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Jorgelina Hiba

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Jorgelina Hiba Messages

Sin Ley de Humedales para ordenar los usos productivos del territorio, con recursos que son escasos y dificultades de gestión estatales que son enormes, la crisis de las quemas en el complejo y frágil sistema de humedales que constituyen el Delta del Paraná atraviesa su segundo año seguido, potenciada por una bajante histórica del Paraná que aún no llegó a su pico más extremo, que recién será en noviembre.La región más húmeda de la Argentina se quedó seca y así afectó a sus habitantesLa ausencia de los cortafuegos naturales por la sequía y el escaso caudal de agua del río, hace que los incendios, utilizados desde hace décadas para “limpiar” el terreno de vegetación seca y favorecer el rebrote de pastos para el ganado, no encuentren freno. Productores agropecuarios en su mayoría, pero también cazadores, pescadores e incluso baqueanos utilizan el fuego como herramienta de manejo, en un ambiente que no se regula naturalmente de esa forma, sino por los pulsos de creciente y bajante.Desde las organizaciones ambientalistas calculan que, en los últimos 20 meses, se incendiaron unas 900.000 hectáreas sobre los 2,3 millones totales del Delta (Marcelo Manera/)Ni el antecedente de 2008, cuando el humo invadió la ciudad de Buenos Aires, ni las alertas lanzadas por muchos grupos ambientalistas ya en febrero del año pasado sobre lo que podía pasar con los incendios, sirvieron para desactivar una enorme crisis socioambiental que ya se llevó puesta una buena parte del territorio insular del Paraná y que generó graves episodios de contaminación del aire en las ciudades costeras como Rosario, la ciudad de Santa Fe, San Lorenzo, Villa Constitución y San Pedro.No hay estadísticas oficiales actualizadas, pero desde las organizaciones ambientalistas como la Red Nacional de Humedales (Renahu) calculan que, en los últimos 20 meses, se incendiaron unas 900.000 hectáreas sobre los 2,3 millones totales del Delta. A los casi 40.000 focos de incendios registrados el año pasado ya se sumaron en 2021 más de 10.000, según los registros que lleva el museo de Ciencias Naturales Antonio Scasso de San Nicolás.“En 2008 tuvimos una crisis muy grave pero casi no se habló, salvo algunos académicos. Ahora la sociedad empezó a conectar todo: la bajante, las quemas, la contaminación. La catástrofe se hizo evidente, el humo está cerca y lo padecemos en primera persona” sintetizó Jorge Liotta, biólogo y director del museo Scasso. En un escenario de aceleración de la crisis climática global, dentro de la cual los expertos estiman que los incendios forestales serán cada vez más frecuentes y extendidos, las quemas en el Delta son una bomba de tiempo que urge desactivar.¿Por qué se quema el Delta?Si el 95% de los incendios son intencionales (así lo afirma el ministerio de Ambiente de la Nación), la pregunta del millón es saber quiénes prenden el fuego, y porqué. Para Liotta y Beatriz Giacosa, también bióloga y parte de la Fundación Humedales, “es una pregunta recurrente sin respuestas sencillas”.Según el ministerio de Ambiente nacional, el 95% de los incendios son intencionales (Marcelo Manera/)“En la época del rebrote (el final del invierno), siempre aumentan los incendios, entonces hay una vinculación con la ganadería. Pero es algo multicausal, echarle la culpa a un solo sector es simplificar demasiado”, dijo Liotta. La bióloga avanzó en el mismo sentido y explicó que se trata de una práctica habitual para limpiar el territorio que no sólo utilizan los productores, sino también algunas personas que viven en la zona de Islas, así como los cazadores y otros “usuarios” del territorio.Cesar Massi, de la Renahu, señaló que “ha quedado claro que los incendios no son naturales” y que en los dos últimos años, sequía y bajante mediante, la zona se convirtió “en un polvorín”. Massi apuntó directamente contra los productores ganaderos ya que el fuego se prende “para generar pasturas nuevas y que no se termine el pasto”. “Hay intentos evidentes de quemar grandes superficies para las vacas, puede haber algo de pescadores, cazadores o paseantes, pero visto como se quemaron los 800 kilómetros de costa santafesina del Paraná, los Bajos Submeridionales y buena parte de Corrientes, todas zonas ganaderas, está claro que las quemas son para cambiar el uso del suelo”.Para Sergio Federovisky, biólogo y actual viceministro de Ambiente de la Nación, hay que diferenciar entre la quema para el rebrote de pasto nuevo (que implicaría incendios a partir de la primavera) y lo que pasó en los dos últimos años: fuego intencional con la finalidad de que avance la frontera agropecuaria para agricultura o ganadería. “Lo que tuvimos en 2020 y este año es desmonte con fuego, porque se usan a los incendios como reemplazo de la topadora”.Desde el sector ganadero, por su parte, reconocen que hay que cambiar pautas culturales históricas para adaptarse a las nuevas demandas sociales, donde la sustentabilidad y el cambio climático ocupan un lugar cada vez más preponderante. Según Raúl Milano, productor agropecuario y director ejecutivo del Rosgan (el mercado ganadero de la Bolsa de Comercio de Rosario), la ganadería de Islas es una antigua práctica productiva en las provincias litoraleñas argentinas que hoy representa una enorme oportunidad comercial al trabajar con pasturas naturales, lo que se traduce en animales cuya carne se valoriza más en los mercados internacionales.Este año, la ciudad de Rosario estuvo varias veces cubierta de humo debido a los incendios en el Delta (Marcelo Manera/)“El criterio cultural de quemar para renovar pasturas hoy requiere una acción más responsable y regulada para que estos emprendimientos individuales tengan un contralor importante. Hay que hacer un mix, la ganadería es una oportunidad y no un problema, hay que ser inteligentes y tener elementos de control y regulación para que exista responsabilidad si hay quemas en las Islas”, dijo Milano, quien agregó que la ganadería en pasturas naturales “no tiene ninguna incidencia en el cambio climático”.La polémica por la superficie afectadaLa falta de información sistematizada sobre la cantidad de incendios y la superficie afectada es un primer obstáculo para intentar establecer políticas públicas. “No encontrábamos información más o menos continuada sobre las quemas, por eso empezamos a generar la nuestra” explicó Liotta, quien tomó la decisión, en marzo de 2020, de comenzar a elaborar y difundir un reporte semanal de quemas. En base al análisis de datos satelitales, suma los focos diarios en la zona denominada Piecas Delta del Paraná, un área que va desde la ciudad de Santa Fe, al norte, hasta Escobar (Buenos Aires), al sur, contemplada en un plan de manejo (el Piecas) creado después de la gran crisis de incendios de 2008. “Tomamos un satélite, que es el que mejor resolución tiene, y hacemos los informes. Tratamos de generar un servicio y que la información esté disponible para todos”. Desde la Renahu estimaron que en los dos últimos años se quemaron más de 900.000 hectáreas solo en esa zona. Según datos difundidos desde el museo Scasso, sólo este año se quemaron unas 153.000 hectáreas.Para Federovisky, desde lo metodológico, no es determinante publicar la superficie incendiada ya que “no es lo mismo una hectárea en el Delta que una en zona de interfaz en la Patagonia, o 100 hectáreas en el valle de Calamuchita, en Córdoba, que en zona de actividad ganadera”. “Son cálculos que en sí mismos no dicen nada, salvo que vengan acompañados de un contexto que contemple la calidad y el tipo de hectáreas incendiadas”, dice. “Creo que la divulgación de la información respecto de la cantidad de hectáreas quemadas es una cuestión muy controvertida que tiene un valor periodístico discutible”, argumentó el actual viceministro de la cartera ambiental.La destrucción de un aliado clave contra el cambio climáticoEn un contexto de aceleración de la crisis climática, detener la destrucción del Delta debería ser una prioridad. Así lo argumenta Graciela Klekailo, ecóloga e investigadora de la facultad de Agrarias de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). “Todas nuestras actividades productivas, en este momento histórico, deben ubicarse en un escenario de cambio climático”, señaló, para agregar que los humedales son sumideros de carbono “incluso más importantes que muchos bosques”. Al quemar este territorio, entonces, no sólo se ataca su capacidad natural para atrapar carbono, sino que se suma la liberación de más gases de efecto invernadero. “A la luz del sexto informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático, lo que estamos haciendo con el Delta es más grave aún, ya que cuando quemamos grandes superficies de humedales aumentamos la emisión de esos gases”.La Ley de Humedales, presentada por primera vez en 2013, ya perdió varias veces estado parlamentario y se encamina a hacerlo una vez más (Tomas Cuesta/)En 2008, una gigantesca crisis de incendios en la zona sur del pre Delta llenó de humo durante varios días a la ciudad de Buenos Aires. En ese momento se articuló el Piecas, un plan de gestión que buscaba acercar a las diferentes jurisdicciones que comparten el Delta que nunca se terminó de activar por completo. “En 2008 se quemó algo parecido en superficie a lo del año pasado. Pero a diferencia de antes, ahora hubo mucha más repercusión pública”, puntualizó Liotta.Ese año, científicos especializados en el estudio de los Humedales agrupados en la Universidad de San Martín alertaron que, si no se avanzaba con normativa específica y con recursos para control y sanción, esos episodios de quemas masivas se iban a repetir con mayor frecuencia. Nada ocurrió desde 2008 a esta parte y la reacción estatal sigue siendo “correr de atrás” al problema. Así lo afirmó Klekailo, para quien si el plan de manejo del Piecas hubiera funcionado mejor “se podría haber prevenido esta crisis, al menos en parte”, ya que hubiera podido haber una mayor y mejor coordinación entre los diferentes actores que interactúan en el territorio.El Estado bajo la lupaLas organizaciones ambientalistas han destacado que con el voluntarismo estatal no alcanza para que las cosas funcionen y que la escasa articulación, mala ejecución, poquísimo control y nulas sanciones dejaron el territorio liberado para la destrucción del ambiente. “La crisis de 2008 nos dejó el Piecas y la de 2020/21 los Faros de Conservación, pero que están en el estado que conocemos: a medio implementar. Todo carretea y va muy lento”, apuntó Giacosa. “Hay cosas que desde la gestión llevan tiempo y no está alcanzando lo que se está haciendo. Tener que mover la maquinaria del Estado para acciones concretas hace que todo sea poco o tarde. Hay un cambio, lo vemos, pero todavía no es suficiente, falta mucha articulación entre los organismos y el sector académico”, agregó la especialista.Liotta avanzó con un argumento similar: “a veces nuestro federalismo nos juega en contra porque las provincias tienen distintos sistemas de monitoreo y Nación sólo envía ayuda si las provincias piden. Nos morimos en esa burocracia y al final las cosas no se hacen”. Klekailo opinó de forma muy parecida al referirse a los Faros de Conservación, el programa de vigilancia y prevención de incendios en el Delta que Nación lanzó el año pasado durante el pico de las quemas, pero que aún casi no funciona: “Un año después vemos que son predios casi sin uso que no están cumpliendo el rol asignado, que era poder lanzar alertas tempranas”.Desde Ambiente de Nación no opinan lo mismo. Para Federovisky, la instalación de los Faros no está demorada: “es una acción concreta del Estado y hay que valorarla. No hay que quedarse en si se atrasó una semana o dos la colocación de las torres porque es la primera vez que se instala esta tecnología en Argentina”, dijo el funcionario, que agregó que “siempre se dijo que a finales de septiembre u octubre iba a estar funcionando”. “Esto nunca se hizo, es una perspectiva distinta en el trabajo vinculado al fuego porque impone una lógica de prevención y alerta”, aseguró. También agregó que la agudización de los incendios forestales es un fenómeno global potenciado por el cambio climático, que genera sequías más prolongadas y mayor estrés hídrico en la vegetación. “Pasa en todo el mundo, no sólo en la Argentina”, subrayó.Ley de Humedales, en la columna de los pendientesComo nunca antes, el reclamo por una Ley de Humedales creció y se instaló en la opinión pública durante 2020 y este año, apalancado en la enorme cantidad de quemas y en los problemas de salud asociados al humo, que son graves y que afectan de manera periódica a centenares de miles de personas que habitan en las ciudades ribereñas del Paraná.A las masivas movilizaciones sociales que decenas de veces cortaron la ruta que une las ciudades de Rosario y Victoria se sumó una histórica travesía en kayak que, en agosto pasado, unió Rosario con Buenos Aires. “En 2008 tuvimos humo muchos días, tal vez más que ahora, pero sólo se escucharon algunos académicos advirtiendo sobre el problema. Ahora hubo una gran reacción de la gente, tanto a través de organizaciones formales como de forma espontánea. Eso es una gran diferencia”, señaló Giacosa.Por ahora, y como suele pasar en los años de elecciones, el Congreso da pocas señales de vida. La Ley de Humedales, presentada por primera vez en 2013, ya perdió varias veces estado parlamentario y se encamina a hacerlo una vez más, a pesar de que la presión social y el grado de devastación ambiental en esos ambientes es más fuerte que nunca.Sin cambios de fondo tanto a nivel normativo como a nivel operativo, las quemas pueden ser cada vez más recurrentes, en un contexto global de crisis climática acelerada y mayor frecuencia e intensidad de incendios forestales. Para Liotta, en lo que resta del año la altura del rio no mejorará de forma significativa y sólo queda la lluvia como aliada. “No habrá creciente como para que cambie el escenario de los incendios. Nos puede salvar la lluvia, pero cuando se dispara un incendio de 10.000 hectáreas en una semana no lo parás con nada. Lo único es la prevención y la concientización”, dice.Para Giacosa “existen más preguntas que respuestas”. “Siento una mezcla de miedo y esperanza. Miedo porque el cambio climático ya es una realidad y no sé qué va a pasar con el rio, nunca dudé que el Paraná todo lo podía y ahora ya no sé. No sé qué va a pasar con el sistema, con la cuenca. La esperanza viene por el lado de que la sociedad está más despierta y más activa. Nos falta un montón, pero hay mucha más gente preocupándose por el río y el ambiente”.

Fuente: La Nación

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ROSARIO.- “Antes acá las familias venían en canoa o en lancha y dejaban a los chicos a veinte metros de la entrada de la escuela. Hoy vienen en cuatriciclo, a caballo, en bici o caminando, porque no quedó más agua. Nunca vi esto”. Miriam Duré es directora y docente en la escuela rural Martín Jacobo Thompson, ubicada en islas entrerrianas del Delta medio del Paraná, muy cerca de Rosario. Trabaja hace 21 años allí y, como todos aquellos en estrecha relación con el río por elección o necesidad, todavía no puede creer que esta bajante histórica no termine más. “Extraño el agua. Nosotros estábamos preparados para las inundaciones, por eso la escuela está hecha sobre pilotes. Esto nos descolocó por completo”.Cuatro postales impactantes de cómo la bajante del Paraná redibujó el paisaje fluvial del LitoralLa salida escolar, a las 12.45 de cada mediodía entre el lunes y el viernes, es una postal de la nueva normalidad de los habitantes de esta porción del territorio del Litoral: de a poco se van arrimando padres y madres caminando, mientras otros llegan en cuatriciclo atravesando terrenos donde el verde furioso de la vegetación nativa fue dejando paso al gris y al marrón característico de la sequía, esa que desde hace dos años alteró por completo la forma de vivir y de trabajar en uno de los humedales más habitados y grandes de Sudamérica.Miriam Duré es directora y docente en la escuela rural Martín Jacobo Thompson, ubicada en islas entrerrianas del Delta medio del Paraná, muy cerca de Rosario; todavía no puede creer que esta bajante histórica no haya terminado (Marcelo Manera/)Según datos de la Plataforma de Estudios Ambientales de la Universidad Nacional de Rosario, la cobertura de agua en esta zona del delta llega apenas al 7% del territorio, cuando en promedio alcanza al 40%. La sequía severa que afecta al sur de Brasil, donde el río comienza su recorrido de casi 5.000 kilómetros, está en el origen de esta pampeanización de las islas que modificó a fondo la vida cotidiana de sus habitantes: hoy tienen que salir a buscar agua en bidones hasta el canal principal del río para abastecer las necesidades de ranchos y casas que quedaron a centenares de metros de la costa.El río sin orillas, que retrató con maestría Juan José Saer, perdió su esencia. El Paraná, el pariente del mar para los guaraníes, entrega hoy un paisaje inédito e incómodo que desconcierta y entristece a quienes lo transitaron desde siempre.Una escuela inaccesibleHasta mediados de 2019, la enorme mayoría de los 34 chicos que asisten a la primaria y a la secundaria de la escuela Thompson llegaban en sus embarcaciones hasta una caleta que está a unos 20 metros de la entrada, enmarcada por dos pequeños pilotes.Tras dos años de aguas bajas las dos bocas de ingreso a la laguna El Embudo, donde está ubicada la escuela, quedaron taponadas con sedimentos y vegetación y ahora sólo se puede acceder por tierra: “los chicos ahora llegan caminando, algunos tienen tramos de hasta una hora. Otros vienen en cuatriclo, a caballo y hasta en bicicleta. Llegan cansados a veces” explica la directora, que hasta hace cuatro años atrás vivía en el propio edificio escolar y hoy tiene una casa ubicada a pocos metros. La escuela está montada sobre gruesas columnas de hormigón porque, como repite Miriam, “en las islas siempre nos inundábamos, estábamos preparadas para ese problema”.Acostumbrados a las inundaciones, la escuela está construida sobre pilotes (Marcelo Manera/)La sequía genera muchos inconvenientes, además de las dificultades para moverse. La bomba de extracción de agua de la laguna, que servía para abastecer a la escuela de líquido para limpiar y lavar platos y ollas, quedó a más de una cuadra de distancia, lo que obligó a instalar otra bomba y montar nuevos caños. También se dificultó, y mucho, el transporte de la mercadería y los bidones de agua potable que se usan para la comida de los chicos y como ayuda a las familias, que ahora debe hacerse a pie desde el canal principal, ubicado a media hora de caminata.Pero una de las cosas que más preocupan a la docente es la posibilidad de una emergencia médica: “si llega a pasar un accidente estamos aislados y tenemos una larga caminata hasta una lancha. ¿Si le pasa algo a alguien cómo lo llevamos? Antes era mucho más fácil, como yo venía en canoa, si pasaba algo yo cargaba al chico y me cruzaba a Rosario rápido”, rememora.Los alumnos solían llegar embarcados, pero ahora muchos caminan, o van a caballo o en cuatriciclo
(Marcelo Manera/)A modo de ritual, cada día Miriam y sus alumnos miran la altura del río y si llovió o no aguas arribas, a la altura de Misiones, para luego calcular cuánto podría tardar en replicarse eso en mayores niveles de caudal a la altura de Santa Fe. “Nada por ahora”, sintetizó. Su lectura práctica de la realidad concuerda con los escenarios que, cada semana, actualiza el Instituto Nacional del Agua (INA): la bajante no llegó a su pico aún. Por el contrario, se irá profundizando hasta finales de octubre o primeros días de noviembre, cuando se esperan niveles comparables a la bajante de 1944, la más severa registrada desde 1884, cuando comenzaron a tomarse registros.Pescadores sin canoas“Esto es un desastre”. La frase se repite con resignación entre los habitantes de El Espinillo, un barrio ubicado en una de las islas que se despliegan frente a Rosario. La falta de agua dejó sin herramientas y sin palabras a estos trabajadores del río, que cada día buscan reinventarse mientras ruegan que el gigante marrón vuelva a ofrecerles cobijo y posibilidad de subsistencia.Marta Zendra anda descalza y con gorrita de Rosario Central. Vive en un rancho sencillo con patio de tierra donde algunas gallinas se mezclan con redes colgando que se secan al sol. Está en El Espinillo desde que nació, viene de familia pescadora y es, además, la única mujer de la zona que ejerce ese oficio, tal vez el más antiguo del Litoral. “Yo pesco, a mi me encanta ir a pescar, pero ahora con la bajante no puedo ir a las lagunas donde me gustaba ir, es terrible”, cuenta, para agregar que también se le dificulta ir a su otro trabajo, que es hacer mantenimiento y limpieza en uno de los muchos paradores turísticos que hay sobre el río. “Mi trabajo está en la otra isla y ahora tengo que ir caminando, una hora y cuarto de ida y otra hora y cuarto de vuelta. Antes iba en la canoa, pero la bajante cerró el arroyo”.Marta Zendra es la única mujer pescadora de la isla El Espinillo, frente a Rosario (Marcelo Manera/)Para la mujer “la bajante arruinó casi todo”. “Nunca en mi vida vi el río así, pero no le echo la culpa a nadie, es la naturaleza. El río hace lo que quiere y tenemos que aguantarlo así, va y viene, ya estamos acostumbrados”.A pocas casas de distancia, sobre un riacho que quedó seco y que ahora parece una calle de tierra donde se acumulan algunas canoas varadas y bastante basura, viven Raúl y Mónica Carrizo. El pescador fuma y se queja por el trabajo que quedó sin hacer por la falta de agua. “Hace 45 años que estoy acá y nunca vi esto, me llama la atención, está muy bajo el Paraná y desde hace mucho. No se puede trabajar así porque no sacás pescado, no sacás nada. Me tengo que quedar acá nomás y esperar” dice el hombre. Como el resto de los habitantes del barrio, afirma que nadie tiene la culpa de lo que pasa, que son cosas de la naturaleza, y que sólo queda acostumbrarse y esperar que se resuelva con las lluvias que nunca llegan.Cristian Garate, pescador de El Espinillo, tiene que caminar varios cientos de metros desde su casa para poder llegar al canal que usa para moverse en su lancha (Marcelo Manera/)Según un informe reciente del Servicio Meteorológico Nacional, el 75 % del área de la cuenca del Paraná (que tiene una superficie total tan grande como toda la Argentina) está afectada por sequías moderadas a excepcionales, lo que equivale a aproximadamente a unos 70 millones de hectáreas. A eso se le sumó la posibilidad cada vez mayor (los expertos calculan un 70%) que hacia finales de año vuelva el fenómeno de La Niña, que se traduce en menos precipitaciones para toda la región.La otra orillaSi bien los efectos más duros de la bajante se perciben entre los habitantes de las islas del Delta, son muchas las actividades de tipo recreativas o turísticas con base en la ciudad que también sufren de primera mano este fenómeno extremo. Los clubes náuticos, muy numerosos en Rosario y la región (la Unión de Clubes de la Costa reúne a unas 30 entidades), hace dos años que no operan con normalidad y muchas embarcaciones no pueden navegar al estar las guarderías y caletas sin una sola gota de agua. Si bien es imposible saber con certeza cuántas lanchas y veleros están varados, es una proporción importante de las 25.000 embarcaciones que integran el padrón náutico de la ciudad y zona de influencia, el segundo en importancia a nivel nacional.Federico Clérico maneja un taxi náutico que cruza turistas y habitantes de Rosario a las playas y paradores de las Islas; ruega porque la bajante llegue a su fin (Marcelo Manera/)Darío Schmunk trabaja en el club Círculo Alemán de Rosario, donde está a cargo de la escuela náutica. Es, además, un experimentado navegante a vela que conoce de cerca toda la cadena del sector, que va desde proveedores, entrenadores deportivos y personal de los clubes a empleados de paradores turísticos, lancheros y vendedores de equipamiento. “Con el agua en este nivel los clubes y guarderías dejan de prestar su servicio básico, que son las embarcaciones flotando. Es imposible dragar por debajo del nivel del río, y además es muy caro. No hay solución posible por ahora”, razonó. En promedio, un día de trabajo de algunas de las pocas firmas de dragado que operan en la zona cuesta entre 70.000 y 100.000 pesos.El sector de los taxis náuticos y lancheros que cruzan turistas y habitantes de Rosario a las playas y paradores de las Islas, una actividad muy habitual en los meses de verano, es otro que ruega porque la bajante llegue a su fin. Federico Clérico, con diez años de experiencia en el rubro, contó que el menor cauce impide navegar por muchos lugares que eran habituales: “tengo que explicar que se puede pasear menos porque no se puede llegar a los lugares habituales ni meterse en lagunas ni riachos. Casi no se puede entrar a las Islas, ya, y vamos para el tercer verano seguido sin agua”.Los clubes náuticos hace dos años que no operan con normalidad y muchas embarcaciones no pueden navegar al estar las guarderías y caletas sin una sola gota de agua
(Marcelo Manera/)Con el trabajo a media máquina, Clérico tuvo que salir a completar su jornada laboral con otras tareas en algunos de los muchos puertos agroexportadores de la zona, siempre en relación con el traslado de personas en el río. “Somos un sector que casi no recibió ayuda”, reclama, al tiempo que se lamenta de que no se hayan hecho algunos trabajos de dragado a tiempo para despejar los accesos a en la zona del Delta medio. “Las consecuencias están a la vista. Ya casi no podemos trabajar”.¿Cuál es la solución a esto? Isleños, pescadores, navegantes y gente del río responden lo mismo: que llueva en Brasil, allí donde el Paraná se nutre de agua y comienza su largo camino hasta el río de La Plata. Hasta que eso ocurra, no antes del verano, sólo queda esperar.

Fuente: La Nación

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ROSARIO.– Desde el jueves de la semana pasada, los habitantes de Villa Constitución, una ciudad de 50.000 habitantes ubicada en el límite sur entre Santa Fe y Buenos Aires, viven en el infierno. Las gigantescas quemas desatadas en la zona de islas, allí donde el río Pavón se desprende del Paraná, ya arrasaron miles de hectáreas. Cuando el viento sopla del Este, la ciudad se llena de un humo denso y una capa de cenizas, lo que disparó las consultas médicas por alergias y problemas respiratorios.Los incendios frente a Villa Constitución y San Nicolás de los últimos días son el más reciente episodio de una dramática saga de miles que comenzó en febrero de 2020 y que se extiende hasta hoy. Según los cálculos hechos por César Massi, referente de la Red Nacional de Humedales (Renahu), desde ese momento hasta ahora se quemaron unas 850.000 hectáreas solo en la zona denominada Piecas Delta del Paraná, que va desde la ciudad de Santa Fe al norte hasta Zárate (Buenos Aires) por el sur. El fuego consumió en un año y medio más de la tercera parte de un territorio conformado por alrededor de 2,3 millones de hectáreas. Una superficie equivalente a 42 veces la ciudad de Buenos Aires.Secretos de la ciudad: un viaje no apto para claustrofóbicos por túneles del sistema de agua que datan de 1870La última semana de agosto fue la que más incendios concentró en 2021: según el relevamiento semanal que hace el Museo de Ciencias Antonio Scasso, de San Nicolás, entre el 23 y el 30 de este mes se registraron 2323 focos sobre un total de 9300 desde enero hasta ahora, convirtiendo a este año en el segundo peor en cantidad de incendios desde 2012, solo superado por 2020.Brigadistas trabajan para apagar los incendios en el Delta, que hacen cubrir de humo la zona de San Nicolás y Villa Constitución (Marcelo Manera/)Humo y contaminaciónLas consecuencias de los incendios, que según el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación son intencionales en un 95% de los casos, son innumerables: a la destrucción del ecosistema, la erosión de suelos y la alteración de ritmos de vida de fauna y flora se suma la contaminación que el humo genera, que afecta seriamente la salud humana de los centenares de miles de personas que habitan en las ciudades grandes, medianas y pequeñas asentadas sobre la costa del Paraná. Diego Martín, concejal socialista y presidente del Concejo Municipal de Villa Constitución, sostuvo que en los últimos días se multiplicaron en esa ciudad las consultas pediátricas por alergias o dificultades respiratorias relacionadas con la presencia de humo.La Universidad Nacional de Rosario, que realiza mediciones de calidad del aire de manera periódica, alertó en varias ocasiones que cuando las partículas contaminantes flotan en el ambiente la calidad del aire se deteriora con rapidez y supera los límites recomendados por la Organización Mundial de la Salud. Cuando el humo cubre Rosario, como ocurrió durante el pasado fin de semana, las partículas contaminantes duplican, triplican o hasta cuadruplican los niveles considerados como tolerables.Modelo productivo y ley de humedalesPara Massi, las quemas encuentran su explicación en la persistencia de un modelo productivo que usa al fuego en el humedal del Paraná como método de “limpieza” del terreno. La severa bajante del río, sin lagunas ni riachos que funcionen como cortafuegos naturales, hace el resto del trabajo. “Precisamos una ley de protección de los humedales porque hay que reconfigurar con urgencia las actividades que se hacen en los territorios. Hoy no hay control que valga y nadie detiene ni las quemas ni los endicamientos. Falta decisión política, recursos y control. Sin ley, cada uno hace lo que quiere y vamos siempre atrás del daño”, argumentó el ambientalista.Por los incendios en el Delta, el humo cubre la zona de San Nicolás y Villa Constitución (Marcelo Manera/)El domingo pasado, centenares de personas convocadas por la Multisectorial de Humedales cortaron durante varias horas el tránsito en el ingreso del puente Rosario/Victoria para pedir al Congreso de la Nación que destrabe el tratamiento de esa ley, que corre riesgo de volver a perder estado parlamentario como ya ocurrió en tres ocasiones. A principios de mes, un grupo de unos 40 kayakistas unió a remo Rosario y Buenos Aires para visibilizar el reclamo, hasta ahora sin respuestas concretas por parte de los legisladores nacionales.Respuestas estatales“Hace exactamente un año atrás, el 22 de agosto de 2020, el ministro Cabandié [Juan, responsable de la cartera nacional de Ambiente] prometió que acá en Villa Constitución iba a funcionar un faro de conservación para prevenir las quemas. Pero el avance fue nulo y solo hay un guardaparque, sin recursos ni herramientas” explicó Martín. Los faros de conservación, una red de cinco instalaciones en diferentes puntos del Delta medio con personal y tecnología pensada para prevenir y monitorear los incendios, fueron anunciados el año pasado en el pico de las quemas.En el reporte diario que emite el Ministerio de Ambiente se detalla que las torres de control ya fueron adjudicadas, pero aún no se instalaron, que las lanchas (5) se están licitando y que “se avanza” en la fabricación de cinco módulos habitacionales. “Sentimos que no se reconoce el problema, la coordinación entre las partes solo aparece cuando todo ya está prendido y la prevención brilla por su ausencia”, agregó el concejal socialista.Brigadistas trabajan para apagar los incendios en el Delta, que hacen cubrir de humo la zona de San Nicolás y Villa Constitución (Marcelo Manera/)La gestión de la información, un elemento clave para diseñar políticas y estrategias de control, también es tambaleante, ya que las provincias que comparten el Delta no reportan o subreportan los focos a la Nación: hasta ayer, en el reporte ministerial se menciona que Buenos Aires reportó apenas 5150 hectáreas quemadas en todo su territorio desde enero hasta ahora; Entre Ríos, 5642 hectáreas, y Santa Fe ni siquiera aportó datos, algo que –según fuentes ministeriales– “se está por actualizar”.

Fuente: La Nación

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Una cancha de remo seca, un barrio de pescadores que quedó en el polvo, bombas de extracción que debieron extenderse para captar agua dulce, nuevas islas y bancos de arenas que redibujan el paisaje fluvial. Estas son algunas de las postales que muestran los efectos concretos que la bajante histórica del Paraná deja en las provincias del Litoral, afectadas como pocas veces en la historia por la falta de agua del río. Un fenómeno que no sólo sorprende por esto (el caudal del Paraná ronda el 60% de los promedios históricos) sino también por lo prolongado, con dos años ya de duración y todavía con varios meses por delante.La bajante, que está entre las tres más severas del último siglo y medio, todavía no llegó a su pico máximo. Así se desprende de los escenarios oficiales que cada semana actualiza el Instituto Nacional del Agua (INA), según los cuáles los niveles más bajos se verán en primavera, hacia finales de octubre o primeros días de noviembre. De acuerdo a los últimos pronósticos, y gracias al aporte de caudales superiores a los originalmente previstos, desde ese instituto esperan que el comportamiento a la baja del río no supere lo ocurrido en el año 1944, la bajante más severa desde que se toman registros, allá por 1884.“Aislados del mundo”: La inaccesible pulpería bonaerense que desde 1890 está a cargo de la misma familiaRemo sin canchaFrente a Rosario, en las islas entrerrianas, funcionaba la pista de remo mas antigua del país, que hoy está prácticamente seca por la bajante (Marcelo Manera/)Desde hace décadas, los remeros de competición de Rosario se entrenan en una laguna natural ubicada frente a la ciudad conocida como “El Embudo”. Allí forjó su leyenda el doble medallero olímpico del club de Regatas Alberto Demiddi en las décadas del 60 y 70 del siglo pasado, y allí también entrenó hasta hace poco tiempo Clara Rohner (Remeros Alberdi), que representó al país en Londres 2012.Este oasis del remo ubicado a pocos minutos de la ciudad, donde no hay correntada, ni viento, ni tránsito de embarcaciones, se quedó casi sin agua durante los dos últimos años. Las dos bocas de ingreso a la laguna quedaron tapialadas por la acumulación de tierra y de vegetación, lo que impide el ingreso de agua desde el cauce principal del Paraná.Esto alteró completamente las rutinas de entrenamiento de los cinco clubes que, a diario, la usaban para entrenar. “Hace 16 años que estoy en contacto con el río todos los días y lo de estos dos últimos años fue terrible. Nunca vimos eso, nunca con esta intensidad” contó Guido Tradotti, entrenador del club Remeros.“Todos los clubes de remo de la ciudad usábamos El Embudo para entrenar y solíamos ver decenas de botes allí, pero la bajante le cambió la fisionomía a la laguna, se taparon los ingresos y hoy casi no tiene agua. Es algo nunca visto”, insistió el deportista.Un paisaje en movimientoEl gran banco de arena que emergió frente a la costa de Puerto San Martín, 40 km al norte de Rosario
(Marcelo Manera/)El paisaje fluvial del Delta es, por definición, dinámico e imprevisible. Esa característica natural del río y las islas, que se moldean según los pulsos del río, se potenció con esta bajante extraordinaria. La persistente falta de agua aceleró procesos de erosión, redibujó las costas y generó el nacimiento de islotes de arena y barro en muchos tramos del Paraná como el gigantesco banco de arena de varios kilómetros de extensión que emergió frente al Puerto General San Martín, donde se ubican algunas de las terminales agroexportadoras más importantes del mundo.Guillermo Wade es el presidente de la Cámara de Actividades Portuarias y Marítimas y un gran conocedor de cada recoveco del tramo más transitado del Paraná. “Ese banco de arena existe hace muchos años, pero con esta bajante pasó a convertirse casi en una isla y quedó muy a la vista. Sabíamos que había un bajo fondo, ahora tenemos un playón de arena muy importante con varios kilómetros de largo” detalló.La pérdida de profundidad del Paraná es un problema gravísimo para la navegación comercial, ya que los buques de gran porte no pueden completar sus cargas y demoran más sus maniobras. “En relación con los años normales los barcos se pierden de cargar entre 10.000 y 12.000 toneladas, y lo peor es que esto va a seguir y se va a poner incluso peor en los próximos meses”, detalló. Y agregó que a eso hay que sumarle que, por una disposición gubernamental, se dejó de dragar momentáneamente el río.“Hubo una denuncia por sobredragado y pararon todo. Es una incongruencia, en 26 años no pasó nada porque esto no es el Riachuelo. Solo se dragan los pasos críticos, que representan menos del 10% de la longitud total. No se draga ni el 1% del río”, argumentó.Según estimaciones de la Bolsa de Comercio de Rosario, el bajo caudal del Paraná generó entre marzo y agosto de este año pérdidas estimadas en 315 millones de dólares.Pescadores sin aguaLa comunidad de pescadores de El Espinillo frente a Rosario, en las islas entrerrianas, sufren la falta de agua al haberse quedado totalmente secos los canales que usaban para trasladarse hasta sus viviendas y por cómo afecta su actividad
(Marcelo Manera/)Atados al agua por definición e identidad, son muchos los barrios de pescadores litoraleños que ven su vida cotidiana afectada como nunca antes por la retirada del gran río marrón, que dejó barro y polvo allí donde antes había vida y trabajo. En la comunidad de 30 familias que habita la isla de El Espinillo, ubicada frente a Rosario, la bajante modificó los hábitos y convirtió al riacho que iba rumbo a la laguna El Saco en una calle polvorienta. Allí donde antes se veían canoas y redes, ahora se mezclan botellas de plástico, bolsitas de basura y algunas embarcaciones que no llegaron a sacarse antes de que se secara todo.Los canales de la isla quedaron secos
(Marcelo Manera/)Raúl Alberto Carrizo tiene 45 años y vivió toda su vida allí, en un rancho pequeño ubicado a pocos metros del riacho que ahora es un sendero sin una sola gota de agua. “Yo nunca vi al río así, me llama la atención porque está muy bajo desde hace mucho tiempo. No se puede trabajar así porque no sacás pescado, no sacás nada. Hay muy poco para hacer, me tengo que quedar acá nomás”, cuenta entre resignado y entristecido.Si bien su ilusión es que todo “se termine rápido”, sabe que cambiar las cosas, en este caso, está fuera de sus posibilidades. “Nadie tiene la culpa de esto. Hay que ver lo que el río hace porque el río es así: primero baja, después crece, por ahí hay agua y por ahí no, ya estamos acostumbrados. Pero esto de ahora no lo vi nunca, se ven todas las piedras del fondo”, describió.El desafío del agua potableLa empresa Aguas Provinciales de Santa Fé debió sumar más bombas y ubicarlas varias decenas de metros hacia dentro del río para poder seguir abasteciendo a la ciudad (Marcelo Manera/)Para los habitantes de la región litoraleña, el agua suele ser un problema por exceso, y no por falta. Acostumbrados a las grandes crecientes y a las inundaciones que todo lo arrasan, la falta del recurso hídrico asoma como un desafío inédito para las personas y, sobre todo, para aquellos a cargo de garantizar su provisión y suministro a las grandes ciudades que se recuestan sobre la costa del Paraná.Hugo Morzán es el presidente de Aguas Santafesinas, la empresa que provee agua potable a las ciudades más importantes de la provincia como la propia ciudad de Santa Fe, Reconquista y Rosario. “Entre la pandemia primero y la bajante después, el escenario no puede ser peor. Nunca atravesamos una situación así, acá siempre pensamos que el recurso es infinito y nos encontramos con esto”, dijo.La prolongadísima bajante abrió nuevos desafíos y obligó a mejorar los sistemas de captación de agua con pontones, bombas y equipos nuevos, lo que a su vez generó millonarios gastos que serán paliados, al menos en parte, por la ayuda que significó la emergencia hídrica decretada desde el Gobierno nacional.A la compra de equipamiento hay que agregarle más gastos de insumos como cloro y sulfato de aluminio y un mayor consumo de energía. “Los tres metros menos de agua que nos faltan de río hay que levantarlos hasta el ducto y las piletas con energía”, dijo el funcionario.Detalló, además, que en ese contexto pidieron 420 millones de pesos a Nación “de apoyo sólo para garantizar la provisión de agua”, que se verá más comprometida a medida que se profundice la bajante —se espera el pico para octubre o noviembre— y suban las temperaturas.

Fuente: La Nación

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ROSARIO.– Con 46 años de trabajo como pescador artesanal, Escolástico Julián Aguilar no deja de asombrarse al hablar sobre la bajante histórica del Paraná, el río que lo vio nacer en un pequeño pueblo entrerriano y que le sigue ofreciendo trabajo e identidad, ahora en las costas rosarinas. “Ya van dos años de esta bajante extraordinaria. Yo nunca vi algo así, que durara tanto tiempo y secara casi todo”, explica, mientras se aleja de su embarcación, empantanada en un horizonte de barro que parece sin fin.Crisis: Mar del Plata llegó a las vacaciones de invierno con solo un tercio de las camas hoteleras disponiblesEl Paraná atraviesa una bajante excepcional no solo por lo pronunciada, sino también por lo prolongada. Y, según proyecciones elaboradas desde el Instituto Nacional del Agua (INA), esta situación se profundizará hasta llegar, con mucha probabilidad, a ser la peor jamás registrada.En un informe publicado esta semana, ese organismo presenta tres escenarios: uno “optimista”, otro más crítico y un tercero “más crítico aún”. En dos de los tres, se estima que la falta de agua será más severa que en 1944, la mayor bajante desde que hay registros: ese año, el 10 de septiembre, la altura del río en Rosario llegó a -1,39. Ahora, desde el INA calculan que “si la bajante continúa como hasta ahora” (escenario 1) el nivel más bajo este año será de -1,35 en noviembre. Si se agrava más (escenario 2), llegaría a los -1,49. Por último, el escenario 3 es el peor: el nivel del agua descendería hasta -1,61 metros “con mayor prolongación de la bajante”.En la zona de humedales entre Rosario y Victoria se aprecia la bajante del río Paraná (Marcelo Manera/)El Paraná, con más de 5000 kilómetros de largo y una cuenca cuya superficie iguala a la de la Argentina (2,6 millones de kilómetros cuadrados), atraviesa desde mediados de 2019 una bajante histórica que ya es la más pronunciada del último medio siglo. Las faltas de lluvias en el sur de Brasil, que padece la peor sequía en 90 años, recortaron su caudal al 50% de sus niveles históricos, según los reportes que cada mes hace la represa Yacyretá. El pasado 21 de julio el río midió -0,23 metros en la escala ubicada en el puerto rosarino, cuando en un año “normal” llega a los 3,20 metros durante el invierno.Como destacan los científicos, no es la primera vez que el río se retira y marca niveles muy bajos, ya que de forma natural alterna ciclos de aguas bajas y aguas altas. Sin embargo, algo cambió en los últimos 30 años, tanto en la atmósfera como en la tierra: la variabilidad climática y las profundas modificaciones en los usos del suelo en toda la cuenca abren interrogantes sobre la capacidad de respuesta del gigante marrón.Juan Borus, el subgerente de Sistemas de Información y Alerta Hidrológico del Instituto Nacional del Agua, contó que desde que existe el organismo (1983) “nunca se vio algo así”, en referencia a la bajante actual. Con muchos años de experiencia, Borus explicó que la variabilidad cada vez mayor del clima, así como las modificaciones en la cuenca, hacen imposible hacer predicciones a largo plazo, por lo que prefieren trabajar con escenarios. “El río de hoy comparado al de 1944 es otra cosa, la cuenca ha tenido cambios en el uso del suelo bestiales y las respuestas hidrológicas son muy distintas”.La zona de humedales entre Rosario y Victoria, afectada por la bajante en el río Paraná (Marcelo Manera/)Por su parte, Andrés Sciara, exdirector del acuario del río Paraná ubicado en Rosario, aportó: “Hay muchas hipótesis que indican que la deforestación en la selva amazónica afecta los flujos de precipitaciones. Las quemas y los endicamientos para hacer ganadería son la muerte del sistema”.Tensiones socioambientalesLa escasa cobertura de agua del Delta (apenas el 6% de su superficie, contra un 40% en años considerados como normales, según información brindada desde la Plataforma de Estudios Ambientales de la Universidad Nacional de Rosario) implica múltiples consecuencias tanto desde el punto de vista ambiental, como desde los usos humanos del río.En un registro ecológico, las diferentes poblaciones de peces del río resultan muy afectadas por las alteraciones ambientales, ya que precisan del complejo sistema de lagunas y riachos para llevar adelante sus ciclos reproductivos. Así lo explicó Sciara, actual decano de la Facultad de Bioquímica de la UNR. “Desde 2015 que no hay ninguna gran inundación que genere el espacio de cría necesario para un nuevo gran grupo de peces. Si la bajante continúa, aquellos peces más extraídos –los sábalos– pueden tener una situación crítica a futuro”, alertó.En la zona de humedales entre Rosario y Victoria se aprecia la bajante del río Paraná (Marcelo Manera/)La falta de agua también afecta la navegabilidad del Paraná, una vía troncal clave desde donde salen el 80% de las exportaciones argentinas de granos y cereales. Al no poder los buques ni operar ni cargar normalmente, se generan sobrecostos para toda la cadena agroindustrial que, según cálculos de la Bolsa de Comercio de Rosario, alcanzan los 559 millones de dólares para los dos últimos años.La provisión de agua dulce para su potabilización, uno de los beneficios ecosistémicos más importantes del río para los humanos, está bajo fuerte presión. Guillermo Lanfranco, de Aguas Santafesinas, dijo: “Estamos ante una situación que nunca vivimos y nos preocupa mucho ver la forma de compensar la pérdida de rendimiento de las bombas, que están trabajando con mucha presión, forzadas, por la falta de agua. No descartamos tener que reducir las presiones de servicio si dejamos de tener la posibilidad de captar agua suficiente”.Un futuro inciertoLa cuenca fue fuertemente modificada en las últimas décadas y hoy el Paraná es un río “multifragmentado” por la acción humana en una larga lista que incluye deforestación, quemas, represas, puentes, rutas, dragado, pesca industrial, turismo y desarrollos inmobiliarios. En un escenario marcado por la crisis climática, es cada vez más difícil predecir lo que puede pasar, aunque algo está claro: el Paraná del siglo XXI es muy diferente al del siglo XX, y su capacidad de respuesta está más que nunca a prueba.En la zona de humedales entre Rosario y Victoria se aprecia la bajante del río Paraná (Marcelo Manera/)¿Cuándo retornarán los niveles normales de agua al Paraná? En sintonía con los escenarios elaborados por el INA, Carlos Ramonell, investigador de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Hídricas de la Universidad Nacional del Litoral, opinó que las chances de que esto ocurra antes del año próximo son remotas. “Para que la condición de bajante se revierta tiene que llover en el extremo norte de la cuenca, en Brasil, donde la temporada de precipitaciones comienza en octubre, lo que genera un pulso de crecida de agua que llega hasta el centro de la Argentina hacia finales del verano”, detalló.Según el experto, esta previsión entrega una sola respuesta por el momento: que la condición de bajante se siga agravando al menos hasta finales de año, con alguna breve crecida puntual en ocasión de lluvias locales, pero que aportaría apenas algunos centímetros de mejora en el nivel del río. Para saber la magnitud de una eventual futura creciente, habrá que esperar las lluvias de la primavera en Brasil. “Recién en noviembre podremos hacer una nueva predicción”, agregó.

Fuente: La Nación

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