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Carina Durn

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Carina Durn Messages

Cristina Escobar nació en un pueblito llamado Las Cejas, en Tucumán. Era la más pequeña de tres hermanos y desarrolló una personalidad traviesa, caracterizada por una audacia diferencial. Apenas comenzó a caminar, sus pies solían dibujar piruetas alegres y, cuando las palabras ingresaron a su vida, anunció que sería bailarina, porque lo que más amaba era danzar.Fue a los ocho años que su vida cambió para siempre, aunque sus travesuras y su coraje jamás la abandonaron: “Contraje poliomielitis, sin ninguna esperanza de vida”, revela. “Estuve paralizada completamente, incluidas la laringe y faringe, y permanecí largo tiempo en coma. Al despertar, no entendía qué pasaba con mi cuerpo, mi mente iba a otra velocidad, como disociada, y pensé que sería algo pasajero”.Cristina en la actualidad; a los ocho tuvo polio y como consecuencia quedó cuadripléjica.Cristina quedó cuadripléjica. Los siguientes años transcurrieron desafiantes, pero, ante todo, carcelarios para una mujer de alma libre y personalidad pujante, que un diagnóstico intentaba definir y opacar, sin logarlo ni en los días más negros.Debía encontrar otro camino, se dijo. Tal vez, de alguna forma, en algún lado, podría hallar un presente alineado con su espíritu.Crecer en un taller: “Solo podía mover mis manos; imaginaba que me casaría y tendría una hija que bailaría por mí”Su madre era sastre y tenía un taller de costura. Cristina pasó sus años de infancia y adolescencia observándola, casi inmóvil, con admiración. Solo sus manos podía mover, pero, junto a su mirada aguda, fue suficiente: sin que su progenitora lo supiera, la joven había aprendido el oficio. Entonces se atrevió a bordar (algo que su madre no hacía) y a tejer, pero también a soñar a lo grande: “Imaginaba que me casaría y tendría una hija que bailaría por mí”.Algunas de las creaciones de Cristina. El taller, sin embargo, no era suficiente para su alma audaz. En la adolescencia, entre lecturas, música y paisajes imaginarios, Cristina comenzó a sentir que su querida Argentina le ponía límites crueles, que habitaba en una tierra que no tenía contemplaciones ante seres como ella, con discapacidad.“Mi vida de adolescente la comparo como estar presa en una cárcel. No salía a ningún lado, ¡no por no querer! Nada estaba preparado para una persona en mi condición: ni la arquitectura, ni la sociedad. Todo me exclamaba directa o indirectamente ¡no puedes! Sentía que ese no era mi mundo”.La audacia de luchar por el primer sueño: encontrar el amor y tener hijosAun a pesar de su sensación de ahogo, la atractiva personalidad de Cristina la acercó a uno de sus sueños, que tantos otros creían imposible: encontrar el amor y formar una familia.“Mami, quiero conocer a alguien”, lanzó un día con su característico tono directo y una mirada de quien no acepta un no por respuesta. Su madre, que había sufrido violencia doméstica por años, la observó reticente: “Temía por mí”, explica Cristina. “Me decía que tenía candidatos entre los hombres que venían a hacerse los trajes, que podía noviar, pero no más que eso. Sin embargo, yo quería formar una familia y quería hacerlo con alguien que entendiera mis circunstancias de vida. Ella me decía que, dada mi condición, lo creía imposible”.Cristina y Juan Carlos llevan 43 años de casados.Pero la joven no estaba dispuesta a rendirse sin antes intentarlo, investigó y halló el Centro Mutual de Lisiados Unidos de Tucumán, del cual se hizo socia y en donde formó un hermoso grupo: “Pronto tuve un pretendiente, pero le decía que no seríamos más que amigos. Gracias a él, conocí a quien hoy es mi marido, Juan Carlos, que lo acompañó a visitarme al hospital, cuando me operaron de la columna”, sonríe. “Yo estaba con yeso del cuello a las rodillas, se fue, y les dije a mi hermana y a la señora que me cuidaba: `con ese me voy a casar, me encanta, ¡tiene unos ojos tan lindos!´ Él tenía mayor movilidad y, al comienzo, cuando me invitaba a salir, le decía que no: `Mirá cómo estoy´, a lo que me contestaba: `no importa, te llevo música a tu casa”.Los hermanos, socios estratégicos y responsables de las personas con discapacidadCristina estaba feliz y enamorada, sin embargo, cuando Juan Carlos le solicitó la mano de su hija a su madre, esta se opuso. “Pueden noviar toda la vida, pero casarse no”, les dijo; ella tenía miedo de que él la violentara cuando estuvieran solos. “No sé cuánto durará esta felicidad, mamá: un día, un mes, un año, no sé… pero déjeme vivirla, por favor”, le rogó su hija.Juan Carlos y Cristina, en la actualidad.Los novios se casaron y, al poco tiempo, le dieron la bienvenida a su hija, Alejandra, al mundo: “nuestro ángel”. La audacia de Cristina derribaba mitos sociales: una persona con discapacidad podía vivir y disfrutar del romance en cuerpo y alma. “Mi marido también tuvo polio, aunque con más posibilidades de recuperación. Solía decirle que, si se recuperaba del todo, que no se quede conmigo, ¡qué vuele! Al final volamos juntos para crear otro destino”.Un viaje transformador: “Descubrí que otra vida era posible, Estados Unidos me enseñó a ser independiente”Los sueños de Cristina se estaban cumpliendo, pero había una realidad que no podía negar: a pesar de sus alegrías, el país le seguía poniendo aquellos límites que siempre la habían angustiado, su cuerpo los absorbía, y su salud se deterioraba: “Fue entonces que, con la esperanza de estar un poco mejor, me animé a esa otra fantasía de explorar otras realidades y luché para llegar a este país, Estados Unidos, en el que habito hoy”, cuenta sonriente.Vivir en Texas: “La mayoría de la gente es buena, pero lo malo tiene más prensa”Focalizada en su salud, Cristina realizó los trámites necesarios para conseguir un pasaje donado por el Estado, y recaudó el dinero para viajar por un tiempo indeterminado a Miami, Florida, a fin de realizarse diversos tratamientos. Aquel período se transformó en un año y medio que le cambió la vida para siempre: “Un sueño cumplido, una tierra que me mostró que otra vida era posible y que me enseñó a ser independiente”.Cristina, junto a sus dos hijos.Regresó a la Argentina con otra mirada, como si hubiera abierto los ojos por primera vez. Comprendió que en su tierra las personas con discapacidad permanecían retraídas, al igual que ella lo había estado por años, entonces allí, en su patria, parecía que había menos seres con dificultades similares, aunque no era así. En otras realidades, en cambio, el entorno era amigable, sin las tantas limitaciones que ella había naturalizado; fue por ello que, con el correr del tiempo, entendió que quería vivir allí, donde pudiera andar.“Recuerdo que regresé con una silla eléctrica y mucha felicidad por volver a tener a mis hijos en mis brazos”, sonríe. “Pero después de un día, pude asimilar realmente lo que había dejado atrás y comencé a ver todas las trabas con mayor agudeza. Entonces le conté a mi familia todo lo que había vivido en Estados Unidos y quedaron anonadados: ¡allí podía hacer todo! Subirme a un taxi, a un bus, ir al baño sin problemas… ir sola por la vida”, dice conmovida. “Decidimos ir con mi marido a Miami y quedarnos a vivir allí. Todos me apoyaron y entendieron, `ahí está tu vida´, me dijeron, ese era un lugar en el mundo que coincidía con mis sueños y mi forma de ser”.Cristina, Juan Carlos y su hija Alejandra. El matrimonio suele realizar numerosos paseos junto a sus hijos y sus nietos.La mudanza definitiva: “Aun sin estatus de ciudadano, en Miami me sentía más libre”El arribo a Miami fue especial para toda la familia. Cristina volvía a reencontrarse con aquel lugar donde se había sentido bienvenida, mientras que su marido atravesaba el impacto de la novedad: todo resultaba asombroso, en especial por el contraste entre su pueblito y una ciudad; entre aquello que parecía quedado en el tiempo y la modernidad.Apenas contaban con 40 dólares, una deuda de pasajes y visa de turista, aunque poseían con una enorme ventaja: la red de contactos que Cristina había logrado construir en su visita previa y que, de inmediato, los ayudó a conseguir empleo: “Sacamos el seguro social, accedimos a ese número, y mi marido comenzó a trabajar día y noche; yo, al comienzo, me desempeñaba ocasionalmente como manicurista. Los papeles los conseguimos después de 25 años, gracias a nuestra hija, que se casó con un norteamericano. No fue un camino fácil, pero nunca nos dimos por vencidos; mi marido a veces quería volver, pero yo me oponía: aun sin estatus de ciudadano, en Miami me sentía más libre”.Cristina logró formar una familia muy numerosa.“En relación a las costumbres, no cambiamos ninguna. Seguimos tomando mate y preparando las mismas comidas. Lo que sí modificamos fue el horario de los chicos; y, a medida que pasaron los años y fueron creciendo, ellos incorporaron muchas actividades, lo que me permitió hacer cosas que antes parecían imposibles”, asegura Cristina, quien es madre de dos hijos ya adultos, una mujer y un varón.Trabajar, crecer y alcanzar nuevas metas: “Sabía que no viviría encerrada en un taller”Con más tiempo en sus manos y aquel universo que percibía lleno de posibilidades, el espíritu pujante de Cristina emergió con fuerzas renovadas. Primero trabajó en una fábrica y, a la par, comenzó a desarrollar sus habilidades en el rubro de la sastrería: “Hacía alteraciones para diversos vestuarios y comencé a enseñar bordado. A la par, hacía lo que cualquier madre hace: llevaba a mis hijos al colegio, al médico, iba a las reuniones escolares, todo siempre en un marco de respeto increíble, ¡otro mundo!”Su hija, Alejandra, junto a su marido estadounidense. Ella cumplió el sueño de Cristina de bailar y fue su inspiración para escribir su libro “El compañero de baile” (Cristina Escobar, Amazon).A medida que los años fueron pasando, los esfuerzos de Cristina rindieron sus frutos: en varias ocasiones fue parte del equipo que confeccionó el vestuario para American Idol, y algunas reconocidas diseñadoras locales la empezaron a contratar, lo que la llevó a formar parte de desfiles inolvidables y alcanzar metas con las que ni había soñado: “Fueron experiencias indescriptibles”, se emociona la argentina, quien posee su empresa, Cristina’s Custom Fashion. “Yo no pude estudiar en la Argentina, quería, pero mamá deseaba que me quedara a ayudarla y decía que en mi condición sería imposible. Pero yo sabía que mi vida no era eso, y que no viviría encerrada en un taller. Finalmente, ¡acá también enseño!, imparto clases de costura y manejo de máquinas de coser Singer, desde las más simples hasta las más complejas. Hice hasta séptimo grado, pero no me dejé vencer”.”Hice hasta séptimo grado, pero no me dejé vencer”, dice Cristina.Volver a la Argentina y los aprendizajes: “Hay como 40 años de retraso y volví a sentir cómo vive allí una persona con discapacidad”Cristina regresó a la Argentina una sola vez, 25 años después de su partida. Su madre solía viajar seguido a Estados Unidos, por lo que nunca sintió la necesidad de volver. Pero con el tiempo enfermó y ya no pudo volar.“Decidí quedarme por un largo período en un hotel, no quería molestar a nadie. Tuve siete días de alegría por volver a ver a toda mi familia, pero después fue terrible”, confiesa Cristina. “Los ascensores allí suelen ser pequeñísimos, apenas se puede entrar con silla eléctrica; los baños también son incómodos, en muchos lugares de la ciudad no hay siquiera baños para personas con discapacidad. No pude pasear por el Parque 9 de Julio, ya que no hay rampas; sentía que en la ciudad había explotado una bomba: se veía todo viejo, sin mantenimiento”.“En aquel viaje entendí, finalmente, que en Argentina hay como 40 años de retraso y volví a sentir cómo vive allí una persona con discapacidad. Solo quería volver a mi casa y ducharme e ir a mi gusto al baño, cosa que parece sencilla, pero que muy importante, simplemente lo damos por sentado. Allí, limitada como en mi juventud, entendí que había aprendido lo que es sentir libertad”, asegura Cristina, quien hace 33 años vive en Miami.“Lo único que hace falta es tener una mente, nuestra arma fundamental. No es necesario tener un físico: hay que pensar, hay que ser decidido, audaz. (…) No lanzarse a luchar por lo que se desea, yo lo llamo cobardía”.“Finalmente, mi hija baila, desarrolló esa misma pasión que yo tenía de niña”, cuenta con una gran sonrisa. “Los sueños se cumplen. Lo que te gusta hay que hacerlo. Estando en silla de ruedas nada me detuvo, me hizo más luchadora, aunque por supuesto no es fácil; pero darse por vencido, no luchar por los sueños, es no vivir. Rendirse es morir, y yo tengo vida todavía”, reflexiona.“Lo único que hace falta es tener una mente, nuestra arma fundamental. No es necesario tener un físico: hay que pensar, hay que ser decidido, audaz. Nada se cumple de inmediato, pero con tenacidad se llega. Habrá muchas piedras en el camino, pero, ¿quién te quita no haberlo intentado? No lanzarse a luchar por lo que se desea, yo lo llamo cobardía”.*Destinos Inesperados es una sección que invita a explorar diversos rincones del planeta para ampliar nuestra mirada sobre las culturas en el mundo. Propone ahondar en los motivos, sentimientos y las emociones de aquellos que deciden elegir un nuevo camino. Si querés compartir tu experiencia viviendo en tierras lejanas podés escribir a destinos.inesperados2019@gmail.com . Este correo NO brinda información turística, laboral, ni consular; lo recibe la autora de la nota, NO LOS PROTAGONISTAS. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales.

Fuente: La Nación

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Sucedió en mayo de 2021. Junto a su mujer y a sus dos hijos, Aldo Raimondi decidió emprender un viaje desde Utrera -su nuevo lugar de residencia en España- hasta Cádiz, sin imaginar que estaría a punto de recuperar algo de aquello que con pesar había dejado atrás en la Argentina.Ya conocían Cádiz, la primera vez habían llegado en tren y recorrieron a pie su fascinante casco antiguo, y experimentaron los vientos irreverentes de la ciudad, la amabilidad y sencillez de los gaditanos, y algunas de sus playas más populares, como Santa María y La Caleta, esta última reconocida por formar parte del film “Otro día para morir”, de la saga de James Bond.La Caleta y la ciudad antigua de Cádiz de fondo.Pero aquel día de mayo fue diferente. Un año había pasado y esta vez arribaron en auto, lo que les permitió recorrer con mayor profundidad la costanera y encontrar un rincón mágico, que Aldo bautizó el paraíso: la Playa de la Victoria.“El día que conocí la Playa de la Victoria fue emoción pura”, se conmueve. “Me maravillé al encontrarme con costas extensas y anchas, que me trasladaron directamente a Monte Hermoso, nuestro lugar de origen. Un sinfín de sentimientos me atravesaron y nos quedamos hasta la puesta del sol, lo que me provocó una sensación única. Sinceramente fue como estar viendo el atardecer en la ciudad que me vio crecer y donde viví por 45 años. Fue muy movilizante. Lloré, disfruté y agradecí haber podido encontrar mi otro lugar en el mundo”.La Playa de la Victoria transportó a Aldo a su Monte Hermoso natal.Emigrar de Monte Hermoso a SevillaEn octubre se cumplirán dos años desde que Aldo dejó su Monte Hermoso natal, una ciudad a 100 km de Bahía Blanca, bañada por el océano Atlántico y que ama con su alma.Llegó a España a sus 45 años, tres meses antes de que lo hiciera su familia, gracias a un programa llamado VISAR (cancelado por el momento): “Fui seleccionado por el gobierno español; este programa está destinado a hijos y nietos de españoles que quieren venir a vivir a España, trabajar y alcanzar la ciudadanía española”, revela. “Dejé atrás más de veintisiete años en la televisión de mi localidad argentina, así como catorce años de docencia. Decidimos lanzarnos a la aventura con mi familia y radicarnos en Utrera, a 24 km de Sevilla, cuna del flamenco y el toro bravo”, continúa con una sonrisa.El mate está siempre presente en la Playa de la Victoria.Pero a pesar del entusiasmo y la esperanza de un futuro prometedor, para Aldo, el desarraigo resultó una experiencia compleja, impregnada de desafíos inesperados y tardes de añoranza. Las noches, entonces, solían arribar con cierta nostalgia inevitable hacia sus aguas atlánticas, y las postales serenas y extensas de la playa de Monte Hermoso. Pero, gracias a sus ávidas ganas de conocer los paisajes de su país adoptivo, la familia Raimondi halló no tan lejos de su nueva residencia un paraje con aires a hogar y sabor a propio.Vivir en Sevilla: “Tenemos una imagen del argentino amable que tal vez perdimos”La familia Raimondi en la Playa de la Victoria.Cádiz y Playa la Victoria, un lugar para reencontrarse con los orígenes argentinosCada vez que puede, Aldo le propone a su familia recorrer los 100 km que separan a Utrera de Cádiz capital, para reencontrarse con la Playa de la Victoria, un lugar de extensa arena, suave declive en el mar, recortes de la ciudad y del fuerte San Sebastián en el horizonte, y atardeceres sobre el océano Atlántico.“La provincia de Cádiz, me atrevo a decir, es la mejor o está entre las mejores de España. Desde Sanlúcar de Barrameda hasta Tarifa, todas las playas son increíbles. Se compone por ciudades romanas junto al mar – como en la playa de Bolonia- y es increíble ver el Atlántico y el Mediterráneo, separados por tan solo diez metros en Tarifa, así como encontrarse con un teatro romano mirando al mar, en Cádiz. Estas son tan solo algunas de las muchas sorpresas que tienen estas localidades andaluzas”.La playa de la Victoria es un balneario extenso, urbano, muy completo en sus servicios.“Regresando a mi rincón favorito, la Playa de la Victoria tiene unos tres kilómetros de extensión y un ancho aproximado de doscientos metros. Allí hay chiringuitos, zonas recreativas, servicios sanitarios impecables, así como duchas y limpia pies en casi todas sus bajadas”, describe. “También posee una rambla preciosa para recorrerla y disfrutar de una feria o de su variada oferta gastronómica”.“Dejar mi tierra no fue fácil y conocer esta playa fue como reencontrarme con mis orígenes de Monte Hermoso, donde el sol nace y muere en el mar. El atardecer es un espectáculo precioso y me emociona observarlo y sentirme como en casa, cerca de mi Argentina”.Los atardeceres en Cádiz trasladan a la familia Raimondi a Monte Hermoso.***En breves postales, “Mi Rincón Favorito” es una sección que invita a todos los argentinos (de acá y del mundo) a compartir su lugar preferido en el suelo que hoy habitan, ya sea un paisaje, un museo, un restaurante, o un rincón perdido. Tal vez, entre todos, podamos descubrir un poco más de la Argentina y el resto del planeta. Si tenés un rincón favorito para compartir podés escribir a mirinconfavoritoLN@gmail.com.

Fuente: La Nación

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Para Emilia, París surgió mágica a primera vista, aunque no todo fluyó como en un cuento de hadas. Tras las postales de ensueño, descubrió una cotidianidad compleja de sobrellevar para un emigrado. Focalizada en su sueño de convertirse en “nariz”, decidió no dejarse vencer por la añoranza inevitable y se esforzó en aprender francés durante el primer año, mientras trabajaba como niñera.Cada día, Emilia emprendía una caminata hacia la Universidad de La Sorbona, donde observaba a la gente circular, distante, “con un individualismo disfrazado de indiferencia”, les contaba a sus amigos. Sin embargo, los paisajes en el camino le devolvían la sonrisa y le recordaban lo afortunada que era. Pero no todos los parajes despertaban las mismas emociones en ella, hubo uno en especial que captó su atención y que pronto se transformó en uno de sus rincones preferido en París: el Jardín de Luxemburgo, ubicado entre la V y la VI arrondissement de la icónica ciudad. Entre las flores y la arquitectura imponente, la joven argentina se enamoró de aquel lugar: “Allí se respira un ambiente particularmente parisino”.En el Jardín de Luxemburgo se pueden disfrutar de flores frescas y diversas todo el año. (Emilia Serra Elli/)De Buenos Aires a ParísEmilia Serra Elli soñaba desde niña con ser “nariz” y crear perfumes para las grandes marcas francesas. Entre juegos y estudios, fantaseaba con París, con su elegancia y magnetismo, y sus exquisitos aromas atrapados en distinguidos frascos atesorados por hombres y mujeres cual joyas preciadas.Sin perder de vista su sueño, la joven se recibió del Colegio Nacional Buenos Aires y comenzó a estudiar farmacia en la UBA, con la ilusión de explorar los procesos químicos del universo de la perfumería. Por aquel camino intentó relacionar los dos mundos, pero finalmente comprendió que la carrera poco tenía que ver con lo que anhelaba para su vida.Una mañana, Emilia despertó con la certeza de que debía ir hacia su sueño si deseaba cumplirlo, y el suyo habitaba en Francia. Buscó posibilidades de empleo en el país europeo y con un pasaporte italiano aún en trámite, y sin saber el idioma, decidió aventurarse por un sendero prometedor, pero desconocido.Emilia en el Jardín de Luxemburgo, París, Francia. (Emilia Serra Elli/)El Jardín de Luxemburgo: un aliado y un lugar que encarna el espíritu de ParísLuego de doce meses dedicados al empleo y adaptación en su nuevo mundo, la joven dio el primer paso hacia su meta: comenzó el primer año en la Ecole supérieure du Parfum en París y, el Jardín de Luxemburgo fue siempre un aliado fundamental en su camino.“Me parece un lugar mágico por varios motivos: el primero es la enorme cantidad de sillas verdes que la intendencia de París puso a disposición para todos. Hay sillas normales y tipo reposeras para que podamos disfrutar los pocos días de sol que tenemos al año”, sonríe. “Las mismas no están pegadas al piso y la gente las mueve y hace reuniones enormes con amigos. ¡También hay balanzas!, no me queda muy claro qué hacen ahí, pero me causa gracia encontrarlas en el medio del jardín”.En el jardín, los niños compiten con barcos miniatura de diversas nacionalidades.“Frente al palacio hay un estanque donde los niños compiten con pequeños barcos a vela con distintas banderas, y hay una argentina, siempre me acerco a buscarla”, observa. “Hay ponys para que los chicos recorran el parque, así como un teatro de marionetas. Hay canchas de tenis donde siempre puede hallarse a alguien entrenando”.“Para mí es un lugar de disfrute total, ambientado como en un cuento, con muchas flores recién plantadas en cada estación para que estén siempre frescas; estatuas hermosas y, en verano, vendedores de helado artesanal que coronan el día. El Jardín de Luxemburgo encarna el espíritu de París, ¡Paris est une fête!”Jardín de Luxemburgo, un lugar para relajarse en una atmósfera especial.Un lugar en París lleno de magia y donde puede encontrarse el amorMás allá de su atmósfera fascinante, el Jardín de Luxemburgo y sus alrededores, le obsequiaron a Emilia el mayor de los tesoros: el amor. Allí, en el corazón del Barrio Latino y donde estudiaba francés, conoció a su actual pareja. Enamorados y embelesados por los paisajes que los unieron, juntos alquilaron un departamento, ubicado al lado del Jardín de Plantas y a diez minutos de Notre Dame.Con el paso de los años, Emilia consiguió un empleo en la Place Vendôme para la firma Guerlain, una casa de perfumería de lujo desde 1828. De a poco, París y sus calles habían comenzado a sonreírle y, hasta el día de hoy, el Jardín de Luxemburgo es testigo de sus logros.Jardín de Luxemburgo, París, Francia.“Nos encanta pasear por el jardín y volver a los restaurantes donde aprendimos a conocernos, hace varios años. El jardín y el Sena, también forman parte de nuestros paseos matinales los sábados de sol. Por las mañanas, bien temprano, se puede disfrutar en toda su belleza, con un café o chocolat chaud en invierno. Es bellísimo, hay una energía particular en el lugar. Es el rincón de París que lo representa todo: la magia, el espíritu de la ciudad y el amor”.***En breves postales, “Mi Rincón Favorito” es una sección que invita a todos los argentinos (de acá y del mundo) a compartir su lugar preferido en el suelo que hoy habitan y tan bien conocen, ya sea un paisaje, un museo, un restaurante, o un rincón perdido. Tal vez, entre todos, podamos descubrir un poco más de la Argentina y el resto del planeta. Si tenés un rincón favorito para compartir podés escribir a mirinconfavoritoLN@gmail.com.

Fuente: La Nación

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Años atrás, Luis lejos estaba de imaginar que algún día viviría en un país escandinavo. A pesar de su curiosidad innegable, en su adolescencia, sus mayores aventuras transcurrían en los universos paralelos de los juegos online, un mundo que lo unía con decenas de jugadores de diversos puntos del planeta.Apenas manejaba un inglés básico, pero con sus amigos virtuales podía comunicarse. Desde niño, adoraba escuchar a las bandas de afuera, esas que lo habían llevado a bucear en sus letras y aprender de manera autodidacta. ¿Cómo sería vivir en otro rincón del mundo?, se preguntaba. Tal vez, sus conocimientos fueran demasiado rudimentarios como para desenvolverse con soltura en tierras extranjeras, pero, a pesar de ello, se creía capaz de hacerlo: sabía que muchas barreras se pueden superar cuando hay voluntad de llegar a un entendimiento.Pero los años pasaron y, entre sus estudios de economía y comercio, y sus proyectos laborales, Luis adormeció sus fantasías de emprender su primera gran aventura en el plano real, en un entorno totalmente opuesto a su existencia conocida.El punto de inflexión llegó en un día negro, que recuerda con mucha tristeza: “Estaba montando mi empresa en Argentina y la devaluación no acompañaba”, recuerda. “Pero lo que me dio el empujón fue un robo muy feo que aconteció en el 2019, el año que me vio partir”.Investigando, Dinamarca emergió como un país amigable para los extranjeros y muy atractivo bajo la mirada de Luis.Aquel evento traumático aceleró el tiempo de maneras sorprendentes. Sumergido en horas de investigación, Dinamarca emergió de pronto como el candidato firme, amigable para los extranjeros y muy atractivo bajo su mirada.Todo parecía muy sencillo: se anotaría en un programa llamado Workaway, que le permitía volar de inmediato a enseñar español a cambio de alojamiento. Mientras tanto, aguardaría la aprobación de la visa Working Holiday que ya había comenzado a tramitar y –en paralelo- se ocuparía de conseguir su pasaporte europeo.Pero la vida, tantas veces incierta e inesperada, no siempre obedece nuestros planes, y Luis estaría a punto de descubrirlo.Cuestionar el origen argentino: “Todas las personas del mundo merecen vivir en paz, con respeto y estabilidad”A medida que el avión carreteaba los pensamientos de Luis también cobraron velocidad; jamás había estado en Europa, dudaba si podría comunicarse con éxito, y tenía curiosidad por saber cómo sería la recepción de la familia que lo alojaría en su nuevo hogar: “Pero también tenía fe y convicción de que lo iba a lograr, que todo iba a estar bien”.Vivían en Dinamarca, tenían calidad de vida, pero regresaron a ArgentinaEl impacto del arribo fue más fuerte de lo esperado. Desde el aeropuerto hasta su nuevo lugar de residencia, Luis pudo respirar calma, respeto y alegría en el aire. Y, con cierta tristeza, notó cómo sus pensamientos viraban hacia recuerdos argentinos, cercanos y violentos, y no pudo evitar cuestionar su origen y la vida que había naturalizado.“Definitivamente, lo que más me chocó en Copenhague fue la seguridad total, algo que con el tiempo comprobé que se vive las 24 horas y todos los días del año. Cuestioné de dónde vengo, porque creo que todas las personas del mundo merecemos vivir en paz, con respeto y estabilidad”.En las calles de Copenhague, la mayoría transita en bicicleta.Primeros meses en Copenhague: un comienzo alocado y hábitos sorprendentesSu familia danesa lo recibió con los brazos y la mente abierta, una característica que descubriría habitual de su nueva comunidad. Pero Luis pronto comprendió que el acuerdo al que habían llegado –idioma español a cambio de alojamiento- supondría un desafío más complejo de lo esperado. Él hablaba español, pero no recordaba en profundidad sus reglas: “La verdad es que la experiencia fue genial, aunque para empezar fue demasiado loco”, asegura hoy al rememorar aquellos tiempos. “Tuve que sentarme y volver a estudiar todos los aspectos de nuestra lengua”.En Dinamarca, como en muchos países europeos, la gente prefiere sacar sus posesiones a la calle para que otros se la lleven, antes que venderlas. Y, en ocasiones, los escenarios se vuelven más que pintorescos. (Foto tomada por Luis)Cuando la estadía con la familia danesa llegó a su fin, el joven se alojó en diversos hostels a la espera de su visa de trabajo, y ansioso por reorganizarse laboralmente y encontrar un mejor alojamiento.“Fueron tiempos donde todo me resultaba asombroso”, continúa. “Los inviernos son muy duros y helados y acá se acostumbra zambullirse en los lagos congelados para mejorar el sistema inmunológico, así como la voluntad y la templanza, por nombrar algunos aspectos. También me sorprendió cómo la gente trata de cuidar el medio ambiente y la naturaleza: las latas, botellas de vidrio y plástico se pueden cambiar en el supermercado por monedas, lo que alienta el reciclado. Asimismo, los autos a combustión pagan impuestos más altos que los eléctricos: todo el sistema promueve el cuidado del medioambiente y la lucha contra la contaminación”.Luis, en las calles de Copenhague.Una pandemia y un plan que nunca resultó: ¿Irse o quedarse en Dinamarca?Entre el impacto comunicacional, cultural y la adaptación, y a pesar de las dificultades iniciales, Luis reveló que se sentía a gusto y aguardaba con ansias su visa de trabajo, para normalizar su vida en Dinamarca.Sus planes, sin embargo, fueron tan solo eso: planes, siempre vulnerables a los eventos inesperados y nunca del todo bajo nuestro control. La pandemia llegó para torcer su camino y el de millones de habitantes de un mundo que parecía haber enloquecido.“La visa finalmente fue rechazada debido a la situación mundial sanitaria”, cuenta. “Así y todo me quedé. Fue una odisea y viví momentos donde la decisión de quedarse o repatriarse debía tomarse diariamente. Opté por arriesgarme, permanecer y acelerar los trámites que había iniciado para obtener mi pasaporte europeo, algo que milagrosamente conseguí un par de días antes de que finalizara mi permiso de estadía. Esto me habilitó a quedarme y empezar a buscar trabajo para rearmarme de cero”.Imagen tomada por Luis en una tarde de verano.Calidad de vida, calidad humana en DinamarcaSu primer trabajo fue en la cocina de un restaurante, aunque los horarios eran poco convenientes y la paga no era tan buena. Luis deseaba contar con más tiempo para desarrollar su propio emprendimiento, tal como lo había soñado en Argentina. Aún alojado en un hostel, se dispuso a encontrar un empleo de medio tiempo que le permitiera abrir sus horizontes, algo que logró a las pocas semanas.“Las oportunidades laborales son muchas, en general conseguir empleo no es difícil. Con mi trabajo en horario reducido, de a poco, en paralelo, logré montar mi empresa relacionada a las importaciones, ponerla en regla y generar ingresos extra”, cuenta con orgullo y a la espera de un crecimiento.Copenhague, la capital de Dinamarca, se ubica en las islas litorales de Selandia y Amager. Se conecta con Malmo en el sur de Suecia a través del puente Öresund.Por este camino, y tras un año de vivir en hostales, Luis finalmente tuvo la oportunidad de alquilar un departamento y sentirse como un residente más: atrás había dejado la sensación de estar de paso.“Es muy difícil conseguir alojamiento. Todo está ocupado y los precios son elevados. Sin embargo, en este tiempo fue impactante descubrir cómo funciona el país en general. Si bien se paga alrededor de un 40% en impuestos, las personas lo hacen con gusto, ya que el sistema de salud es muy bueno, y la movilidad laboral y la educación también lo son. Por otro lado, es un país que abre sus puertas a jóvenes de todas partes del mundo para estudiar”, agrega con una sonrisa. “Y la seguridad… Sin importar la edad o el género, nunca escuché ni vi que hayan lastimado a alguien o robado con violencia; menos crímenes o violaciones, la gente vive en armonía y eso es realmente increíble para los ojos de alguien que viene de Buenos Aires”.Foto tomada en la noche del 14 de septiembre por Luis.“Y puedo decir –desde mi experiencia personal- que, pese a que la cultura es distinta y no es mi lugar de origen, enseguida me sentí cómodo y en un ambiente cálido. Es un país alegre, donde todos se tratan con respeto, tranquilidad y comprensión. La calidad de vida es excelente, la gente vive en paz, todos los trabajos alcanzan para cubrir los gastos fijos básicos, como comida, renta, ocio. Claro que depende de cómo uno se administre, pero incluso si el salario es bajo, la educación, la seguridad y la salud están garantizadas en Dinamarca”.Quedarse allí, donde nos sentimos a gustoEn tierras escandinavas, un joven argentino creció de golpe, transformó un pasado incierto y temeroso, en un presente emprendedor. En un camino de pocas comodidades y mucha incertidumbre, hoy sostiene que vale la pena animarse a cruzar los límites, ya que nada está nunca del todo bajo nuestro control. Su gran ventaja, tal vez, haya sido que, a pesar de los contratiempos, Copenhague se sintió desde el comienzo cómoda en su piel; Luis buscaba alegría, apertura, tranquilidad y respeto en el mundo real y allí, lejos de su Argentina querida, finalmente halló lo que su alma necesitaba.A pesar de las dificultades, en Copenhague Luis se sintió cómodo desde el comienzo.Atrás quedaron las calles bonaerenses de su barrio, tantas veces desoladas por el temor a la inseguridad. Atrás quedó el resguardo tras un mundo virtual atractivo, atrapante, pero alejado de la sensación de plenitud que provoca transitar lo real. Dos años pasaron desde su partida, tiempos de transformación, autodescubrimiento, crecimiento y una revelación: no tenemos por qué naturalizar lo que no se siente bien en nuestro corazón.“Se extraña mucho los afectos, sí, y desde la distancia siempre voy a sentir nostalgia del lugar que me vio crecer”, dice a modo de conclusión el argentino de 26 años. “Aprender de otras culturas es increíblemente enriquecedor. Me siento agradecido por estar viviendo una experiencia diferente, buena en sus claroscuros, y que te transforma en el mejor de los sentidos”.*Destinos Inesperados es una sección que invita a explorar diversos rincones del planeta para ampliar nuestra mirada sobre las culturas en el mundo. Propone ahondar en los motivos, sentimientos y las emociones de aquellos que deciden elegir un nuevo camino. Si querés compartir tu experiencia viviendo en tierras lejanas podés escribir a destinos.inesperados2019@gmail.com . Este correo NO brinda información turística, laboral, ni consular; lo recibe la autora de la nota, NO LOS PROTAGONISTAS. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales.

Fuente: La Nación

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“Veinte años”, suspira David English. “Carlos Gardel, en su tango Volver, dice que veinte años no es nada y en cierto sentido es verdad. Cuando pienso en esa mañana, en todo lo que pasó, todo lo que viví, se siente como si fuera hoy”.“Pero estos veinte años resultaron ser un tiempo suficiente para cambiar y rehacer mi vida en Argentina, para transformarme en la persona que soy, crecer, valorar las pequeñas cosas de la vida, algo que me enseñó este maravilloso país”, se emociona. “Fueron veinte años para abrazar las costumbres que tenemos en este suelo: incorporar la calidez humana, disfrutar de la siesta, ¡al menos aquí en Mendoza!, hacer los ñoquis con la abuela alrededor de una mesa en la cocina, poder buscar a mi hijo al mediodía para almorzar en casa, bailar con el corazón… ¡`quién te quita lo bailado!´, ¿no? Estas cosas, en muchos lugares a los que los argentinos hoy quieren ir, son impensables”.“En homenaje a los 3000 muertos, incluyendo amigos, vecinos y colegas míos, hablo de estas cosas buenas de Argentina. Ese día trajo un gran aprendizaje, creo que a ellos les hubiera gustado tener la oportunidad en la vida de disfrutar de lo más importante, que tiene que ver con la verdadera calidad de vida: la calidez humana”.David, en una tarde mendocina. (@soydavidenglish/)Morir y renacer en ArgentinaA David English no le gusta hablar demasiado de lo acontecido aquella mañana fatídica del 11 de septiembre de 2001. Prefiere conmemorar la fecha como el inicio de una transformación que lo trajo a la Argentina.De aquel día recuerda que la impresionante explosión lo dejó tendido en el suelo, aturdido. No veía nada, solo escuchaba gritos. Las imágenes, vivencias y dolores en el cuerpo y el alma quedaron allí, en Nueva York. En esa gran manzana quedó aquel David de 30 años, consultor en una empresa de tecnología, que se encontraba justo debajo de una de las Torres Gemelas. Allí, en Estados Unidos, dejó una vida que en el fondo sentía que no quería, para renacer en Argentina siendo la persona que siempre había deseado ser.“Tomé la decisión de irme de Estados Unidos no solo por lo que sucedió el 11 de septiembre, sino por lo que viví los días siguientes; porque, más allá de que fue una experiencia traumática en la que vi cosas horribles y de la que sobreviví de milagro – estaba ahí abajo y el avión explotó arriba de mi cabeza -, no me gustaron algunas cosas de las que fui testigo, relacionadas a la gente y la sociedad”, revela David, con voz calma. “Entonces pensé en un lugar lejos, lo más lejos posible de Nueva York. Quería un destino con buena gente, tranquila, que tenga otros valores más enfocados en las relaciones humanas y pensé en Argentina. Había estado de viaje en el año 98 y me había gustado mucho el país, sus costumbres, su cultura. Me pareció un lugar excelente para irme y olvidarme de algunas cosas; un lugar en el mundo para aprender a vivir de otra forma”.Año 1990. David English, en Nueva York.Sus padres lo comprendieron y apoyaron. Irse lejos de la familia, por otro lado, no era algo ajeno a su cultura. David, como casi todos los jóvenes estadounidenses, se había alejado de su seno familiar apenas había terminado el secundario: “Los padres quieren que te vayas para crecer y aprender, es otra actitud, otra costumbre”.Pero varios de sus amigos no entendieron ni a dónde se iba ni por qué elegía un país tan diferente; muchos ni sabían en qué lugar del mundo se ubicaba y hasta desconocían que se tratara de una nación: “Hay gente en Estados Unidos que piensa que Argentina es una provincia de Brasil, o no tienen la menor idea”, agrega David.PODÍA IR A SUECIA. ELIGIÓ ARGENTINA: “EL CAOS LATINO ME DA LIBERTAD PARA CRECER”Al avión embarcó impregnado de sensaciones extremas, que se balanceaban entre la incertidumbre, el miedo y un renovado entusiasmo; a suelo argentino llegó esperanzado, con espíritu aventurero y con una potente sensación de renacimiento: “Argentina estaba en crisis, pero yo lo viví como una gran oportunidad porque, con la devaluación, los dólares que tenía ahorrados me servían mucho más: podía arriesgarme. Considero que este país es una tierra para los aventureros en todos los sentidos. Para muchos es tan solo el fin del mundo, sí, donde todo es bastante rústico, pero justamente por eso hay mucho por hacer”.David, en sus tiempos como ejecutivo. (@soydavidenglish/)Aprender a cambiar el chipDavid decidió residir en Mendoza, el lugar que lo había enamorado en el 98. Arribó colmado de alivio, sentía que se había alejado de los problemas del mundo. El paraje era tan distinto a Nueva York, que en él crecieron de inmediato las ganas de crear y construir algo significativo. Por fin, sus ganas de vivir habían regresado: “Sentí mucha ambición en el sentido positivo y deseos de cumplir mi sueño de tener mi propio negocio, hacer algo en otro país. Mendoza me dio esa oportunidad”.ES DE FINLANDIA. ELIGIÓ VIVIR EN ARGENTINA: “EL PAÍS ME DIO LO MÁS IMPORTANTE”El norteamericano se instaló en la sexta sección de la ciudad, en un vecindario normal donde pronto descubrió los tesoros de una vida de barrio, como juntarse con sus vecinos a comer asado y tener todo ahí, a mano: “No vivo en un barrio privado ni ando en un BM ¡y me encanta el estilo de vida que llevo!”, sonríe. “En tres cuadras tengo mi panadería, la carnicería, la farmacia, el minimercado, el tapicero; todo lo que uno podría necesitar está a mi alcance. Mi hijo – de 10 años y nacido en Argentina- y yo, somos amigos de los dueños de todos estos negocios. Fue lindo hacer amistades en el barrio, todos emprendedores”.David cumple años el 30 de diciembre, el mismo día que su gran amigo Willy, su vecino y el tapicero del barrio. Ellos le hacen una torta y, con esa calidez, transmiten esa buena onda que él considera tener riqueza. (@soydavidenglish/)Pero, tal vez, uno de los impactos más fuertes para David fue encontrar felicidad en los rostros de las personas, a pesar de haber llegado en medio de la crisis argentina del 2001. Todo explotaba y, sin embargo, nadie parecía haberse quedado congelado, sin saber qué hacer.“En países donde no se acostumbran las crisis la gente se paraliza, anda malhumorada y solo se queja. Y la verdad es que los argentinos se quejan ¡y mucho!, pero ves que en paralelo están a full, recreándose, cambiando su forma de vida y de pensar”, exclama. “Siempre recuerdo cuando, en una reunión en Córdoba, un hombre me dijo: `ahora hay que exportar, pero nunca debés olvidarte del otro lado de la moneda: en algún momento las cosas van a cambiar y todo se revertirá; hay que estar preparado para el cambio de chip´. Me llamó la atención ese dicho, `cambiar el chip´, que en Estados Unidos no se usa y me parece una metáfora excelente de la mentalidad que hay que tener para sobrevivir y tener éxito en este país”.David tiene dos emprendimientos: organizar pasantias en bodegas para estudiantes universitarios de EEUU y asesorar a extranjeros quienes invierten en Mendoza. Mail: soydavidenglish@gmail.com (@soydavidenglish/)El porqué de la lentitud argentina“¿Para qué sirve esto?”, le preguntó su amiga Marita, extrañada. David English le sonrió complacido: “Es una pava eléctrica para que puedas calentar el agua para el té o el mate más rápido”. La mujer apoyó el artefacto en un rincón y allí quedó, por siempre en el olvido.En un comienzo, David no entendía. Creía que, para una asidua consumidora de bebidas calientes a base de agua, el regalo que le había hecho a la señora que le alquilaba su primer departamento en la Argentina era simplemente perfecto, ¡una salvación! Sin embargo, la indiferencia de Marita perduró a través de los años, tiempos en los cuales David se integró a una comunidad que lo recibió con los brazos abiertos, hasta que un día lo comprendió:“En la Argentina se organizan a propósito planes que llevan tiempo. ¡Al principio me asombraba y me costaba entender el porqué de tanta lentitud! Fue con el paso de los años que comprendí que a Marita le gusta que el agua demore en calentarse, para poder sentarse en la mesa, estirar el encuentro y charlar un poco más”, manifiesta David al respecto. “De igual manera, es a propósito que lleva tiempo hacer el asado, un ritual pausado para poder estar juntos y pasarlo bien. Para mí fue un hermoso descubrimiento y aprendizaje. En Estados Unidos un bistec se hace en un grill a gas que te cocina todo en 15 minutos. Esto es toda una metáfora cultural. En mi país de origen el tiempo es dinero, todo se acelera. Acá, en cambio, el tiempo son relaciones. ¡Una diferencia muy significativa que habla mucho sobre las dos culturas! La lentitud argentina fomenta las relaciones humanas, lo que convierte a este país en uno verdaderamente rico”.David, en uno de sus rituales favoritos. (@soydavidenglish/)Otros aspectos relativos a la calidad de vida y la riquezaAl poco tiempo de habitar en suelo mendocino, David quedó asombrado por la unión familiar que se podía respirar en la atmósfera; entendió que la idea de “irse lejos”, tal como había hecho él, allí no era usual. Descubrió el apego por los tíos, los abuelos, los hermanos y los domingos sagrados en familia, donde se reúnen grandes grupos de personas alrededor de una mesa y por horas.“Los valores humanos y la riqueza de este país no tienen nada que ver con lo tangible”, afirma. “Por estas razones, para mí Argentina es uno de los países más ricos del mundo y Estados Unidos, en algunos sentidos, uno de los más pobres. Acá, en Mendoza, la gente no está mirando el reloj cuando va al parque en familia, no siente la urgencia de volver a casa a trabajar o ver la tele. En esta parte del mundo las personas se juntan a estudiar o hablar y compartir mate. Al mate lo veo como la pipa de la paz. Hoy, en pandemia, no la podemos practicar, pero compartir mate me parece una costumbre maravillosa, ya sea alrededor de un fuego, sobre una manta tocando la guitarra, o donde fuera. Es tan lindo como el asado con amigos. En definitiva, uno puede ser la persona más rica del mundo, pero, si está encerrado en su mansión, tiene una vida deprimente con cero calidad de vida. La riqueza está en las relaciones”.Paseo con su hijo Benjamín en tierra argentina. (@soydavidenglish/)“Mendoza, por otro lado, posee un clima excelente, se hacen muchas actividades al aire libre, y la naturaleza está cerca. La ciudad es chica, se puede caminar a todos lados, el transporte público es muy bueno, mil veces mejor que en muchos lugares de Estados Unidos, donde sin auto nada se puede hacer. Luego están los festivales, como la vendimia. Con su música, peña y comida, Mendoza y la región de Cuyo tienen su propia cultura muy rica y eso suma a la calidad de vida. ¡Yo participo en todo! Son actividades auténticas, que se hacen principalmente para los locales, más allá del turismo. No hay fachada, no es forzado. Habla de la profundidad de la cultura”.Reencuentros con el pasado y aprendizajes en una Argentina queridaVeinte años atrás, en el marco de uno de los atentados más impactantes de la historia, un David English rodeado de dolor y cuerpos sin vida, dejó morir su pasado para volver a nacer. Hoy, cuando regresa a su país natal, siente que vuelve a su ex patria como si fuera un extraño, un turista más.“¡Y descubrirlo fue genial! Un día me di cuenta de que ya no me sentía de allá y veía todo como desde lejos y por primera vez. Empezaba a extrañar apenas me subía al avión de ida, porque a mi vida acá, en Mendoza, la amo”, confiesa. “Hoy, viviendo afuera, reconozco con mayor claridad ciertas costumbres de Estados Unidos que, cuando vivía adentro, no veía. A los seres humanos nos cuesta ver cómo estamos viviendo porque estamos muy metidos adentro de la burbuja. Por eso se dice que un pez no sabe que está mojado, porque vive toda su vida dentro del agua. Solemos transitar nuestra existencia en una sola cultura y, si no hemos salido de ella, no tenemos perspectiva sobre lo que nos pasa. La distancia te da claridad, punto de vista. Por supuesto, extraño a mi familia y a mis amigos, pero sus valores ya no son mis valores. Allá todo tiene que ser rápido, instantáneo, ¡jamás se les ocurriría hacer algo más lento a propósito, como lo hace Marita con su pava para poder compartir más! Para mí la felicidad no está en la agenda, en lo material y la eficiencia, está en las personas”.David y Benjamín acampan en el piedemonte de Los Andes, uno de los lugares más puros del mundo. (@soydavidenglish/)“Y este país también me enseñó acerca del lado positivo de la flexibilidad, la informalidad, y la productividad ociosa. Allá se mueren de la risa de solo pensar que podés estar rascándote la panza y no hacer nada, y que eso sea hacer algo en sí mismo y ser productivo. ¡Pero es fantástico!, en la productividad ociosa surgen grandes ideas”, continúa riendo. “En Argentina estoy aprendiendo cómo vivir. En Estados Unidos estaba reprimido, me sentía exigido a llevar el tipo de vida que se espera socialmente. Por eso, muchos de mis amigos me mandan feliz cumpleaños el 11 de septiembre, porque ese día nací de nuevo y, Argentina y su cultura, me permitieron convertirme en la persona que realmente soy”, concluye emocionado.*Argentina Inesperada es una sección que propone ahondar en los motivos y sentimientos de aquellos extranjeros que eligieron suelo argentino para vivir . Si querés compartir tu experiencia podés escribir a argentinainesperada@gmail.com . Este correo NO brinda información turística, laboral, ni consular. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales.

Fuente: La Nación

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La mirada de Mirta Svampa se pierde en el horizonte, la tierra que habita, Argentina, se ha vuelto inesperada. Allá a lo lejos, atravesando ciudades, mares y montañas, se encuentran su hija y sus nietas, seres que ama con toda su alma. Sus días transcurren entre suspiros y recuerdos, siente que es una madre y abuela sola en el fin del mundo, envuelta en añoranzas.Solo hay dos legados duraderos que podemos esperar dar a nuestros hijos. Uno de ellos son raíces, el otro, alas, dijo alguna vez Johann Wolfgang von Goethe, pero, ¡qué difícil es a veces verlos volar! Qué duro se hace el camino cuando la distancia es tanta…Su hija no es la única que voló, su hijo también lo hizo. Cruzó al país vecino, Chile, que tal vez no parezca tan lejos, pero lo cierto es que los separa una imponente cordillera: “Y con la pandemia, hasta lo más cercano se alejó, y, lo lejano, lo hizo más aún”.De nueve cuadras a los Países Bajos: “Mi hija iba a formar una familia y eligió el país más seguro”En días argentino, cuando su hijo anunció su partida a Chile, la tristeza de Mirta fue grande, pero el panorama no amaneció desolador: podrían visitarse seguido, y a nueve cuadras de su casa vivía su hija, con quien siempre mantuvo una relación hermosa y muy estrecha.“Nos reuníamos para tomar mate, comer, conversar, festejar cumpleaños y acompañarnos en nuestras alegrías y preocupaciones”, cuenta con una leve sonrisa. “A mi hija siempre le había gustado viajar, pero nunca se planteó el tema de irse”.Mirta siempre tuvo una relación muy estrecha con su hija.El día menos pensado, durante un viaje muy anhelado, todo cambió. La hija de Mirta partió entusiasmada a Europa y fue en los Países Bajos que el destino torció su rumbo: entre paseos, conoció a un joven neerlandés y se enamoraron: “Comenzaron una relación y, entre idas y vueltas, llegó el día en que tuvieron que decidir en qué país iban a vivir, y la conclusión fue Países Bajos”.Es de Holanda, vive en Bs. As.: “El carácter argentino es difícil de comprender”Con aquella determinación, el mundo de Mirta se derrumbó; su adorada hija, compañera y confidente, ya no estaría a nueve cuadras, sino del otro lado del océano y, con su partida, también se iba su nieta en camino: “Tenía ya siete meses de embarazo cuando se fue”, cuenta conmovida. “Me convertiría en abuela, pero estaría lejos para acompañarlas en el camino”.“Cuando le pregunté por qué había decidido emigrar, me contestó que la razón era una y solo una: iba a formar una familia y eligió el país más seguro. Yo no pude decirle nada, era muy justificable lo que me contestó”, continúa Mirta. “Todo lo demás en Argentina lo había logrado: era profesional, tenía un buen trabajo, un buen sueldo y hasta había podido comprarse un departamento”.Atravesar la despedida, enfrentar las diferencias culturales y una pandemia que alejaComo toda madre, Mirta no quería empañar las ilusiones de su hija, joven, colmada de sueños y proyectos. Por dentro, sin embargo, su mundo comenzó a derrumbarse. Trató de imaginarse allí, en Argentina, el país por el que había apostado y en el que había decidido formar una familia, y de pronto se sintió defraudada por una tierra que amaba, pero que había expulsado aquello que más quería en el mundo hasta dejarla en una soledad doliente.“Tuve que prepararme para la despedida. Fui a un psiquiatra para que me acompañara en el proceso”, confiesa. “En la despedida sentí una verdadera montaña de sensaciones junto un desgarro enorme, su partida dejó un vacío inexplicable”.Mirta tiene dos nietas en los Países Bajos.Decidida a alivianar el peso de los sucesos, Mirta comenzó a proyectar su primera visita con una ilusión que se transformó en una alegría inconmensurable: “Pude estar para el nacimiento de mis dos nietas y también pude viajar todos los años, hasta que la pandemia azotó al mundo”.“Hace siete años y medio que se fue y durante los cinco primeros estuve muy bien: tenía aquí mucha actividad, pintaba cuadros, daba clases de pintura y estudiaba inglés, y ella también venía una vez al año”, cuenta. “Cuando voy a visitarlos siento mucho la diferencia de culturas, no podría quedarme allí, las costumbres son muy distintas y me cuesta adaptarme, además de no poder comunicarme ya que no hablo la lengua local ni el inglés”.“Deseo que el país pueda darles a los que emigran las mismas posibilidades que buscan afuera”Hace dos años y medio, Mirta enfermó de depresión, por lo que rápidamente fue asistida. Atravesó diferentes estados y un día, de a poco, comenzó a recuperarse; la pandemia y su edad, sin embargo, redoblaron el desafío y le mostraron otra realidad: no podemos controlar incluso lo que creíamos controlable.“Con 74 años, también me di cuenta de que empiezo a transitar la vejez, con sus consecuencias físicas, y me pregunto cuántas veces más podré viajar”, dice pensativa. “Mi hija está feliz allá, y eso es tan importante, Países Bajos es un país que te permite vivir bien y tranquilo. El transporte público es perfecto, está lleno de actividades para los chicos, con estabilidad económica y seguridad. Sin embargo, sentí la necesidad de hacer visible el otro lado de la historia”.Mirta comprende a su hija, y sabe que en los Países Bajos es feliz.“No nací en la época de la tecnología. No puedo disfrutar cuando me despierto y toco la pantalla táctil del celular para pasar las fotos, textos y videos con mis nietitas hablando en duch. No reemplaza los abrazos, besos y caricias. Comprendo a mi hija, pero no es fácil. Sin dudas, los Países Bajos es un país bellísimo, aunque Argentina también lo es, con maravillosos paisajes y una ciudad hermosa”.“Argentina, mi querido país representa todo lo que soy y tengo. Es la tierra donde he logrado objetivos por un camino nada fácil, de mucho esfuerzo y trabajo. En mi adolescencia, jugaba al voleibol en Ferro Carril Oeste y estuve en el seleccionado argentino. Estar en el medio de una cancha representando al país , con los colores argentinos en la camiseta y escuchando el himno, es un sentimiento inigualable, sentís que das todo por el país. Esta es mi patria y quiero seguir viviendo aquí, aunque se haya tornado inesperada. Cuando miro nuestra bandera, símbolo patrio, me despierta una gran emoción. Quisiera ver muchas banderas argentinas ondeando en lo más alto de un mástil por la ciudad, como la que está delante de la facultad de Derecho, sobre la Avenida del Libertador”.“Un día, paseando por ahí, me senté al lado y estuve una hora disfrutando del bello paisaje y de nuestra hermosa bandera. Deseo que algún día el país pueda darles a los que – como mis hijos- emigran, las mismas posibilidades que buscan afuera, para poder, así, mantener a la familia unida”.*Si querés compartir tu experiencia podés escribir a argentinainesperada@gmail.com . Este correo NO brinda información turística, laboral, ni consular; lo recibe la autora de la nota, no los protagonistas. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales.

Fuente: La Nación

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Fabiana empezó a correr el 12 de marzo de 2017, en su cumpleaños número 47, un día que la cambió para siempre. Fueron 4 kilómetros y 750 metros, una distancia que le demostró que una mejor vida era posible. El ACV isquémico de 2011 le había dejado un aprendizaje que recién pudo comprender en aquel aniversario: “La vida es una construcción de cada día y de mí depende ser feliz”.Cierta vez llegó a correr 165 km, y más adelante comenzó a explorar, con su bicicleta o a pie, paisajes desafiantes; si era capaz de subir montañas – se dijo- también podía transformar su existencia: “Me había tocado afrontar pruebas muy duras, la primera la muerte de mi hijo”, expresa con serenidad. “Pero también atravesaba una relación turbulenta, y el ACV llegó para marcar un nuevo rumbo”.Fabiana sintió que si era capaz de subir montañas, también podía transformar su vida. (Fabiana Torres/)Hasta entonces, Fabiana se sentía una persona disociada en pedacitos. Pero con cada kilómetro, comenzó a sentir que su vida y su cuerpo volvían a una unidad, muy de a poco, y no sin obstáculos: “Con cada uno de ellos, de las cenizas se renace”, dice. “Un día llegué al Lago Soberanía y vi una estrella fugaz reflejada en el agua: lago y cielo eran uno en esa noche perfecta y allí decidí que necesitaba un viaje y que mi destino principal sería el desierto de Sahara”, revela.Vivir en Boipeba: a los 62 cambió el ruido argentino por un paraíso en BrasilPor aquellos días, Fabiana ya estaba divorciada y había cumplido los 50; como jamás en su vida, comprendió que era tiempo de soltar las culpas, perdonar y perdonarse, y abrazar una nueva vida: “Nosotros hacemos de las culpas una cárcel para condenar nuestros errores”.No sin temores, aunque muy decidida, la mujer se tomó licencia del trabajo sin goce de sueldo, dejó atrás un entorno que la despidió con ternura e incertidumbre, puso a punto su bicicleta que bautizó “La Laura”, empacó una mochila y partió sola hacia una travesía donde la soledad nunca fue un interrogante: “Si hay un corazón dispuesto, jamás el ser humano estará solo”.Fabiana puso a punto su bicicleta que bautizó “La Laura”, empacó una mochila y partió sola hacia una travesía donde la soledad nunca fue un interrogante. (@Fabiana Torres/)Por primera vez, en 50 años, Fabiana se permitió una nueva vida y hacia allá fue, tras su gran sueño.Una mujer de 50, una bicicleta y un largo camino al SaharaAllí estaba La Laura, su bici, bonita y pintadita en Barajas, junto a Fabiana, que de inmediato se enfrentó con el primer escollo, ingresar al ascensor con su mochila montañesa, dos alforjas, y su rodado, ¡un gran desafío!, hasta que finalmente decidió buscar una soga que siempre lleva consigo: “tan importante como el maquillaje y el protector solar”. La ató al extremo de la caja de la bicicleta, y llevó todo a la rastra hasta la puerta del bus, que la conduciría hasta la terminal 4. “¡Vale, sube!”, exclamó el conductor, y entonces, medio pasaje descendió del micro para ayudarla. “¿Que va en la caja?”, le preguntaban, a lo que Fabiana respondía con orgullo: “Una bicicleta para recorrer desde Murcia la costa del Mediterráneo, para luego ir a Marruecos a conocer el Sahara”. “Las caras eran geniales”, recuerda la argentina. “Aparte no daba pinta de ciclista; iba con labios rojos y pantalón blanco”.Fabiana viajó con una mochila montañesa, dos alforjas, y su bicicleta. (@Fabiana Torres/)En aquella terminal arribó el primer gran impacto. Fabiana se halló ante un mundo de diferentes etnias y su asombro crecía a cada paso: “Nunca había viajado tan lejos”, cuenta. “Ubiqué dónde sacar el pasaje que me llevaría a Lorca, Murcia, y fueron cuatro horas de espera geniales, conocí a una cubana y una mexicana y nos contamos nuestras vidas”.Vivir en Angola. Es argentina: “Acá no tienen grabado ese maldito qué dirán”En Lorca la esperaba Guillermo, un compañero de secundaria que no veía hacía 30 años. Y fue el 17 de febrero, a pocas semanas del comienzo de la pandemia COVID, que él la acompañó unos kilómetros a modo de despedida. La Laura y Fabiana, acababan de comenzar oficialmente su gran aventura: “Mi emoción me empañaba la vista y sentí que no quería cambiar nada de mi vida pasada, una que me había llevado hacia ese presente”.El 17 de febrero, a pocas semanas del comienzo de la pandemia Covid, La Laura y Fabiana, comenzaron oficialmente su gran aventura. (Fabiana Torres/)Descubrir el mundo por primera vez: “Tu viaje es inviable”En su recorrido por el Mediterráneo, cada llegada significaba un logro. Paró en carpa en Málaga y, en Tarifa, en una casa rodante viejita pero bella, de una familia que la acogió con mucho amor. Fabiana fue trazando su ruta de viaje y, en su camino, cada paisaje surgió como un regalo de la vida: “Ahí estaba, sola, segura de mí misma y colmada de una fe que me permitió seguir adelante. Aprendí infinidad de nombres de pueblos y aldeas. Fue maravillosa la sensación de descubrir el mundo, algo tan esperado desde mi infancia”.En su recorrido por el Mediterráneo, para Fabiana, cada llegada significaba un logro. (Fabiana Torres/)Un día, finalmente tocó África. Rumbo al Sahara, cargó seis litros de agua, naranjas y algo de pan con dátiles. El viento era suave, pero no paraba de soplar, la carretera estaba inmaculada, por lo que, por momentos, Fabiana creía que se hallaba estática y que pronto la azotaría una tormenta de arena, pero tan solo se trataba de una fantasía.Tras cinco horas de ruta, La Laura estaba muy pesada, el calor era tremendo, Fabi llevaba calzas y remera largas, y la cara blanca de protector solar; la porción de su cuerpo descubierta quedaba expuesta a las quemaduras del sol abrasante: “Fueron muchas horas para no tantos kilómetros, paré muchas veces a hidratarme en una carretera desolada”.Fabiana recorrió por varias horas no tantos kilómetros en un calor abrasante. (Fabiana Torres/)En algún momento, Fabiana arribó a una estación de servicio, donde se topó con un equipo de motos español que habían ido a entrenar a las dunas. Se sacó el casco y, al reconocer en ella a una mujer, se acercaron, hablaron fluido y con respeto; ella les contó de su viaje y ellos de sus entrenamientos. “Mira guapa, porque eres guapa”, lanzó uno de ellos. “¿Qué coños haces aquí? Es inviable tu viaje”. Fabi se puso el casco, sonrió y se despidió: “No había respuesta posible”.Quería ser marinera y en Suecia logró lo que creía imposible: “Argentina no es tan sexista, pero nos falta”Su contacto en Marruecos la esperaba unos metros más adelante para indicarle el camino. Fabiana le entregó 20 euros (unos 200 dirham) para guiarla a las dunas Erg Chebbi: “En el camino me ofrecieron un baño de arena, que se supone que tiene propiedades curativas. ¡Te lo ofrecen de manera insistente! Te entierran en la arena, dejando solo la cabeza afuera… Yo necesitaba un baño de agua, ya que solo venía aseándome con un tazón”.En el camino, a Fabiana le dijeron que siendo mujer y estando sola, su viaje era inviable. (Fabiana Torres/)Finalmente, ante ella, majestuosas, surgieron las dunas más grandes de Marruecos.Sahara, donde el cielo y la tierra se unen, y no existe el tiempoLa Laura quedó en el albergue de los bereberes, en Merzouga, era imposible llevarla a la arena. En el nuevo tramo de su travesía, Fabiana conoció a Abd Ellah y a su camello, Abdul. Todavía no lo sabía, pero Abd, una persona encantadora, estaría por enseñarle la maravilla de vivir el momento, en lo simple de la vida.Juntos avanzaron y el desierto, de pronto, ya los envolvía. Para Fabiana, fue un encuentro con Dios y el universo que recordará por el resto de sus días: “Al caer el sol no pude más que agradecer, cerré mis ojos y hablé con mi Dios, tu Dios, el Dios universal, el sin religión, Abd estaba allí, sin entender qué pasaba, pero con respeto contemplaba mi quietud y mi silencio”, cuenta la argentina. “De pronto, le pregunté algo muy tonto, si no utilizaba reloj. `¡Para qué lo quiero!´, exclamó. Claro, pensé, el desierto es atemporal”.Erg Chebbi es uno de los erg del Sahara en Marruecos. (Fabiana Torres/)“Entonces me dispuse nuevamente a contemplar el paisaje y comprendí que el cielo y la tierra son lo mismo, solo depende de cómo lo miramos: las estrellas se veían sobre la arena dorada bañada por el brillo de la luna”, continúa pensativa. “Ahí también entendí que tantas veces bloqueamos ese puente hacia la vida, nos quedamos en un solo plano, creyendo que no hay posibilidades de reiniciar, recalcular, a fin de volver a empezar”.“El frío del desierto se hacía sentir, dibujé siluetas de alegría en el horizonte, esa alegría que da calma, que se siente liviana: allí no había gravedad, nada pesaba. Me dibujé de niña, época donde ya amaba salir a la aventura en mi bicicleta verde, antes de la muerte, la enfermedad, la turbulencia y el sufrimiento; me dibujé como esa adolescente que estudió italiano y que soñaba conocer Roma; me vi finalmente allí, arriba de mi bicicleta, aventurera de nuevos horizontes en solitario: me dibujé con alas que me cosía sola”.En el Sahara, donde el cielo y la tierra se unen, y no existe el tiempo, Fabiana logró soltar las culpas. (Fabiana Torres/)La gratitud invadió el corazón de Fabiana y nubló su mirada: en el Sahara terminaba de dejar su carga y, ante aquella nueva oportunidad que se había ofrendado, cruzó el puente y se permitió soltar.Un encuentro humano y un curso acelerado de “menos preguntas y más vida”En el desierto, despertaron a las 5,30. Abd quería que Fabiana vea el amanecer. Fueron en silencio, sintiendo la vida en cada paso. Como en una escena teatral, el telón se corría mágicamente para mostrar el paisaje: “El telonero era el sol; el camello iba a la par, quería recorrer el Sahara con mis pies”.Llegaron al albergue, desayunaron y Fabiana cargó todo en La Laura. Cinco horas la separaban de su nuevo destino. Abd se acercó a ella, le dio un fuerte apretón de manos y le dijo: “Amiga, si regresas iremos a una jaima, eres buena chica”, luego se retiró su turbante – 12 metros de tela- para mostrarle cómo se utiliza: “Me saqué el casco y dejé que realizara su arte para colocarlo; más tarde busqué su significado: representa belleza, protección, sabiduría, respeto, orgullo”.Junto a Abd, de quien recibió grandes aprendizajes. (Fabiana Torres/)“Los encuentros humanos son aprendizajes, si sabemos ver en el otro más allá de las palabras. Mi amigo berebere, Abd, me dio un curso acelerado de `menos preguntas, más vida´ y de saber apreciar en el silencio el lenguaje del universo, de la nada y el todo”.Vivir en una aldea en Marruecos, donde los sueños desaparecen antes de que lleguenA Fabiana, la pandemia COVID no le permitió partir, aunque tampoco quiso hacerlo las primeras veces que pudo. Vivió varios meses en un barrio de Tanger, en lo de Mohamed y Aida, y con sus hijas del corazón, Youssra, Nada Bouali y Bab Divan. Aquel pasó a ser su barrio, un suburbio con calles angostas, peleas a cuchillos nocturnas, poca agua, y frío en los huesos.Durante la pandemia, Fabiana vivió varios meses en un barrio de Tanger. (Fabiana Tor/)Más tarde se trasladó a Hadaka, un lugar donde dormía con las mujeres en el patio central de una casa de adobe, bajo las estrellas.“En esa aldea comprendí que allí los sueños desaparecerán antes de que lleguen. Comprendí que hay un diccionario acotado a la realidad de las personas: aquí sueños, esperanzas, oportunidades, no existen, como sucede con las tejedoras de los montes Atlas, un reino donde los castillos no están habitados ni por príncipes ni princesas, el adobe juega con las formas del ocre, donde el límite son montes Atlas, después de allí el desierto más grande del mundo: el Sahara”, relata. “Donde el té es un arte, es la mezcla de las pocas hierbas que da esa tierra, donde los niños no tienen juguetes, solo su imaginación como recurso genuino…”En Marruecos, Fabiana también vio la pobreza extrema. (Fabiana Torres/)“Me dejé atrapar por Marruecos, su gente, su cultura, su paisaje maravilloso y la alquimia en sus sabores. No entendía nada, me volví experta en señas. No hablo más que español, pero potencié el idioma gestual”, asegura. “En Marruecos aprendí que lo que se tiene se comparte, sea mucho o poco. Aprendí que sus mujeres son increíbles, trabajan de sol a sol la tierra, tejen, crían hijos, pero también creo que, a través de mi persona, vieron que otra vida diferente es posible”, reflexiona. “En Fez, al ver a los hombres trabajar en los piletones de las curtidurías, también comprendí lo acotado de las oportunidades de vida; en aquel oficio el olor es tan profundo que, al entrar, te dan una ramita de menta para que haga las veces de filtro al respirar”.“Vi la pobreza en su expresión extrema. Marruecos es cultura viva ancestral y están orgullosos de ello, pero muchos jóvenes se lanzan al mar buscando la oportunidad en España. Se tiran desde las pateras, lo vi desde las costas de Tanger, en Asilah y Larache; también junté la ropa y bidones con orina que devolvía el mar con las esperanzas desvanecidas por no poder lograr ese sueño. Pero no es la realidad de todos, Marruecos tiene grandes polos industriales que están en crecimiento”, continúa con una sonrisa.Fabiana conoció mujeres increíbles en Marruecos.Aprendizajes: animarse a enfrentar lo desconocido y volver a empezarCierta vez, en Bad Berred, Marruecos, Fabiana tuvo uno de sus mayores aprendizajes de vida. Un día perdió sus “chanclas” y no tenía qué ponerse en los pies. En las casas se vivía descalzo y tan solo se dejaba un par en la puerta de la letrina. Al poco tiempo, le contaron que Omaima tenía “Fabi chanclas” y le ofrecieron otras.“Seguí descalza, pero sin olvidarme lo que había pasado y, de pronto, solas volvieron”, cuenta. “Con el correr de los días, comprendí que el ser posesivo, algo que tanto encarcela, acá es relativo. Las chanclas van y vienen, se comparten y, al final, vuelven a sus dueños. Como en la vida, es bueno caminar con zapatos ajenos, empatizar, y es importante que cada uno aprenda a bailar con los propios para animarse a cruzar puentes”, reflexiona.En Marruecos, un año increíble, Fabiana aprendió a vivir en manada, a comer con la mano y encontrar su esencia. (Fabiana Torres/)“Si tengo que pensar en los no, este viaje no lo realizaba: no sé idiomas, no sé orientarme bien, pero hay un lenguaje universal -de gestos y miradas-, inigualable y que fue determinante en muchos momentos de mi travesía. Logré salir sola al mundo y, cuando los miedos me asaltaban, recorría con mis dedos los mapas, y miraba fotos del Sahara, mi sueño, mi motor”, se emociona. “Fui cruzando puentes en mi vida que hoy se traducen en liviandad, ¡tantas veces debí perdonarme por no haber actuado a tiempo! Hoy me digo: felicitaciones, Fabi, disfrutá el momento”.“Somos hábiles para nuestro propio castigo, y torpes para darnos el reconocimiento”, continúa. “Pero fue clave despertar, y decidir no sentarme a esperar. Supe enfrentar el peligro a lo desconocido con templanza, valorar la empatía de los demás en una cultura absolutamente diferente, administrar la falta de comida y agua en muchas oportunidades. Supe pedirle a Dios que me abrace en mi soledad”.”La voluntad humana no tiene límites”, asegura Fabiana. (Fabiana Torres/)“De tanto aprender, hoy quiero simplemente ser. Ser la del enterito de jeans y zapatillas media caña y los rulos al viento, o la de los tacos por un rato también. La que juega a piedra libre en la bici o en la montaña, la que se cosió alas para atravesar el tiempo, la que si se cae se levanta y sonríe al viento”, recita con palabras propias.“Hoy soy feliz con todo y sin nada, me animo a mirar y a volver a empezar, la vida es ahora y no me la quiero perder. Estuve sufrida y dormida, pero, contra todo pronóstico, ¡Fabiana Existe!”, concluye la mujer de 52 años, quien finalmente, tras un año en Marruecos, regresó a la Argentina y a su empleo, y decidió comprar un pedacito de tierra cerca de su pueblo, para correr libre, andar en bicicleta, soñar los próximos viajes, y vivir allí, sola en el campo.Fabiana hoy está de regreso en la Argentina, donde tiene su tierra y donde participa en varias carreras y realiza largos recorridos en bicicleta. (Fabiana Torres/)*Destinos Inesperados es una sección que invita a explorar diversos rincones del planeta para ampliar nuestra mirada sobre las culturas en el mundo. Propone ahondar en los motivos, sentimientos y las emociones de aquellos que deciden elegir un nuevo camino. Si querés compartir tu experiencia viviendo en tierras lejanas podés escribir a destinos.inesperados2019@gmail.com . Este correo NO brinda información turística, laboral, ni consular; lo recibe la autora de la nota, NO LOS PROTAGONISTAS. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales.

Fuente: La Nación

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Fabiana empezó a correr el 12 de marzo de 2017, en su cumpleaños número 47, un día que la cambió para siempre. Fueron 4 kilómetros y 750 metros, una distancia que le demostró que una mejor vida era posible. El ACV isquémico de 2011 le había dejado un aprendizaje que recién pudo comprender en aquel aniversario: “La vida es una construcción de cada día y de mí depende ser feliz”.Cierta vez llegó a correr 165 km, y más adelante comenzó a explorar, con su bicicleta o a pie, paisajes desafiantes; si era capaz de subir montañas – se dijo- también podía transformar su existencia: “Me había tocado afrontar pruebas muy duras, la primera la muerte de mi hijo”, expresa con serenidad. “Pero también atravesaba una relación turbulenta, y el ACV llegó para marcar un nuevo rumbo”.Fabiana sintió que si era capaz de subir montañas, también podía transformar su vida. (Fabiana Torres/)Hasta entonces, Fabiana se sentía una persona disociada en pedacitos. Pero con cada kilómetro, comenzó a sentir que su vida y su cuerpo volvían a una unidad, muy de a poco, y no sin obstáculos: “Con cada uno de ellos, de las cenizas se renace”, dice. “Un día llegué al Lago Soberanía y vi una estrella fugaz reflejada en el agua: lago y cielo eran uno en esa noche perfecta y allí decidí que necesitaba un viaje y que mi destino principal sería el desierto de Sahara”, revela.Vivir en Boipeba: a los 62 cambió el ruido argentino por un paraíso en BrasilPor aquellos días, Fabiana ya estaba divorciada y había cumplido los 50; como jamás en su vida, comprendió que era tiempo de soltar las culpas, perdonar y perdonarse, y abrazar una nueva vida: “Nosotros hacemos de las culpas una cárcel para condenar nuestros errores”.No sin temores, aunque muy decidida, la mujer se tomó licencia del trabajo sin goce de sueldo, dejó atrás un entorno que la despidió con ternura e incertidumbre, puso a punto su bicicleta que bautizó “La Laura”, empacó una mochila y partió sola hacia una travesía donde la soledad nunca fue un interrogante: “Si hay un corazón dispuesto, jamás el ser humano estará solo”.Fabiana puso a punto su bicicleta que bautizó “La Laura”, empacó una mochila y partió sola hacia una travesía donde la soledad nunca fue un interrogante. (@Fabiana Torres/)Por primera vez, en 50 años, Fabiana se permitió una nueva vida y hacia allá fue, tras su gran sueño.Una mujer de 50, una bicicleta y un largo camino al SaharaAllí estaba La Laura, su bici, bonita y pintadita en Barajas, junto a Fabiana, que de inmediato se enfrentó con el primer escollo, ingresar al ascensor con su mochila montañesa, dos alforjas, y su rodado, ¡un gran desafío!, hasta que finalmente decidió buscar una soga que siempre lleva consigo: “tan importante como el maquillaje y el protector solar”. La ató al extremo de la caja de la bicicleta, y llevó todo a la rastra hasta la puerta del bus, que la conduciría hasta la terminal 4. “¡Vale, sube!”, exclamó el conductor, y entonces, medio pasaje descendió del micro para ayudarla. “¿Que va en la caja?”, le preguntaban, a lo que Fabiana respondía con orgullo: “Una bicicleta para recorrer desde Murcia la costa del Mediterráneo, para luego ir a Marruecos a conocer el Sahara”. “Las caras eran geniales”, recuerda la argentina. “Aparte no daba pinta de ciclista; iba con labios rojos y pantalón blanco”.Fabiana viajó con una mochila montañesa, dos alforjas, y su bicicleta. (@Fabiana Torres/)En aquella terminal arribó el primer gran impacto. Fabiana se halló ante un mundo de diferentes etnias y su asombro crecía a cada paso: “Nunca había viajado tan lejos”, cuenta. “Ubiqué dónde sacar el pasaje que me llevaría a Lorca, Murcia, y fueron cuatro horas de espera geniales, conocí a una cubana y una mexicana y nos contamos nuestras vidas”.Vivir en Angola. Es argentina: “Acá no tienen grabado ese maldito qué dirán”En Lorca la esperaba Guillermo, un compañero de secundaria que no veía hacía 30 años. Y fue el 17 de febrero, a pocas semanas del comienzo de la pandemia COVID, que él la acompañó unos kilómetros a modo de despedida. La Laura y Fabiana, acababan de comenzar oficialmente su gran aventura: “Mi emoción me empañaba la vista y sentí que no quería cambiar nada de mi vida pasada, una que me había llevado hacia ese presente”.El 17 de febrero, a pocas semanas del comienzo de la pandemia Covid, La Laura y Fabiana, comenzaron oficialmente su gran aventura. (Fabiana Torres/)Descubrir el mundo por primera vez: “Tu viaje es inviable”En su recorrido por el Mediterráneo, cada llegada significaba un logro. Paró en carpa en Málaga y, en Tarifa, en una casa rodante viejita pero bella, de una familia que la acogió con mucho amor. Fabiana fue trazando su ruta de viaje y, en su camino, cada paisaje surgió como un regalo de la vida: “Ahí estaba, sola, segura de mí misma y colmada de una fe que me permitió seguir adelante. Aprendí infinidad de nombres de pueblos y aldeas. Fue maravillosa la sensación de descubrir el mundo, algo tan esperado desde mi infancia”.En su recorrido por el Mediterráneo, para Fabiana, cada llegada significaba un logro. (Fabiana Torres/)Un día, finalmente tocó África. Rumbo al Sahara, cargó seis litros de agua, naranjas y algo de pan con dátiles. El viento era suave, pero no paraba de soplar, la carretera estaba inmaculada, por lo que, por momentos, Fabiana creía que se hallaba estática y que pronto la azotaría una tormenta de arena, pero tan solo se trataba de una fantasía.Tras cinco horas de ruta, La Laura estaba muy pesada, el calor era tremendo, Fabi llevaba calzas y remera largas, y la cara blanca de protector solar; la porción de su cuerpo descubierta quedaba expuesta a las quemaduras del sol abrasante: “Fueron muchas horas para no tantos kilómetros, paré muchas veces a hidratarme en una carretera desolada”.Fabiana recorrió por varias horas no tantos kilómetros en un calor abrasante. (Fabiana Torres/)En algún momento, Fabiana arribó a una estación de servicio, donde se topó con un equipo de motos español que habían ido a entrenar a las dunas. Se sacó el casco y, al reconocer en ella a una mujer, se acercaron, hablaron fluido y con respeto; ella les contó de su viaje y ellos de sus entrenamientos. “Mira guapa, porque eres guapa”, lanzó uno de ellos. “¿Qué coños haces aquí? Es inviable tu viaje”. Fabi se puso el casco, sonrió y se despidió: “No había respuesta posible”.Quería ser marinera y en Suecia logró lo que creía imposible: “Argentina no es tan sexista, pero nos falta”Su contacto en Marruecos la esperaba unos metros más adelante para indicarle el camino. Fabiana le entregó 20 euros (unos 200 dirham) para guiarla a las dunas Erg Chebbi: “En el camino me ofrecieron un baño de arena, que se supone que tiene propiedades curativas. ¡Te lo ofrecen de manera insistente! Te entierran en la arena, dejando solo la cabeza afuera… Yo necesitaba un baño de agua, ya que solo venía aseándome con un tazón”.En el camino, a Fabiana le dijeron que siendo mujer y estando sola, su viaje era inviable. (Fabiana Torres/)Finalmente, ante ella, majestuosas, surgieron las dunas más grandes de Marruecos.Sahara, donde el cielo y la tierra se unen, y no existe el tiempoLa Laura quedó en el albergue de los bereberes, en Merzouga, era imposible llevarla a la arena. En el nuevo tramo de su travesía, Fabiana conoció a Abd Ellah y a su camello, Abdul. Todavía no lo sabía, pero Abd, una persona encantadora, estaría por enseñarle la maravilla de vivir el momento, en lo simple de la vida.Juntos avanzaron y el desierto, de pronto, ya los envolvía. Para Fabiana, fue un encuentro con Dios y el universo que recordará por el resto de sus días: “Al caer el sol no pude más que agradecer, cerré mis ojos y hablé con mi Dios, tu Dios, el Dios universal, el sin religión, Abd estaba allí, sin entender qué pasaba, pero con respeto contemplaba mi quietud y mi silencio”, cuenta la argentina. “De pronto, le pregunté algo muy tonto, si no utilizaba reloj. `¡Para qué lo quiero!´, exclamó. Claro, pensé, el desierto es atemporal”.Erg Chebbi es uno de los erg del Sahara en Marruecos. (Fabiana Torres/)“Entonces me dispuse nuevamente a contemplar el paisaje y comprendí que el cielo y la tierra son lo mismo, solo depende de cómo lo miramos: las estrellas se veían sobre la arena dorada bañada por el brillo de la luna”, continúa pensativa. “Ahí también entendí que tantas veces bloqueamos ese puente hacia la vida, nos quedamos en un solo plano, creyendo que no hay posibilidades de reiniciar, recalcular, a fin de volver a empezar”.“El frío del desierto se hacía sentir, dibujé siluetas de alegría en el horizonte, esa alegría que da calma, que se siente liviana: allí no había gravedad, nada pesaba. Me dibujé de niña, época donde ya amaba salir a la aventura en mi bicicleta verde, antes de la muerte, la enfermedad, la turbulencia y el sufrimiento; me dibujé como esa adolescente que estudió italiano y que soñaba conocer Roma; me vi finalmente allí, arriba de mi bicicleta, aventurera de nuevos horizontes en solitario: me dibujé con alas que me cosía sola”.En el Sahara, donde el cielo y la tierra se unen, y no existe el tiempo, Fabiana logró soltar las culpas. (Fabiana Torres/)La gratitud invadió el corazón de Fabiana y nubló su mirada: en el Sahara terminaba de dejar su carga y, ante aquella nueva oportunidad que se había ofrendado, cruzó el puente y se permitió soltar.Un encuentro humano y un curso acelerado de “menos preguntas y más vida”En el desierto, despertaron a las 5,30. Abd quería que Fabiana vea el amanecer. Fueron en silencio, sintiendo la vida en cada paso. Como en una escena teatral, el telón se corría mágicamente para mostrar el paisaje: “El telonero era el sol; el camello iba a la par, quería recorrer el Sahara con mis pies”.Llegaron al albergue, desayunaron y Fabiana cargó todo en La Laura. Cinco horas la separaban de su nuevo destino. Abd se acercó a ella, le dio un fuerte apretón de manos y le dijo: “Amiga, si regresas iremos a una jaima, eres buena chica”, luego se retiró su turbante – 12 metros de tela- para mostrarle cómo se utiliza: “Me saqué el casco y dejé que realizara su arte para colocarlo; más tarde busqué su significado: representa belleza, protección, sabiduría, respeto, orgullo”.Junto a Abd, de quien recibió grandes aprendizajes. (Fabiana Torres/)“Los encuentros humanos son aprendizajes, si sabemos ver en el otro más allá de las palabras. Mi amigo berebere, Abd, me dio un curso acelerado de `menos preguntas, más vida´ y de saber apreciar en el silencio el lenguaje del universo, de la nada y el todo”.Vivir en una aldea en Marruecos, donde los sueños desaparecen antes de que lleguenA Fabiana, la pandemia COVID no le permitió partir, aunque tampoco quiso hacerlo las primeras veces que pudo. Vivió varios meses en un barrio de Tanger, en lo de Mohamed y Aida, y con sus hijas del corazón, Youssra, Nada Bouali y Bab Divan. Aquel pasó a ser su barrio, un suburbio con calles angostas, peleas a cuchillos nocturnas, poca agua, y frío en los huesos.Durante la pandemia, Fabiana vivió varios meses en un barrio de Tanger. (Fabiana Tor/)Más tarde se trasladó a Hadaka, un lugar donde dormía con las mujeres en el patio central de una casa de adobe, bajo las estrellas.“En esa aldea comprendí que allí los sueños desaparecerán antes de que lleguen. Comprendí que hay un diccionario acotado a la realidad de las personas: aquí sueños, esperanzas, oportunidades, no existen, como sucede con las tejedoras de los montes Atlas, un reino donde los castillos no están habitados ni por príncipes ni princesas, el adobe juega con las formas del ocre, donde el límite son montes Atlas, después de allí el desierto más grande del mundo: el Sahara”, relata. “Donde el té es un arte, es la mezcla de las pocas hierbas que da esa tierra, donde los niños no tienen juguetes, solo su imaginación como recurso genuino…”En Marruecos, Fabiana también vio la pobreza extrema. (Fabiana Torres/)“Me dejé atrapar por Marruecos, su gente, su cultura, su paisaje maravilloso y la alquimia en sus sabores. No entendía nada, me volví experta en señas. No hablo más que español, pero potencié el idioma gestual”, asegura. “En Marruecos aprendí que lo que se tiene se comparte, sea mucho o poco. Aprendí que sus mujeres son increíbles, trabajan de sol a sol la tierra, tejen, crían hijos, pero también creo que, a través de mi persona, vieron que otra vida diferente es posible”, reflexiona. “En Fez, al ver a los hombres trabajar en los piletones de las curtidurías, también comprendí lo acotado de las oportunidades de vida; en aquel oficio el olor es tan profundo que, al entrar, te dan una ramita de menta para que haga las veces de filtro al respirar”.“Vi la pobreza en su expresión extrema. Marruecos es cultura viva ancestral y están orgullosos de ello, pero muchos jóvenes se lanzan al mar buscando la oportunidad en España. Se tiran desde las pateras, lo vi desde las costas de Tanger, en Asilah y Larache; también junté la ropa y bidones con orina que devolvía el mar con las esperanzas desvanecidas por no poder lograr ese sueño. Pero no es la realidad de todos, Marruecos tiene grandes polos industriales que están en crecimiento”, continúa con una sonrisa.Fabiana conoció mujeres increíbles en Marruecos.Aprendizajes: animarse a enfrentar lo desconocido y volver a empezarCierta vez, en Bad Berred, Marruecos, Fabiana tuvo uno de sus mayores aprendizajes de vida. Un día perdió sus “chanclas” y no tenía qué ponerse en los pies. En las casas se vivía descalzo y tan solo se dejaba un par en la puerta de la letrina. Al poco tiempo, le contaron que Omaima tenía “Fabi chanclas” y le ofrecieron otras.“Seguí descalza, pero sin olvidarme lo que había pasado y, de pronto, solas volvieron”, cuenta. “Con el correr de los días, comprendí que el ser posesivo, algo que tanto encarcela, acá es relativo. Las chanclas van y vienen, se comparten y, al final, vuelven a sus dueños. Como en la vida, es bueno caminar con zapatos ajenos, empatizar, y es importante que cada uno aprenda a bailar con los propios para animarse a cruzar puentes”, reflexiona.En Marruecos, un año increíble, Fabiana aprendió a vivir en manada, a comer con la mano y encontrar su esencia. (Fabiana Torres/)“Si tengo que pensar en los no, este viaje no lo realizaba: no sé idiomas, no sé orientarme bien, pero hay un lenguaje universal -de gestos y miradas-, inigualable y que fue determinante en muchos momentos de mi travesía. Logré salir sola al mundo y, cuando los miedos me asaltaban, recorría con mis dedos los mapas, y miraba fotos del Sahara, mi sueño, mi motor”, se emociona. “Fui cruzando puentes en mi vida que hoy se traducen en liviandad, ¡tantas veces debí perdonarme por no haber actuado a tiempo! Hoy me digo: felicitaciones, Fabi, disfrutá el momento”.“Somos hábiles para nuestro propio castigo, y torpes para darnos el reconocimiento”, continúa. “Pero fue clave despertar, y decidir no sentarme a esperar. Supe enfrentar el peligro a lo desconocido con templanza, valorar la empatía de los demás en una cultura absolutamente diferente, administrar la falta de comida y agua en muchas oportunidades. Supe pedirle a Dios que me abrace en mi soledad”.”La voluntad humana no tiene límites”, asegura Fabiana. (Fabiana Torres/)“De tanto aprender, hoy quiero simplemente ser. Ser la del enterito de jeans y zapatillas media caña y los rulos al viento, o la de los tacos por un rato también. La que juega a piedra libre en la bici o en la montaña, la que se cosió alas para atravesar el tiempo, la que si se cae se levanta y sonríe al viento”, recita con palabras propias.“Hoy soy feliz con todo y sin nada, me animo a mirar y a volver a empezar, la vida es ahora y no me la quiero perder. Estuve sufrida y dormida, pero, contra todo pronóstico, ¡Fabiana Existe!”, concluye la mujer de 52 años, quien finalmente, tras un año en Marruecos, regresó a la Argentina y a su empleo, y decidió comprar un pedacito de tierra cerca de su pueblo, para correr libre, andar en bicicleta, soñar los próximos viajes, y vivir allí, sola en el campo.Fabiana hoy está de regreso en la Argentina, donde tiene su tierra y donde participa en varias carreras y realiza largos recorridos en bicicleta. (Fabiana Torres/)*Destinos Inesperados es una sección que invita a explorar diversos rincones del planeta para ampliar nuestra mirada sobre las culturas en el mundo. Propone ahondar en los motivos, sentimientos y las emociones de aquellos que deciden elegir un nuevo camino. Si querés compartir tu experiencia viviendo en tierras lejanas podés escribir a destinos.inesperados2019@gmail.com . Este correo NO brinda información turística, laboral, ni consular; lo recibe la autora de la nota, NO LOS PROTAGONISTAS. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales.

Fuente: La Nación

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Micaela Arias vivió su infancia, adolescencia y juventud en el conurbano bonaerense, donde creció rodeada de amor y recuerdos felices que la definen como persona. Las extrañas vueltas de la vida la llevaron un día a Ginebra, Suiza, no por desamor a su patria, sino porque el corazón, a veces, nos empuja hacia otros destinos. “Conozco ambas realidades muy bien”, dice. “Te puedo hablar de diversión y aburrimiento en ambos países, términos muy relativos a cada ser humano. Cuando leí los dichos de la ministra de Seguridad, Sabina Frederic, quedé indignada”.“Si vive en un termo, que haga silencio”, la reacción del arco político a los dichos de Sabina FredericHoy, mientras camina por las calles de Ginebra con su celular en mano, el tono de voz de Micaela adquiere una tensión evidente al recordar ciertos hechos de su vida pasada; remarca los sentimientos agridulces que siente con cada regreso a la Argentina, donde debe reacomodarse, una vez más, a vivir en “modo alerta” y naturalizar comportamientos que simplemente no deberían existir.“Dejar de tener pensamientos tensos, que sea natural no tenerlos, eso para mí no se traduce ni en aburrimiento ni diversión, eso es sencillamente calidad de vida, es vivir, no malvivir”, manifiesta con firmeza.“La seguridad en Suiza la vivo minuto a minuto. Voy a buscar a los chicos al colegio, se abre el garage y salgo sin esperar que se cierre la puerta; manejo tranquila, bajo las ventanillas, abro el techo si hace calor, todo sin estar pendiente de nada. Disfruto sinceramente de las jornadas, vivo con tranquilidad, veo crecer a mis hijos de manera libre, autónoma; a mi marido le gusta llevarlos al colegio para compartir el momento, pero si no es posible, van en medio de transporte, solos”.Micaela Arias, en su hogar en Ginebra. (@livineuropa/)“En la estación, mientras espero el tren, saco la computadora, el celular y converso tranquila –como ahora por la calle-; a veces incluso me olvido de cerrar la puerta del jardín o alguna ventana, ¡no pasa nada! Uno empieza a naturalizar eso y es maravilloso, vivo como todos deberíamos vivir: en paz, en un marco de seguridad”.“Más que decir que Suiza es aburrido, diría: qué bien lo están haciendo, aprendamos de ellos y de muchos países que han podido combatir la inseguridad”.“En Suiza siento que la diversión es educada, responsable y medida, pero no deja de ser diversión al fin. El concepto va de la mano de cada cultura y se refleja: lo que para unos podrá ser divertido, a otros no les cae bien y les aburre”.Ginebra: “La más propicia a la felicidad”Años atrás, a Micaela Arias la idea de vivir en la ciudad elegida por Borges le resultaba atractiva. El escritor argentino le había dedicado hermosas palabras que despertaron sus deseos por saber más de ella y descubrirla: “De todas las ciudades del mundo, de todas las patrias íntimas que un hombre busca merecer a lo largo de sus viajes, es Ginebra la que me parece la más propicia a la felicidad” (Borges).Mica se aferró a estas líneas como si se tratara de un tesoro invaluable. A través de ellas, y en un mecanismo inconsciente, supo hallar un lazo argentino capaz de sostenerla y convertir a su nuevo destino inesperado en un rincón de la tierra menos ajeno, más cercano.Ginebra es una ciudad de Suiza que se ubica en la punta sur del extenso lago Lemán. Rodeada de las montañas de los Alpes y el Jura, la ciudad tiene vistas del espectacular Mont Blanc. (@ livineuropa/)Lo cierto era que Ginebra jamás había estado en sus planes. Casi quince años atrás, la mujer, que por entonces tenía 30, se consideraba plenamente feliz en su suelo natal, Buenos Aires. En el 2005 trabajaba como directora de Cuentas de una agencia de promoción y publicidad, disfrutaba de su empleo rodeada de personas a las que apreciaba mucho – y aún lo hace-, tenía amigos con los que compartía diferentes intereses, una familia en donde siempre primó el amor, y un novio madrileño, El Gallego, al que conoció en una noche porteña sin imaginar que le cambiaría la existencia de maneras impensadas.Se casaron en Buenos Aires un agosto ante la presencia de familiares y amigos del novio, que habían viajado desde Madrid. Aquella inolvidable noche, la joven celebró su boda y se despidió de su gente por tan solo un par de años. Su intención, sinceramente, era que fueran solo dos: “Pero el destino le regalaba a mi plan su primera carcajada. Fueron nueve años en Madrid, dos hijas, un hijo, cinco años en Londres y un nuevo rumbo insospechado: Ginebra, lugar en donde vivo hasta el día de hoy. Querido destino, ¡me debés una explicación!”, exclama entre risas.La vida en Ginebra gira en torno a su lago, donde se realizan numerosas actividades al aire libre. (@ livineuropa/)Ginebra: Una calidad de vida universal, un andar contento y una grata sorpresaEn Ginebra, la argentina comenzó a percibir una sensación que nunca antes había experimentado, una “calidad de vida universal”, que de inmediato pudo respirar en la atmósfera de las calles de la ciudad, en la actitud de las personas y su andar contento, tranquilo y seguro. “Cuando vivís en un entorno así, donde tu calidad de vida es buena, pero la del resto también, es impresionante”, expresa con una gran sonrisa, “Hasta la multa que siempre puede caer, se paga con más ganas”.A los pocos días de comenzar las clases, la familia vivió otra grata sorpresa. Su hija mayor olvidó el bolso de deporte con toda su ropa y zapatillas nuevas en el tren y fue consciente de su ausencia recién al regresar a su hogar. “Ante semejante panorama me resigné y lo di por perdido. Al día siguiente, para mi maravilla, llegó del cole con su bolso. El personal del tren lo había encontrado al finalizar el servicio y lo llevó a su escuela. Bienvenida a Suiza, pensé. ¡Y no es la única anécdota en ese medio de transporte que tengo!”, dice divertida. “Un día me subí a un tren y comencé a caminar y caminar intentando dejar la primera clase. Finalmente, comprendí que esos asientos cómodos e impecables, con luz individual de lectura, mesita, impoluta melanina y enchufe para el cargador, pertenecían a los vagones comunes y que así se viajaba en un tren en Ginebra a diario”.El casco histórico se ha convertido en el rincón favorito de Micaela. (@ livineuropa/)Costumbres de un nuevo hogar: diversión y respetoEn su nuevo hogar, Mica también descubrió a una ciudad con postales de ensueño y cuya pequeña superficie no representa un impedimento para convertirla en una de las más cosmopolitas de Europa. Construida circundando el lago Leman, pronto se maravilló al comprobar que toda su vida giraba en torno a él; no solo al lago, también a una mesa compartida con la fondue en el centro y los largos tenedores sumergidos en una combinación de quesos, especias y vino. Entre charla y charla, Mica jamás imaginó que llegaría a comer tanto queso.“Y en verano hay fiestas y deportes náuticos, durante el año paseos, y siempre unas vistas maravillosas, con el Mont Blanc como testigo imponente. El lago es el rey de la ciudad y la gente lo cuida y lo protege con mucho respeto”, describe complacida. “Mis primeras impresiones al llegar fueron de lo más diversas. Me llamó la atención el silencio reinante, ¿acá nadie grita? ¿Nadie se ríe fuerte? ¿Nadie hace ruido? ¿Los perros no ladran? No, nada de eso. Acá ni los perros ladran, porque todo propietario está obligado a un curso de adiestramiento para educarlos y que cumplan con las normas de buena conducta vigentes para ellos también. En Suiza todo se hace respetar con considerables sanciones”, asegura.En las calles de Ginebra, Micaela Arias encontró respeto y bienestar. (@ livineuropa/)Argentina en el corazón: “Viviendo afuera estás bien”En cada regreso a Buenos Aires las emociones de Micaela Arias se desbordan como en ningún otro escenario. El reencuentro con su país y su gente le provoca sentimientos indescriptibles que la movilizan hasta las entrañas y que traen consigo sensaciones contradictorias, en donde predomina un amor inigualable.“Las visitas, que cada vez se vuelven más esporádicas, se convierten en las inyecciones de felicidad más anheladas. Creo que vivir afuera es duro para el que se va, pero mucho más para nuestros padres que nos ven partir”, expresa profundamente conmovida.La familia disfruta a diario de la naturaleza en Ginebra. (@ livineuropa/)“Y la vida sigue y poco le importa dónde podamos estar cuando quiere golpearnos con dureza. En mi caso me tocó ese llamado a deshora para recibir esas noticias que rogás que nunca lleguen. Porque volver a Buenos Aires no siempre fue una visita agradable, también me ha tocado volver con dolor, y abrazar a mi madre y hermanos para despedir a mi padre. Son esos sacudones que te mueven del eje y te obligan a replantearte si seguir o cómo seguir. Nunca olvidaré el día que mi papá me dijo: `Viviendo afuera estás bien. No vuelvas´. Su mirada era de tristeza profunda, pero su abrazo y sus palabras eran las de un padre que sentía que eso era lo que tenía que decir, porque creía que era lo mejor para mí y la familia que había formado”, concluye Micaela, conmovida, desde una Suiza a la que ha aprendido a amar, donde sonríe a diario y siente paz.

Fuente: La Nación

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Dice la leyenda que aquellos afortunados que visitan las costas rioplatenses y el Delta del Paraná contraen “el mal del sauce”, un síndrome que se manifiesta en una suerte de vagancia, movimientos lentos y el olvido de las preocupaciones ordinaras de la vida. De la mano de su poder encantador, todo ser que se sumerja en el paisaje ribereño anhelará regresar, una y otra vez.“Más que `mal del sauce´, debería llamarse `bien del sauce´”, reflexiona Luis, un hombre con muchas vidas, anfitrión de Dock, y un rostro emblemático del bajo sanisidrense. “Nuestro espacio nació cuando tuve la necesidad de volver a mi barrio, a mi lugar en el mundo. Dock no es del Mediterráneo, no es de La Barra: Dock tiene el alma del Bajo de San Isidro. Acá, tomando un buen café, se puede entender la leyenda urbana del `mal del sauce´, un mal que no mata, sino que da vida”.Dock café, un espacio ideal para reunirse con amigos, tomar un buen café y caer bajo el hechizo del “mal del sauce”.El Bajo de San Isidro: gente de río y un lugar único en el mundoHace veinte años que Luis vive en el Bajo de San Isidro, aunque trabaja en la zona desde los 70, épocas de menor urbanización, río salvaje y frecuentes inundaciones. Durante las fuertes sudestadas, a veces las calles del barrio ribereño se transformaban en ríos, y los autos semisumergidos eran reemplazados por canoas. Entre la belleza y lo descontracturado, por aquellas esquinas, Luis encontró gente noble y trabajadora, hechizada por la magia de aquella región: “Trabajaba junto a los carpinteros de barcos, la gente del bajo era gente del río”, rememora. “El aire puro y fértil de la zona me sedujo”.Zona portuaria del Bajo de San Isidro. (bienvenidosabordo/)Artista, coleccionista y amante de las antigüedades, Luis rescataba los materiales olvidados con historia y los transformaba; le llevó meses, que se convirtieron en años, crear objetos distintivos que adquirieran otro porte y sentido. Por aquel camino ingresó en el mundo de la decoración y la puesta de valor de antiguas construcciones.Con el paso del tiempo, el `mal del sauce´ ya corría por su sangre y su relación con el barrio se estrechó, hasta conocer a cada vecino: “En el Bajo de San Isidro encontré mi lugar en el mundo. Visité otras tierras, pero jamás me fui”.Un viaje y una revelación: el nacimiento de DockHubo un tiempo en el que se ausentó. Fue cuando viajó por cuenta de un cliente y amigo a Brasil, lugar que lo recibió por tres años. Allí, en una bella isla, Luis reveló el grado de amor por su suelo, así como un nuevo propósito; `el mal del sauce´ lo empujaba a volver.“Vivir ahí me alertó. Me di cuenta de que lo mío era socializar con mi gente y mis amigos, en mi atmósfera. Volví con ganas de eso”, cuenta. “Llegué al principio de esta pandemia que revolucionó al mundo; hacía tiempo que teníamos planeado con mi amigo, Fernando, tener un lugar donde reunirnos, ser anfitriones”.Luis extrañaba socializar en el Bajo de San Isidro.En el Bajo de San Isidro, Luis era dueño de un local de antigüedades que solía transformarse en punto de encuentro de vecinos y amigos, todos creadores de hermosos recuerdos. Fue así que se asoció para amalgamar en aquel lugar su afición por la amistad y un buen café, con el amor por el barrio.“Más que una unidad de negocios, creamos una unidad social”, reflexiona. “Con Fernando pactamos un acuerdo y nos pusimos en marcha, sin miedos y confiando en nuestro sueño. En poco tiempo nació Dock”.Dock café, un espacio cuidado en cada detalle. (Fernando Gutierrez/)Dock: un café único, con el alma de San IsidroAparte de ser atendido por sus anfitriones, Dock ofrece un muy buen café, así como excelente pastelería y panadería. En el acogedor y reinventado rincón del Bajo de San Isidro, los amigos, vecinos y nuevos clientes encuentran también profesionalismo, calidez y una atmósfera social.3 recetas dulces con ingredientes de la pastelería tradicional y su versión vegana“La recepción fue excelente, porque nuestro empeño está puesto en que pasen un momento agradable”, aseguran sus dueños. “Las personas que llegan a nuestro espacio son estupendas”.Dock ofrece un muy buen café, así como excelente pastelería y panadería. (Fernando Gutierrez/)Sin importar los años que transcurran, Luis jamás deja de maravillarse cuando camina por las calles de su barrio; hoy siente orgullo por su sueño cumplido y por el vínculo maravilloso que generó con su comunidad y sus visitantes, siempre bienvenidos.Es cierto que no es del Mediterráneo, no, Dock es único en su especie: se halla hechizado por el `mal del sauce´, uno que da vida y tiene el alma del Bajo de San Isidro.Un ambiente relajado y amigable.Dónde queda: Primera Junta 1128, B1642 San Isidro, Provincia de Buenos Aires.Horario de atención:• Martes a jueves de 10 a 19 hs.• Viernes de 10 a 21 hs.• Sábado de 9 a 21 hs.• Domingo de 9 a 19 hs.• Lunes cerrado

Fuente: La Nación

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