumenta el riesgo de contagio. Es fundamental que los convivientes se aíslen por 10 días. Hay gente que actualmente no lo está cumpliendo”, señala Hojman.Cuáles son las comorbilidades que agravan el pronóstico si tenés coronavirusTambién remarca que los vacunados con una o dos dosis que son contacto estrecho deben aislarse como cualquier otra persona, ya que la vacuna no evita la posibilidad de contagio, aunque sí la disminuye.El aislamiento de las personas con casos leves y moderados de coronavirus, que en un principio se pedía que fuera de 10 días a partir del diagnóstico positivo, ahora también se exige que sea de 10 días, pero a partir del inicio de los síntomas.

Fuente: La Nación

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