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Hugo Beccacece

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Hugo Beccacece Messages

En una época de grosería global casi perfecta, es bueno celebrar la exquisita edición del libro Tendres Stocks (Brotes tiernos), de Paul Morand (1888-1976), publicado por Leteo y traducido por Christian Kupchik. Es la primera obra de ficción del escritor francés y contiene tres nouvelles independientes que cuentan, por momentos, con tristeza y cinismo, la historia en Londres, durante la Primera Guerra, de sendas mujeres extranjeras que dan títulos a los relatos: “Clarisse”; “Delphine” y “Aurore”.Morand (1888-1976) es hoy un escritor casi olvidado por razones políticas más que literarias. Fue diplomático, colaboracionista, se negó a formar parte del grupo liderado por De Gaulle en Londres y, en cambio, se puso a las órdenes del gobierno de Vichy; además, era antisemita. Quizá el aspecto estrictamente literario que conspire contra su lectura sea el esteticismo que se le atribuye, aunque no haya nada de “relamido” en su estilo. Todo lo contrario. A pesar de su racismo, adoptó en su prosa el ritmo del jazz, que él amaba y que, en París, escuchaba en Le Boeuf sur le Toit, el cabaret donde se congregaban la alta sociedad, la alta cultura, la alta prostitución bisexual y la vanguardia más talentosa del siglo XX en feliz camaradería, que incluía endogamia, consumo de alcohol, drogas y esprit.Eso sí, Morand, en su apogeo, era el arquetipo del esnob de entreguerras. Llenaba todos los casilleros, más aún, los inventaba. Conocía a todo el mundo, se casó con una mujer rica y bella, que no se había despojado del título de princesa tras el divorcio de su primer marido, el príncipe rumano Dimitri Soutzo. Era un gran viajero, que supo describir y narrar como pocos lo que había visto en Nueva York, París, Londres, Venecia y Asia.La edición local de Tendres Stocks contiene, además, el prólogo de Marcel Proust para la primera edición francesa (1921), reproducido en Leteo como “Posfacio”, porque Proust, según Kupchik, no sólo comenta poco de los relatos, sino que se ocupa de otros temas. Más aún, cuando se centra en las nouvelles, plantea reparos.Esa extraña conducta hacia un amigo era una venganza proustiana. Morand le había dedicado a su ídolo literario un bello poema, “Oda a Marcel Proust”, donde hay unos versos indiscretos que no le cayeron nada bien al gran maestro. De hecho, éste le “agradeció” al poeta con una carta muy dura. Lo siguió frecuentando porque no tenía interlocutores tan jóvenes y afines de la calidad de Morand y su esposa, la princesa Hélène.Los versos: “Proust, ¿de qué fiestas nocturnas vuelve / con los ojos tan fatigados y tan lúcidos? / ¿Qué terrores –a nosotros vedados– ha conocido / para regresar tan indulgente y tan bueno? / ¿Y sabiendo la tortura de las almas / y lo que ocurre en las casas / y que el amor duele tanto?” En esa época, casi nadie sabía que Proust visitaba una sauna, sostenida en parte por él mismo, donde el encargado le permitía espiar escenas sadomasoquistas. Allí se torturaba el cuerpo y el alma.Las imágenes que, en la versión de Leteo, acompañan cada una de las nouvelles fueron tomadas de la edición de Tendres Stocks, de 1924 (Émile-Paul); las ilustraciones son de Chas Laborde (Buenos Aires, 1886 – París, 1941). Hay también dos dibujos en tinta negra de mano de Morand.Un detalle de complicidad con el lector. En la última página, allí donde se consigna el taller gráfico, se aclara que el libro fue impreso a cien años exactos del nacimiento del perfume Chanel número 5.“Coco” y Paul eran amigos. Ella había sido examante de un nazi. Él, pétainista. Los dos se refugiaron en Suiza. Esperaron. Volvieron. Ella, al sitial de la gran couturière. Él, tras dos intentos fallidos, ocupó un sillón en la Académie Française.

Fuente: La Nación

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Lo han dicho casi todos los escritores que escribieron sus memorias. El recuerdo cambia lo recordado; el presente borronea, traiciona, deforma, lo que acaba de pasar.Hace una semana, en este mismo suplemento, apareció una reseña firmada por mí sobre El ensayo personal, de Victoria Ocampo, selección de las diez series de Testimonios de la fundadora de Sur, compilada por Irene Chikiar Bauer, con una introducción de esta escritora. En esa investigación, la crítica literaria menciona en varias oportunidades por su apodo al que fue esposo de Victoria, Luis Bernardo de Estrada. El apodo era “Monaco”, pero Chikiar Bauer lo escribe “Mónaco” en su prólogo. Los que conocimos a Victoria y la tratamos, la hemos escuchado referirse a aquel hombre, del que terminó por separarse, como “Monaco”. Ella murió el 27 de enero de 1979, es decir, hace más de cuarenta y dos años. Quienes fueron sus amigos más cercanos y los que nos contábamos entre quienes frecuentábamos sus casas y su círculo somos cada vez menos, por una simple cuestión etaria. Quizás esa sea una de las razones por las que, en los últimos tiempos, en ensayos, artículos y entrevistas con estudiosos de la obra de Ocampo, el que fue su marido aparece como “Mónaco”; es decir, se ha convertido una palabra de acento prosódico grave en una esdrújula (el efecto Grace Kelly-Rainiero).La seriedad de Chikiar Bauer como investigadora la ha convertido en una autoridad; por lo que, mientras leía su texto, empecé a conjeturar que también yo habría borroneado el recuerdo de Victoria, a pesar de que aún oía su voz pronunciando “Monaco” la primera vez que estuve en Villa Ocampo para comer con ella en 1963. Ese apodo me quedó muy grabado porque nunca lo había oído antes y me sonó más que raro.Antes de redactar esta columna, consulté sobre el tema a dos amigos coetáneos muy cercanos a Victoria. Los dos me dijeron que “Monaco” era la versión correcta del apodo. Además, María Esther Vázquez, en la biografía Victoria Ocampo. El mundo como destino, lo escribe siempre como palabra grave. Los lectores dirán que se trata de un detalle frívolo. Probablemente tengan razón. Pero no para nosotros: están cambiando nuestras vidas antes de que dejemos este mundo.Uno de mis amigos “consultores” me hizo una reflexión muy graciosa por WhatsApp: “Es de sentido común. Mirá, si lo va a llamar como el principado. ¡Es muy criollo Monaco!”. Cierto. Si el esposo de V. O. hubiera sido “Mónaco”, ella jamás se habría casado con él.Mónaco es un principado minúsculo: ¡202 hectáreas! En términos de la época dorada de la Argentina, cuando las estancias tenían miles de hectáreas en la pampa húmeda, poseer solo 202 era una indignidad. Una mujer de esa clase solo habría llamado “Mónaco” a su marido para humillarlo, volverlo impotente, anular el matrimonio por la Rota Romana y casarse de nuevo por iglesia con un apodo digno; claro, una iglesia levantada por la nueva novia para convertirse en marquesa pontificia, el sueño realizado de Adelia Harilaos de Olmos, y la pesadilla “aspiracional” de Eva Duarte de Perón, que jamás consiguió el título.Convengamos que las clases altas de la época, ya fuera en la Argentina o en el extranjero, eran temibles en cuanto a los apodos. Concepción Unzué de Casares, propietaria de 60.000 hectáreas, de las cuales 400 eran parte del parque y del bosque que rodeaban el casco de la estancia Huetel, un castillo estilo Luis XIII, nada pudo hacer contra su destino: era conocida como “Cochonga”. Uno de sus sobrinos, el piloto y playboy Martín de Álzaga Unzué, se hizo famoso como “Macoco”. En París, el conde Robert de Montesquiou-Fezensac, árbitro de la elegancia de la Belle Époque, poeta y dandy al que Proust tomó como modelo de su personaje el barón de Charlus, se apodaba “Quiou-Quiou”. Los descendientes del emperador Napoleón, los condes Giuseppe Napoleone Premoli y Luigi Premoli, fotógrafos preferidos de la alta sociedad europea, eran llamados “Gégé” y “Loulou”: casi un manifiesto.Respetemos, aunque sea, los apodos del pasado.

Fuente: La Nación

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Lo han dicho casi todos los escritores que escribieron sus memorias. El recuerdo cambia lo recordado; el presente borronea, traiciona, deforma, lo que acaba de pasar.Hace una semana, en este mismo suplemento, apareció una reseña firmada por mí sobre El ensayo personal, de Victoria Ocampo, selección de las diez series de Testimonios de la fundadora de Sur, compilada por Irene Chikiar Bauer, con una introducción de esta escritora. En esa investigación, la crítica literaria menciona en varias oportunidades por su apodo al que fue esposo de Victoria, Luis Bernardo de Estrada. El apodo era “Monaco”, pero Chikiar Bauer lo escribe “Mónaco” en su prólogo. Los que conocimos a Victoria y la tratamos, la hemos escuchado referirse a aquel hombre, del que terminó por separarse, como “Monaco”. Ella murió el 27 de enero de 1979, es decir, hace más de cuarenta y dos años. Quienes fueron sus amigos más cercanos y los que nos contábamos entre quienes frecuentábamos sus casas y su círculo somos cada vez menos, por una simple cuestión etaria. Quizás esa sea una de las razones por las que, en los últimos tiempos, en ensayos, artículos y entrevistas con estudiosos de la obra de Ocampo, el que fue su marido aparece como “Mónaco”; es decir, se ha convertido una palabra de acento prosódico grave en una esdrújula (el efecto Grace Kelly-Rainiero).La seriedad de Chikiar Bauer como investigadora la ha convertido en una autoridad; por lo que, mientras leía su texto, empecé a conjeturar que también yo habría borroneado el recuerdo de Victoria, a pesar de que aún oía su voz pronunciando “Monaco” la primera vez que estuve en Villa Ocampo para comer con ella en 1963. Ese apodo me quedó muy grabado porque nunca lo había oído antes y me sonó más que raro.Antes de redactar esta columna, consulté sobre el tema a dos amigos coetáneos muy cercanos a Victoria. Los dos me dijeron que “Monaco” era la versión correcta del apodo. Además, María Esther Vázquez, en la biografía Victoria Ocampo. El mundo como destino, lo escribe siempre como palabra grave. Los lectores dirán que se trata de un detalle frívolo. Probablemente tengan razón. Pero no para nosotros: están cambiando nuestras vidas antes de que dejemos este mundo.Uno de mis amigos “consultores” me hizo una reflexión muy graciosa por WhatsApp: “Es de sentido común. Mirá, si lo va a llamar como el principado. ¡Es muy criollo Monaco!”. Cierto. Si el esposo de V. O. hubiera sido “Mónaco”, ella jamás se habría casado con él.Mónaco es un principado minúsculo: ¡202 hectáreas! En términos de la época dorada de la Argentina, cuando las estancias tenían miles de hectáreas en la pampa húmeda, poseer solo 202 era una indignidad. Una mujer de esa clase solo habría llamado “Mónaco” a su marido para humillarlo, volverlo impotente, anular el matrimonio por la Rota Romana y casarse de nuevo por iglesia con un apodo digno; claro, una iglesia levantada por la nueva novia para convertirse en marquesa pontificia, el sueño realizado de Adelia Harilaos de Olmos, y la pesadilla “aspiracional” de Eva Duarte de Perón, que jamás consiguió el título.Convengamos que las clases altas de la época, ya fuera en la Argentina o en el extranjero, eran temibles en cuanto a los apodos. Concepción Unzué de Casares, propietaria de 60.000 hectáreas, de las cuales 400 eran parte del parque y del bosque que rodeaban el casco de la estancia Huetel, un castillo estilo Luis XIII, nada pudo hacer contra su destino: era conocida como “Cochonga”. Uno de sus sobrinos, el piloto y playboy Martín de Álzaga Unzué, se hizo famoso como “Macoco”. En París, el conde Robert de Montesquiou-Fezensac, árbitro de la elegancia de la Belle Époque, poeta y dandy al que Proust tomó como modelo de su personaje el barón de Charlus, se apodaba “Quiou-Quiou”. Los descendientes del emperador Napoleón, los condes Giuseppe Napoleone Premoli y Luigi Premoli, fotógrafos preferidos de la alta sociedad europea, eran llamados “Gégé” y “Loulou”: casi un manifiesto.Respetemos, aunque sea, los apodos del pasado.

Fuente: La Nación

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En las elecciones del domingo pasado, los mayores de 70 años tuvimos el privilegio de no hacer fila para votar. Una de las pocas ventajas que, en este tiempo de COVID-19, se nos concedió a los ancianos; la mayoría, por otra parte, jubilados lo que equivale a decir víctimas preferenciales de saqueo económico desde hace décadas.Cuando salí del cuarto oscuro y emprendí el regreso a mi casa, más calmo, miré con atención ca quienes estaban en la cola; por supuesto, eran menores que yo. El último era un muchacho que debía de ser la primera vez que participaba en comicios. Tenía los ojos teñidos por una mezcla de aburrimiento y desconcierto, al que le agregaría el adjetivo temeroso.Desde hace casi diez años, podría haber dejado de votar. A fin de noviembre, probablemente (quién puede estar seguro de lo que va a ocurrir en más de dos meses) cumpla los 80. ¿Por qué votamos los que estamos eximidos de hacerlo, los que, en cierto modo, por edad, estamos “jubilados” de nuestra condición de ciudadanos?Hay varias razones. La mayoría de nosotros, los “abuelos”, eufemismo de viejos, estamos en un limbo o en un purgatorio –no sé dónde nos hubiera ubicado Dante Alighieri–, en el que nuestros actos casi no inciden en la vida pública. Eso sí, cada mes de nuestra supervivencia afecta las cajas del Estado porque éste nos está obligado a pagar los “beneficios” jubilatorios. Hay, sin embargo, un acto que podemos ejercer y que influye, de modo anónimo, pero potente, en la realidad: emitir nuestro voto. Se nos autoriza a no hacerlo; para nosotros, no es obligatorio, pero es un derecho. Es el único momento en el que el gobierno de turno trata de mimarnos, en vez de exterminarnos. Formo parte de un grupo de excompañeros de colegio secundario que estamos en contacto por Whatsapp. El domingo, varios de ellos informaron al resto que ya habían votado. Lo habían hecho no sólo por ellos, sino, sobre todo, por sus hijos y sus nietos. Ya se sabe, los nietos son la razón de vivir de los abuelos; los hijos pasan a un segundo plano cuando hay nietos.No tengo hijos, no tengo nietos, soy soltero. ¿Por qué voy a votar a políticos de los que desconfío, ya que no han hecho sino perjudicarme? Más aún, por cierto, me agraviaron las dictaduras militares.Todos los gobiernos, con empeño, emprendieron la tarea de destruir el país del que me sentía orgulloso. Hubo dos excepciones: Humberto Illia y Raúl Alfonsín. Éste último me defraudó en el plano económico, pero no en asuntos muy importantes para mí: la defensa de los derechos humanos y el juicio a la cúpula del gobierno militar.Podría decir que hace dos días fui a votar por vocación republicana. Es sólo la parte políticamente correcta de la verdad. Los ideales republicanos son nobles, creo en ellos, y han sido mancillados con pertinacia desde que nací. Si esos ideales fueran respetados, contribuirían a mejorar la situación de los argentinos. Pero las ideas las ejecutan políticos que, hoy, son una élite no siempre lúcida y, a veces, torpe: a menudo, se equivocan de buena o mala fe y “ejecutan” –es el verbo justo- en la acepción de ajusticiar, de matar al reo, es decir, a la idea y al ciudadano.En verdad, fui a votar para que vivamos en paz y por el futuro de los seres que quiero y que ellos quieren. Lo hice por egoísmo. Yo soy los que quiero. Eché el sobre en la urna con la esperanza, contra toda evidencia, de que, por un milagro, las cosas cambien. De que pueda dejar esta última y anónima huella en la tierra donde tantos seres de talento y laboriosos me enseñaron a pensar, a compartir y a gozar de los buenos frutos de la condición humana. Los milagros exigen tiempo, trabajo inteligente, esfuerzo constante, y educación.

Fuente: La Nación

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“Quedé tilinga”, dijo la poeta Carmen Iriondo en la presentación de su poemario intitulado precisamente Tilinga . Ese efecto perturbador fue el resultado de los comentarios elogiosos que el escritor Arturo Carrera hizo sobre el libro de poemas. La concurrencia que colmaba el auditorio del Museo del Libro y de la Lengua aplaudió con entusiasmo el hermoso texto de Carrera, pero una parte reaccionó con un murmullo de inquietud cuando Iriondo anunció que iba a leer una poesía de título provocador: “Oligarca”. Los versos “Oligarca te voy a reventar esa carita imbécil/ y si seguís te tiro por las rejas de tu casa paqueta/ para que te ensartes como el hijo de Romy Schneider” provocaron el efecto del ajenjo bebido entre una paliza y otra. Crueldad, humor y melancolía piadosa. ¿Quién de la concurrencia que hubiera visto las películas de Schneider cuando se estrenaron no recordaba que en 1979 se suicidó el primer marido de Romy, y ese mismo año ella se separó de su segundo esposo, Daniel Biasini, y, en 1981, David, el hijo de Romy y Meyen, se accidentó tal como cuentan los versos de Iriondo y murió? Era inevitable que una voz cinéfila precisara en sordina: “¡Tan linda y tan desdichada!”. Por Romy, claro, a la que le tocó el turno de salir de escena en 1982, con una sobredosis de alcohol y barbitúricos. La estrofa final de la poesía, con la misma endiablada mezcla de gracia, sadismo y talento, tampoco ahorró angustias y ferocidad: “Oligarca, contá que te colgaban pastillas de alcanfor/ del cuello para que no te lleve la epidemia de polio./ Y de ahora en más, como no tenés cuaderno para escribir, lo que viste no se puede decir. ¿Oíste?”.Una señora le musitó a su vecina: “Qué divertido, ¿no?”. La otra respondió: “¿Te parece?”.Carmen terminó el acto agradeciendo a Pablo Larreta, el escultor y fotógrafo ( Time Lost , espléndido libro de fotografías), su esposo desde hace treinta años, al que ella calificó de “mi actual compañero” como hizo siempre para indignación de sus familiares de otra generación que no entendían por qué ella se empeñaba en preferir la exactitud de los sentimientos a una fórmula convencional como “marido”.”Qué buenas son estas obras en tres actos que te permiten comer un churrasco entre los intervalos y después volver al teatro.” Sagaz comentario de Teresa Anchorena a Edgardo Cozarinsky en una parrilla cercana al San Martín la noche del estreno de Arlequín, servidor de dos patrones , la obra de Goldoni que la compañía del Piccolo Teatro de Milano representó en Buenos Aires sólo dos veces. Es cierto que hoy los directores prefieren fusionar dos o tres actos en uno por temor a que el público se les escape, sin regreso, en los intermedios. No les importa que los espectadores se revuelvan en sus asientos acuciados por la postura o por meras -pero a menudo impostergables- necesidades naturales. El conjunto italiano no tenía esos temores. Contaba con la actuación magistral de Ferruccio Soleri, a la vez responsable de la puesta en escena, al que el público le consagró un aplauso sostenido y numerosos bravos. La paleta del vestuario y de la escenografía recordaba, en tonos más serenos, las secuencias de la Commedia dell’Arte en el film La carroza de oro , la obra maestra de Jean Renoir. En esa película, Anna Magnani interpreta a una actriz italiana, Camila, que conquista a un virrey español en Perú: alterna los vestidos negros de la vida real con los rombos multicolores del personaje de Colombina. ¿Cómo alguien puede aburrirse con excelentes actores y las formas y colores de la Commedia , sobre todo si intercala un bife de lomo para restaurar fuerzas?La puerta estrecha (pero sin ninguna alusión a la novela de André Gide) protegida por una reja y custodiada por un hombre corpulento, todo él vestido de negro, y con cara deliberadamente seria, podría haber sido la de un aguantadero de la mafia en una película estadounidense o la sede de cualquier actividad ilícita. Pero no había que hacerse ilusiones. Todo era legal y cool . La acción transcurría en Costa Rica al 4600, durante el anochecer del sábado pasado. Uno debía dar su nombre y el guardián del tesoro verificaba con sigilo si ese nombre figuraba en la lista de invitados. Después abría la reja y uno se enfrentaba a un mundo por completo distinto del que hacía presumir la fachada. Era un club privado (nada de carteles o avisos en la entrada) con barra, muebles de moda en los distintos Palermos porteños, y un ventanal que daba a un profundo patio jardín cuyas paredes laterales estaban cubiertas por enredaderas. Del lado derecho, una piscina de aguas verdes iluminaba la penumbra creciente. Del lado izquierdo, había otra barra, bancos, sillas y sillones que llegaban casi hasta el final del terreno. La concurrencia era muy joven, escritores, músicos, cineastas primerizos, críticos. Las mujeres, lindas y bien vestidas. Los hombres, más bien descuidados, como impone el chic actual. Era la fiesta de fin de año de Los Inrockuptibles . A la entrada, el editor y escritor Matías Capelli ( Frío en Alaska , Trampa de luz ) oficiaba de simpático anfitrión. Acababa de llegar de Francia, después de un tour europeo: Dresde, Berlín, Budapest, Praga, París y la Champagne. “En la Champagne, fui a un residencia para escritores donde me quedé unas dos semanas. Éramos seis personas de distintos países. Estaba sobre el Sena. Muy cerca había un pueblito. Era ideal para escribir porque estábamos aislados en medio del campo. Como quería escribir una serie de cuentos, más bien de nouvelles por la extensión, ocupé casi todo el tiempo en eso. No hice el circuito de las bodegas, apenas si me llevaron a una. En París, fui a visitar el café de Tournon, frente a los jardines del Luxemburgo, el que frecuentaba Joseph Roth. En la fachada, hay una placa que lo recuerda. Al Tournon, después de la guerra, iban los expatriados negros James Baldwin y Richard Wright. Duke Ellington tocaba allí con su banda. Todo un programa literario en un solo lugar.”Una actuación magistral para Arlequín, servidor de dos patrones Ferruccio Soleri ActorEl libro de poemas Tilinga recibió aplausos del público y comentarios elogiosos de Arturo Carrera Carmen Iriondo Poeta

Fuente: La Nación

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El fin de semana pasado, descubrí en la plataforma Mubi un ciclo consagrado a Guy Gilles, el notable y, hoy, casi desconocido director de la nouvelle vague. Le dediqué viernes, sábado y domingo.Gilles nació en Argelia en 1938 y murió en París en 1996. Su verdadero apellido era Chiche. De niño compraba revistas frívolas. En esas páginas, vio a menudo la imagen de Jean Cocteau del que, al principio, ignoraba todo. Ese Jean famoso, de mediana edad, siempre estaba acompañado por un actor joven y rubio, Jean Marais, apodado “Jeannot”. Con el tiempo, Guy leería a Cocteau y vería varias de sus películas. Empezó a pensar que también él sería un director con un álter ego, su propio Jeannot.Gilles llegó a la capital casi sin dinero en 1960. París lo embriagó. Dormía en una mansarda miserable. Se desmayaba de hambre.La melancolía, el pasado, el amor, las palabras y la fascinación de la muerte están en todas sus películas. También la pasión de la alegría y de la tristeza. En 1964, rodó Amor en el mar en Brest y París. Es un romance de verano entre una secretaria parisiense de vacaciones y un marinero. Gilles necesitaba a un chico como su doble, pero con la cara de un pequeño ladrón en cierne. Lo halló en un bar de jóvenes. Era Patrick Jouané (1946-1999). Fue su actor fetiche. Nunca se separó de él.En el corto Ciné Bijou, de 1965, Gilles se anticipó veintitrés años a Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore. El Bijou era un cine de barrio que desapareció desplazado por los barrios de cine. En Pigalle, había otro cine vacío. Si se pagaba un franco se podía entrar a ver el pasado. Patrick recorre la sala; las paredes están cubiertas de fotos. Cuando se enfrenta a la de Gene Tierney, besa sus labios de papel.Gilles podía amar a un muchacho y también a una mujer. Su gran amor fue Jeanne Moreau. Le hizo una entrevista filmada, Jeanne raconte Jeanne (1970). La cámara enamorada registró el rostro nunca tan bello de la actriz. Ella cantó sus propias canciones. Dijo que nunca se ataría a nadie. Cuando cortó el vínculo con Gilles, él intentó suicidarse.La lectura de Proust consolidó el estilo cinematográfico de Gilles, que le debe mucho a la memoria involuntaria del escritor. En 1971, centenario del nacimiento de éste, Gilles le dedicó un documental al petit Marcel. Emmanuelle Rivas (Hiroshima mon amour) leyó los textos en off. Céleste Albaret, el ama de llaves de Proust, y Pierre Larcher (90 años), custodio de la casa de la tía Léonie en Illiers, fueron entrevistados para el film: habrían opacado a Bardot, vestida.De los tres largometrajes que pueden verse en YouTube y Mubi: El amor en el mar, Au pan coupé (Wall Engravings) y Clara tierra (Light Earth), el último es el mejor. Gilles pintaba muy bien y la imagen es una de las virtudes del film. Es la historia de un muchacho de veinte años que deja París, donde vive con su padre, para volver a Túnez, donde nació, tras las huellas de su madre muerta. En aquel viaje, se encuentra con una mujer madura muy maternal que le recuerda a su madre perdida. Ese papel lo interpreta admirablemente Edwige Feuillère.Guardo para el final la aparición de Lucienne Boyer, una de las grandes cantantes francesas a la que se la ve y se la escucha cantando en Clara tierra. Lucienne simboliza una época de la canción francesa. Voy a contar lo que me contó Edgardo Cozarinsky al que, a su vez, se lo contó el inolvidable escritor y crítico Alberto Tabbia. Éste escuchó cantar a Lucienne en 1946, en el teatro Odeón. Todo Buenos Aires quería verla: era un emblema de la Francia liberada. Para despedirse del público porteño, salió a escena envuelta en un vestido con los colores de la bandera francesa y cantó “La Marsellesa”. El tiempo recobrado.

Fuente: La Nación

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El 13 de este mes se cumplieron 90 años de la fundación de la Academia Argentina de Letras (AAL) y los académicos están escribiendo con mucha diligencia y a buen ritmo para publicar un libro de homenaje a la institución, integrado por sendos trabajos de los académicos de número y los correspondientes. Hay textos ya entregados y otros que no. Los habrá sobre lingüística, literatura argentina y del resto del mundo, así como ensayos, poesía y narrativa. Por lo que se sabe el índice va a ser muy variado.Naturalmente habrá un prólogo. Lo escribió el poeta y ensayista Santiago Kovadloff que, por otra parte, ya hizo llegar a la Academia un ensayo sobre la amistad y una serie de poemas, todo para esta obra.Alicia Zorrilla, notable lingüista especializada en normativa, tiene mucho sentido del humor. Lo utilizó en sabias dosis para referirse a un asunto serio: “El policentrismo de las normas lingüísticas”: ya no solo el español de España es el que se toma en cuenta para las normas, sino el de todos los países donde se lo habla. En ese sentido, el español se “federalizó”.La lingüista, investigadora y docente universitaria Hilda Albano abordó un tema de su especialidad: “Cómo conducir al alumno a una reflexión sobre la relación sintaxis-semántica.El doctor Cavallero, investigador, lingüista y profesor especializado en lenguas clásicas, conectó la AAL con la lengua y la actualidad en “Academia, pandemia y etimología”.En cuanto a la narrativa, hay dos cuentos policiales nacidos en el seno de la ilustre Academia. Jorge Fernández Díaz va a presentar “Los guardianes del tesoro” en el que, por supuesto, aparece Remil, el ya popular protagonista de El puñal. El otro narrador es Pablo De Santis, que, entre varios premios, tuvo el que otorga anualmente la AAL en 2007, por su novela El enigma de París. El título de su narración para el homenaje es el nombre de un signo ortográfico “Asteriscos”, Lo curioso de estos dos cuentos de distintos escritores es que, sin haberse puesto de acuerdo, se desarrollan en el mismo espacio: en la biblioteca de la AAL con sus miles de libros, y sus adorables bibliotecarios (los reales).José Luis Moure, vicepresidente del cuerpo, es el autor de una apasionante reconstrucción de una lengua y de su novelesca historia, en la que se entrecruzan las guerras de religión del siglo XV, las persecuciones raciales y la política: “De Salónica a Buenos Aires (Cinco cartas en judeoespañol)”.La poesía ocupa un lugar especial en el futuro libro. La académica honoraria Emilia Puceira de Zuleta definió con el título de su contribución el estilo del poeta entrerriano Alfonso Solá González: “Un tesoro de misterio, de imaginación, de sensibilidad y de lenguaje”.Los premiados poetas Antonio Requeni, Rafael Oteriño y Santiago Sylvester dedicaron sus trabajos al género que cultivan. El primero analizó a Julio Cortázar como poeta; el segundo registró sus observaciones sobre las características de la lírica en “Apostillas sobre el lenguaje de los poetas”; y el tercero enfocó una cuestión filosófica y poética: “Lo callado y lo dicho”.Sobre clásicos de distintas épocas, se ocuparon el crítico y ensayista Jorge Cruz, y el especialista en filología medieval, dramaturgo y novelista Javier Roberto González. Cruz evocó a Dante Alighieri en “La claridad del Purgatorio. El fulgor del Paraíso”. González enlazó a dos figuras eminentes del siglo XX en “El Kafka de Borges”.Olga Fernández Latour de Botas, especializada en el estudio del folclore, se centró en “Presencia del folklore en la AAL”. El novelista Abel Posse, por su parte, buscó un ángulo etario: “Nuestra joven Academia”. Para terminar, una pregunta netamente académica de la investigadora y docente Norma Carricaburo: “¿Réquiem al imperfecto del subjuntivo?”. ¡Aleluya por el libro que vendrá!

Fuente: La Nación

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Está sucediendo una vez más: nos encontramos en las fastuosas semanas previas a las elecciones. El gobierno de turno tira manteca al techo: le ofrecen a los jubilados préstamos y créditos para que compren celulares,En esta misma semana, el gobierno nacional anunció que el público volverá a presenciar un partido de fútbol desde una tribuna, la de River, el 9 de septiembre. Allí, los seleccionados de la Argentina y Bolivia se enfrentarán en las eliminatorias del Mundial de Quatar de 2022. (¿Y la variante Delta?) Es una prueba piloto que se realizará tres días antes de las PASO. No tiene nada que ver con una maniobra electoral demagógica. Mirá vos.Pero, no se trata sólo de éste u otro gobierno, tampoco sólo de los hinchas, sino de la mayoría absoluta de la sociedad nacional. Es muy probable que, ante la urna, el votante no recuerde el escándalo de Olivos, ya habrán pasado más de tres semanas de la foto. Ese lapso excede la memoria social de aquella mayoría; en cambio, tres días antes de votar, el recuerdo de la gloria está fresco. Problema: si el seleccionado local pierde, el electorado echará a la urna la boleta y la bronca. Un riesgo considerable para “los de arriba”. Hoy, la patria vale lo que un gol.

Fuente: La Nación

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Acaba de aparecer en estas semanas en Francia un libro cuyos orígenes tienen que ver con el gran cementerio parisiense del Père Lachaise: Un afghan à Paris (Un afgano en París), de Mahmud Nasimi, refugiado afgano que, después de haber estudiado leyes, ciencias políticas, periodismo y de haberse entrenado para ser un conductor de radio en su país, debió escaparse de éste en 2013, a los 25 años, por razones políticas.Nasimi atravesó Asia y media Europa, estuvo un período en Bélgica; después, se atrevió, cruzó la frontera y, como pudo, llegó a París hace cuatro años. Las tres primeras semanas dormía en la calle, en plazas. Se lavaba a la buena de Dios, tenía un aspecto descuidado, la gente lo miraba con desconfianza y desprecio. Se sentía solo y desesperado. No hablaba francés, pero sabía inglés. En Bélgica, un amigo le había enseñado la conjugación de los verbos ser y tener en francés. En las madrugadas parisienses, para estar entre los primeros, se ponía en fila india frente a la oficina encargada de los trámites de quienes pedían asilo. A menudo los que estaban hacia el final de la hilera atacaban a los que encabezaban la espera. Los combates entre unos y otros finalizaban cuando la policía les echaba gases lacrimógenos.Durante el día, Mahmud caminaba por París. Una tarde, se encontró frente al Père Lachaise y entró. Nasimi odiaba los libros y los cuadernos, salvo los que necesitaba para sus estudios. Jamás leía literatura. Lo impresionaban los hombres de aspecto imponente y los asociaba a los poderosos, capaz de mandar a mucha gente, como los militares, a quienes no apreciaba, salvo en aquel aspecto. Paseó lentamente por el cementerio y, de pronto, vio una tumba en la que había un busto de un personaje del que emanaba autoridad. Pensó que sería un general o un comandante. Leyó el nombre en la lápida y buscó en su celular, su único bien en ese primer período europeo, “Balzac”, un desconocido para él. Wikipedia decía que era un inmenso escritor. Leyó su biografía y quedó fascinado por la vida de aquel narrador y por lo que se decía sobre sus libros. Podía leerlos en línea gratuitamente, en inglés. El primero que leyó fue La piel de zapa. Ya no se sentía solo. Se había comprado un cuaderno para las anotaciones imprescindibles; empezó a leer en el original francés lo que había leído en inglés, después buscaba las palabras que ignoraba y las anotaba.Al mismo tiempo, siguió cursos gratuitos de francés. Investigaba las biografías de grandes personalidades literarias. Así descubrió a Baudelaire y estudió de memoria varios poemas de Las flores del mal. También encontró a Proust y, crease o no, leyó Du côté de chez Swann. Se dio cuenta de que si podía organizar los párrafos larguísimos, de sintaxis laberíntica, de ese autor, estaría en condiciones de leer a cualquier otro de lengua francesa. Todos los días, Nasimi aprendía palabras nuevas, escribía frases con ellas y se las hacía corregir a sus amigos franceses; porque, por fin, tenía amigos en París. Le tomó mucho tiempo llegar al fin del libro. Lo logró porque Proust le reveló muchas cosas de su propia vida de niño y joven afgano. Quedó conmocionado por el silencio y la soledad que había en esas páginas pobladas de personajes. Fue a la tumba del novelista; en una página del cuaderno, escribió: “Merci pour tout, Marcel” (Gracias por todo, Marcel) y la dejó sobre la lápida. Otros autores favoritos: Victor Hugo y Albert Camus, con el que se identificó porque éste había sido un pied-noir, un marginal como él.El cementerio del Père Lachaise fue para Nasimi una fuente de vida, de conocimiento y amistad con los escritores del país que lo acogió. En ese mundo imaginario, nunca más sufriría la soledad.

Fuente: La Nación

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Hace menos de diez días, mi amigo Jorge Cruz, académico de Letras y mi predecesor en la conducción del desaparecido Suplemento Cultura de este diario, me regaló un libro que pertenecía a su biblioteca y es una joya. Me dijo: “Este libro te va a ser más útil y placentero a vos que a mí”. Le pregunté cómo había conseguido esa edición notable. Me respondió: “La heredé de María del Luján Ortiz Alcántara”. Era una distinguida poeta, colaboradora del Suplemento Literario, fue presidenta del Pen Club Argentino y activa mujer de mundo. El nuevo libro de mi biblioteca fue editado en 1913 por Goupil & Cie. Es un lujoso ejemplar numerado (083 de 200) de la primera edición de La Divine Comtesse. Étude d’après Madame de Castiglione, del conde Robert de Montesquiou-Fézensac, con un prólogo de Gabriele D’Annunzio, y fotografías de la condesa.Cruz sabe que soy un proustiano irredimible y que el Étude me iba a apasionar por el autor, el ilustre prologuista, y su tema: Virginia Oldaini, condesa de Castiglione (1837-1899), amante de Napoleón III por un año. Se la consideraba la mujer más hermosa del mundo. Se casó muy joven con el conde de Castiglione y tuvo un hijo, Georges. Su primo político, el primer ministro del Piamonte, Camillo Benso, conde de Cavour, supo emplear la hermosura y la inteligencia de Virginia. Le encomendó una misión. Ella debía seducir al emperador, convencerlo de que declarara la guerra a los austríacos y apoyara la Unidad de Italia. Todo sucedió como había sido planeado. Virginia decía: “Yo hice la Unidad de Italia”. Fue persuasiva, pero no la única.La condesa se convirtió en una mujer-leyenda. El poeta Robert de Montesquiou (alias Quiou-Quiou) estaba obsesionado con ella. Uno de los antepasados del conde era D’Artagnan. Quiou-Quiou, por su parte, le sirvió de modelo a Proust para crear al célebre barón de Charlus, personaje fundamental de A la recherche du temps perdu.El misterio de esa mezcla de espía, diplomática y hetaira hizo que Montesquiou la convirtiera en un fetiche. Coleccionó todo lo que encontró de esa mujer-mito, que murió a los 62 años, después de pasar dos décadas encerrada en su departamento de la place Vendôme, cerrado para todos, menos para las pocas personas que la asistían. La condesa no quiso que nadie la viera envejecer, ni siquiera ella misma. Clausuró las ventanas de su casa y se desprendió de todos sus espejos. El hijo de la condesa, Georges, tan hermoso como ella, dilapidó el dinero de su madre hasta que se dedicó a la diplomacia. Su primer destino fue el de attaché en la legación italiana en Buenos Aires. Después sirvió en Lisboa y Madrid, donde se casó con su prima Amalia, hija del marqués Sanmarzano. Murió de viruela en Madrid, a los 24 años.La condesa, “reclusa de su belleza”, había previsto su ancianidad. A mitad del siglo XIX, en pleno esplendor, se propuso dejar registro de su perfección. Comenzó a posar para Pierre-Louis Pierson, el fotógrafo de la corte. Cambiaba su vestimenta en cada placa. Se disfrazaba de personajes históricos o imaginarios, como la Reina de Etruria, Reina de corazones o una aristócrata del siglo XVIII. Ella misma diseñaba sus atuendos y la escenografía que la rodeaba; también decidía su pose y el enfoque del fotógrafo. Los críticos de hoy la consideran una pionera de las selfies y, por su gusto de pintar las fotografías, una predecesora de la utilización de distintas técnicas en una misma obra.Robert de Montesquiou alcanzó a rescatar 430 fotografías después de la muerte de Virginia. Parte de ellas ilustran la edición.Pienso: ¿a quién, a mi vez, le pasaré ese magnífico volumen en unos años? Debe ser tan especial como el libro. Primer requisito: ser un proustiano.

Fuente: La Nación

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