Por Alex FraserVENECIA, 30 jul (Reuters) – Cuando el mes pasado el primer
crucero desde el inicio de la pandemia navegó por la laguna de
Venecia, cientos de personas se manifestaron en tierra y en
pequeñas embarcaciones para protestar.Unas semanas más tarde, el gobierno pareció escuchar y
anunció que, para defender el ecosistema y el patrimonio de
Venecia, los cruceros quedarían prohibidos en la laguna a partir
del 1 de agosto.La medida ponía fin a años de vacilación política,
aparentemente anteponiendo las demandas de los residentes y las
entidades culturales a las de los trabajadores portuarios y la
industria turística.”Para nosotros es una gran victoria”, declaró a Reuters
Tommaso Cacciari, miembro del grupo de campaña “No Grandi Navi”
(“No a los grandes barcos”, en español). “Muchos nos compararon
con David contra Goliat”.Pero la batalla puede no haber terminado.Mientras los activistas se preocupan por la contaminación y
la erosión en una ciudad ya en peligro por la subida de los
mares, los trabajadores portuarios afectados por los meses de
cierre temen por su sustento.”Fue un golpe muy fuerte, me sentí fatal”, dijo Antonio
Velleca, que lleva 15 años trabajando en una cooperativa de
transporte de equipajes para cruceros en Venecia.”Sentí que había perdido la certidumbre de mi vida”, añadió
mientras miraba a través de las puertas cerradas de la terminal
parcialmente cerrada.Los barcos de más de 25.000 toneladas no podrán entrar en el
Canal de la Giudecca, que es poco profundo y pasa por la plaza
de San Marcos, el monumento más famoso de la ciudad. Los
cruceros suelen pesar al menos cuatro veces más.El futuro sigue siendo incierto. Roma ha legislado en
numerosas ocasiones para limitar el acceso de los
transatlánticos a Venecia, pero aún no hay un punto de atraque
alternativo.El gobierno quiere acelerar la construcción de una estación
de atraque en el puerto industrial de la cercana Marghera, pero
no hay indicios de que se vaya a realizar pronto.
(Escrito por Emily Roe y Gavin Jones; editado en español por
Benjamín Mejías Valencia)
Fuente: La Nación